Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 10
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Capítulo 10

Tina

Estos dos días fueron un auténtico caos, de preparación de maletas, de organización de todo y de despedidas.

Eso fue lo más duro, el tener que dejar atrás a mi amiga, a mis padres, a mi hermano y a mi cuñada, que esperaba a mi primer sobrino o sobrina.

Los vería dentro de poco, pues la boda sería ya mismo, pero eso no impedía que las lágrimas me salieran solas, sobre todo cuando estaba bajo el amparo del agua de la ducha o en mi habitación, donde nadie me podía ver.

No quería que nadie me viera, no por mí, sino por ellos, para que no se sintieran todavía peor de lo que ya lo estaban.

—Me voy a cumplir un sueño, mamá, no a la guerra.

—Lo sé, mi vida, pero me cuesta tanto tenerte tan lejos…

—Joder, ni que me tuviera que mudar a Groenlandia, que estamos a menos de una hora de avión.

Mi madre soltó una carcajada, mientras que seguía llorando, y no pude hacer otra cosa que abrazarla. En unos minutos vendrían Jean Paul y Jade a recogerme en el coche para marcharnos a París.

Según me habían comentado, la casa ya estaba lista y esperando a mi llegada, a falta de que le diera mi toque personal, pues todo lo demás estaba ya terminado.

Mi padre me ayudó a bajar la maleta. Al final, tan solo me llevaría una, con mis enseres personales y algo de ropa.

—No pretendo dirigirte la vida, Tina, pero lo lógico es que te vistas con ropa de nuestra firma —me dijo Jade, algo apurada, mientras que le contaba lo que me iba a llevar el día anterior.

—No tengo ningún problema en hacerlo. Es más, para mí sería todo un honor hacerlo.

—Entonces, no te lleves mucha ropa, porque sería cargar para nada.

—También es verdad.

Cuando llegamos a la calle, ya estaba el coche esperando. Jean Paul se bajó para saludar a mis padres, con los que había estado la tarde anterior, firmando el contrato.

—Cuídamela, Jean Paul —le dijo mi padre.

—No lo dudes, Miguel. Si va a estar bien con alguien, será con nosotros.

—Ay, mi niña, dime que me llamarás todos los días —me pidió mi madre.

—Te lo prometo, pero no hagas de algo tan bonito como esto un drama, por favor, te lo pido.

—Vale, vale, ya dejo de llorar.

Al subirme en el coche, me di cuenta de que su hermana no iba con nosotros, y eso me puso un poquito nerviosa.

—¿No viene Jade con nosotros?

—No, ella, al final, se marchó ayer por la tarde. Se moría por ver a su chico, además de que tenía que resolver no sé qué problema de marketing.

—Podrías haberte marchado con ella; yo hubiera podido coger un vuelo comercial.

—Sí que podría haberlo hecho, pero no he querido. Preferí esperarte a ti y que nos fuéramos juntos.

El tono que empleó al decir estas palabras hizo que se me erizara la piel, porque no era uno profesional, sino que fue algo como mucho más íntimo, como más personal.

Llegamos en poco tiempo hasta el hangar del aeropuerto, donde nos estaba esperando el avión privado que nos llevaría hasta París.

Si por fuera era imponente, por dentro ya era una pasada. Asientos de cuero reclinables, una pantalla de televisión, WiFi a bordo y todo lo que te puedas imaginar.

—Ponte cómoda, Tina, despegaremos en pocos minutos.

—Gracias, Jean Paul.

Me senté en uno de esos sillones, y él ocupó el asiento contiguo. Cuando la azafata llegó, Jean Paul le pidió un refresco de cola cero y me ofreció otro a mí.

La azafata lo hizo una vez que ya estuvimos en el aire, ya que antes no podía, y nos dejó allí, a solas.

Estaba dándole un sorbo a mi refresco cuando Jean Paul se dirigió a mí, no como mi jefe, sino como un hombre que estaba interesado en conocer a una mujer.

