Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 11
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Capítulo 11

Jean Paul

La descarga eléctrica que sentí al rozar su mano me puso duro al instante. No me había pasado en la vida que un simple roce me hubiera puesto de esa manera.

Miraba de reojo sus piernas, ya que su vestido, cada vez que ella se removía en el asiento, subía unos centímetros más, y lo hacía cada pocos segundos, como si intentara acomodar algo.

Sabía que no podría resistirme por mucho más tiempo, porque era toda una tentación para mí, y tampoco sabía si quería hacerlo.

Lo sé, sé que había dicho que no me acostaría jamás con una diseñadora de mi firma de nuevo, pero el problema era que, con ella, no quería tan solo acostarme, quería mucho más.

Aparqué mi coche en mi plaza de garaje. Ella le dejó el suyo a su cuñada, pues estaba nuevo y no quería que se pudriera en un garaje y, como el de Carla había muerto, no lo dudó. Eso me lo contó mi hermana, que estaba delante cuando le entregó las llaves y le dijo dónde estaba aparcado.

Lo que ella no sabía era que, aquí, junto a mi plaza de garaje, le estaba esperando otro, que era parte del acuerdo que firmamos, aunque eso no se lo dije.

—En este edificio vive toda mi familia, al igual que mi mejor amigo, Jules, y será donde lo hagas tú.

—¿Me estás diciendo que viviré con tu familia?

—No, vivirás sola, en tu propio ático, que está junto al mío y que tiene unas vistas a los Campos Elíseos que son una maravilla.

Vi cómo tragaba saliva, como si no se esperara eso, y una sonrisa se me pintó en los labios.

—Ahora, cuando lleguemos arriba, te entregaré las llaves de este coche, que es el tuyo, con el que te podrás mover por la ciudad y por donde te dé la gana.

—¿También tengo un coche?

—Hombre, a caballo no te vas a mover por aquí, sería un poquito incómodo, ¿no crees?

Ella me miró y ambos soltamos una carcajada, porque ya nos habíamos visto subidos en el equino, yendo a ver la Torre Eiffel.

Nos montamos en el ascensor y le di al botón del último piso; la notaba nerviosa, pero no podía dejar de mirarla; era tan sumamente bonita…

—No me mires así, por favor.

—¿Así cómo?

—Joder, no quiero parecer presuntuosa, pero…

—Habla.

—Como si estuvieras delante de un manjar y llevaras diez días sin comer.

Solté una carcajada porque era exactamente así, como la veía; no lo podía haber descrito mejor.

—No lo podías haber descrito mejor, Tina.

—Jean Paul…

—Shh, calla, no digas nada. Me gustas mucho, Tina, y sé que puede ser un error, pero, si mi hermana ha podido separar su faceta laboral de la personal… ¿Por qué no podemos hacerlo nosotros?

Eso se lo dije muy cerca de ella, arrinconándola en una esquina del ascensor y mientras le acariciaba la mejilla.

Noté cómo ella recibía mis caricias con agrado y cómo su respiración empezaba a entrecortarse. Justo cuando estaba a punto de besarla, el ascensor llegó hasta nuestra planta, abriéndose las puertas.

—Joder. Esto no se queda aquí, Tina, te lo prometo.

—Jean Paul, no sé si será lo correcto.

—Yo tampoco, pero es lo que deseamos los dos.

La cogí de la mano y salimos del ascensor, llevándola hasta la que sería su casa.

Más tarde, se la presentaría a mis padres y a Jules, y le enseñaría mi casa. El simple hecho de imaginarla en su interior me hacía sentir un nudo en la garganta y un cosquilleo en el estómago.

—Ven, vamos a tu casa. Jade ya nos debe estar esperando dentro.

Cuando iba a llamar al timbre, mi hermana abrió la puerta con Alain y una sonrisa.

—Chicos, pensé que no llegaríais nunca.

—Estaba enseñándole a Tina su coche —le respondí.

—Tina, ven, que te enseñe tu casa y la ropa que he elegido para ti. Espero que te guste, pero, si no es así o si necesitas algo más, no dudes en ir al almacén general y coger todo lo que quieras.

Mientras que ellas entraban en la habitación, yo me quedé con Alain en el salón, que estaba abierto a la cocina.

—Jean Paul, me gustaría hablar contigo sobre la relación que tengo con tu hermana.

—A mí no me tienes que contar nada, Alain. Mi hermana ya es mayorcita para saber lo que quiere y lo que no.

—Lo sé, como también soy consciente de que nunca has intentado dirigir la vida de tu hermana, aunque siempre la proteges.

—Por supuesto, mi hermana es lo más importante para mí, y quien le haga daño se las verá conmigo.

—Eso mismo es lo que quería decirte, que no tengo intención de hacerle daño. No sé cómo ha pasado, pero he terminado enamorado de ella; no tiene nada que ver con querer mejorar en el trabajo ni nada parecido, como se puede pensar.

—Amigo, o, bueno, ya cuñado, no seré yo el que juzgue a nadie, mucho menos teniendo en cuenta mi trayectoria…

Me quedé callado en cuanto que las vi a las dos salir de una de las habitaciones, riendo a carcajadas. Ese simple gesto me llenó el corazón.

—Uy, uy, uy, que me parece que Jade no ha sido la única en caer rendida ante uno de los diseñadores…

—¿Perdona?

—Nada, nada, que voy a saludar a mi compañera, que ni siquiera me he presentado.

Alain se acercó a ellas y se presentó. Enseguida congeniaron y, cuando Tina le mostró algunos de sus diseños, se le abrieron los ojos como platos.

—Jefe, la quiero en mi equipo, a la voz de ya.

—Pues no va a poder ser, porque ella se va a encargar de la línea exclusiva, al menos de momento.

—¿Y qué va a pasar con Samantha?

—No lo sé, pero no quiero seguir sacando colecciones que son todas iguales. Lo mismo y la pongo en la línea deportiva que tenemos pensado crear.

—Alain, si necesitas mis diseños, no tengo ningún problema en cedértelos; me refiero a la línea joven, la que no es de fiesta —le dijo ella, y eso me gustó.

Me gustó por una sencilla razón: porque miraba por el bien de la empresa, no porque su nombre quedara por encima de los demás, como ocurría con Samantha.

—Si los cojo, será porque tu nombre también irá en esa colección; le haré algunas modificaciones que creo que necesitan, y saldremos de manera conjunta —le contestó Alain, que me miró directamente, buscando mi aprobación.

—Yo no entro en eso, ya lo sabéis. Las colaboraciones que hagáis en cada una de las colecciones es cosa vuestra; yo tan solo me tengo que enterar de los nombres que tienen que ir en las etiquetas y en la promoción, nada más.

Desde ese momento, tuve muy claro que ellos dos se llevarían a las mil maravillas, y es que era muy difícil llevarse mal con Tina, pues tenía un carácter tan afable que todavía no la había visto enfadada.

—Bueno, creo que ha llegado el momento de que conozcas a nuestros padres y a mi mejor amigo. Nos están esperando abajo, en su casa.

—¿Es necesario?

—Tranquila, a mi madre le vas a encantar; ella es igual que tú.

—¿Y a tu padre?

—Uy, a ese más todavía, ya lo verás.

Mi hermana la intentaba tranquilizar, diciéndole cómo eran mis padres y hablándole de Jules, que sabía que también le caería bien.

De manera inconsciente, le puse mi mano en la parte baja de la espalda y noté cómo ella daba un respingo.

No la quité, dejé que mi hermana y Alain se adelantaran un poco, y cuando supe que no me escucharían, me acerqué a Tina y le dije algo en francés.

—Me muero por besar cada centímetro de tu piel.

—Jean Paul…

—Como digas mi nombre otra vez, en ese tono, le doy una patada a la puerta y vas a conocer a mis padres mañana, cuando te deje salir de la cama.

Me separé de ella porque cada vez era más difícil controlarme; sacaba los más bajos instintos de mi interior, y eso era peligroso. Esa mujer era un peligro para mí porque, cuando la tenía cerca, era prácticamente imposible contenerme, y no solo era en el plano sexual.

Tal y como me había dicho Alain hacía unos minutos, me salía el instinto de protección con ella; no quería ni que el aire la rozara.

Intenté poner mi máscara de persona dura en cuanto que la chica de servicio de mis padres abrió la puerta, porque mi madre sabía leerme demasiado bien, incluso cuando yo todavía no había abierto la boca.

Escuché la risa de Jules desde el salón, y una sonrisa se dibujó en mi boca.

La casa de mis padres cogía toda la primera planta, y era la única en la que había servicio, porque ninguno de los demás que vivíamos allí lo necesitábamos.

Eso no significaba que mis padres fueran altivos ni nada parecido, simplemente que su ritmo de vida no les había permitido hacer muchas de las cosas del hogar.

Yo también tenía a una chica que venía una vez a la semana a limpiar la casa y a dejarme la comida lista para toda la semana.

Eso sí que mi madre no consentía que le hicieran; decía que la cocina era su refugio, que siempre lo había sido y que no iba a permitir que nadie le quitara el cetro de su reino.

—Pero bueno, mira a quién tenemos aquí, pensé que te ibas a quedar en España, que te había cautivado el espíritu de abuela —dijo mi madre.

—Ganas no me han faltado, te lo aseguro.

—Emma, y encima viene bien acompañado —le dijo mi padre a mi madre.

—Y tan bien acompañado. Escucha, ¿en España son todas las mujeres así de impresionantes?

No sé por qué, pero un pellizco de celos se apoderó de mí, y mi amigo lo notó, al igual que mi madre, que soltó una carcajada.

—Jules, me parece que mi hijo ha encontrado algo más que una nueva diseñadora.

Estaban hablando, pensando en que Tina no dominaba el idioma, pero no me dio tiempo a decir nada más, porque ella les contestó en francés, perfectamente.

—Es un honor para mí conocerlos, señores Sartre. Siempre ha sido mi sueño trabajar para su firma.

—¿Hablas francés? —preguntó mi madre.

—Sí, tenía claro que mi futuro estaba en esta ciudad y empecé a estudiarlo desde muy pequeña, por eso lo domino.

—Amigo mío, has encontrado a la mujer perfecta —me dijo Jules.

—Ha dado con la horma de sus zapatos, sí, señor —sentenció mi padre.

—Bueno, ya, que al final la vais a espantar. Yo también tengo algo que decir, porque ya estoy harta de tener que esconderme. Alain y yo estamos juntos —dijo mi hermana, como la que avisaba de que estaba lloviendo.

—¿Y eso es una novedad? Hija, lo sabemos desde hace tiempo —dijo mi madre.

—Sí, yo también me había dado cuenta de algo; lo que no tenía claro es si ya estaban juntos o no —sentenció Jules.

—¿Qué pasa? ¿Qué he sido yo el único que no me he dado cuenta de nada? —pregunté, contrariado.

—Ay, hijo mío, si es que tienes una gran torrija encima —me contestó mi madre.

Sí, ella utilizaba muchas de las expresiones de mi abuela; la mayoría las decía en español, porque no tenían traducción a nuestro idioma. Tina, cuando la escuchó hablar en español, cuando oyó cómo decía esa expresión, con acento francés, soltó una carcajada.

—Me alegra mucho que te diviertas cuando mi madre me dice esas cosas —le dije, fingiendo enfado.

—Lo siento, pero es tan gracioso oír a una francesa decir esas expresiones en español que no he podido evitarlo.

—Uy, pues me escucharás muchas más, porque mi madre nos enseñó a todos a hablar español, y esas expresiones están siempre en mi boca.