—Bueno, Tina, cuéntame. ¿Tienes pareja?

Os prometo que el sorbo que tenía en la boca casi salió despedido, pues no me esperaba esa pregunta, para nada.

—Perdona, quizás me he extralimitado con esa pregunta.

—No, no, no te preocupes. Ha sido tan solo la sorpresa de que no me lo esperaba, nada más.

—Entonces, ¿estás dispuesta a contestarme a varias preguntas personales?

—Claro que sí, no tiene nada de malo. Y no, no tengo pareja desde hace mucho tiempo. Me centré en mis estudios; si quería llegar lejos, no podía hacer otra cosa.

—Y lo has logrado. He visto que tienes muy buena relación con tu amiga Valeria.

—Sí, para mí es como una hermana, nos lo contamos todo y sé que, mientras que no venga a vivir a París conmigo, la voy a echar mucho de menos.

—¿Va a venir a París contigo?

—Espero que no te importe que viva conmigo en la casa de la empresa.

—Para nada, eres completamente libre de meter en tu casa a quien quieras, no seré yo el que te diga absolutamente nada. Simplemente, me ha sorprendido por el cambio que supone para ella.

—No te creas, que ambas dominamos el idioma y el hospital donde trabaja en Barcelona también tiene otro en tu ciudad.

—¿Sabes hablar francés?

— Oui, je parle français depuis l´enfance.

Me miró completamente sorprendido, tanto por la manera en la que le contesté como por la fluidez con la que lo hice.

—Dios, entonces…

—Sí, entendí a la perfección todo lo que les dijiste a tu hermana y a tu abogado el otro día.

Su rostro se puso rojo como un tomate, y yo no pude reprimir la carcajada que me salió de lo más hondo de mi ser. Intenté darle la vuelta un poquito al asunto, y por eso no dudé en preguntarle sobre él, sobre su vida…

—Bueno, ahora te toca a ti contarme un poquito de tu vida.

—¿Qué quieres saber? Porque te advierto que es un tanto aburrida.

—No me lo creo, algo tiene que haber, amigos, relación, lo que sea, que te alegre un poquito los días.

—Claro que sí. Ahora, en cuanto te instales, te voy a presentar a Jules, mi mejor amigo, casi un hermano, como Valeria para ti.

—¿También trabaja en la empresa?

—No, él es médico; de hecho, dirige un hospital en París.

—¿No te parece curioso?

—¿El qué?

—Pues, que tanto tu amigo como mi amiga se dediquen a la rama sanitaria, mientras que nosotros nos dedicamos a la moda.

Jean Paul me miró y soltó una carcajada, pues no se había dado cuenta de que parecíamos nosotros, pero clonados en otra profesión.

—¿Cómo lleva tu pareja todo el tema de los viajes y demás? Porque supongo que no te podrá acompañar en todos ellos.

—¿Qué pareja?

—Pues la tuya, la mía no va a ser, entre otras cosas porque no tengo.

—Ni yo tampoco.

—¿Has roto con Samantha Field?

—No había nada que romper. Tan solo me acosté con ella una vez, y fue la peor decisión de mi vida.

—Pues, te prometo que pensaba que vivías con ella, que tenías una relación sólida; al menos eso es lo que se cuenta en todas partes.

—Ya ves que están equivocados. No es ella la mujer que me interesa, precisamente…

Justo cuando le iba a preguntar quién era esa mujer, la azafata llegó para decirnos que nos pusiéramos los cinturones, que estábamos a punto de aterrizar. La conversación se cortó de manera radical, y pude ver la cara de fastidio que puso Jean Paul por esa interrupción.

Minutos después, ya estábamos montados en su coche, que estaba aparcado en el mismo hangar privado en el que se guardaba el avión de la empresa.

—Pensé que no te gustaba conducir, como viniste con chófer…

—No me gusta hacerlo a no ser que sea aquí, en mi ciudad. Odio perderme; lo considero una pérdida de tiempo.

—¡Pero si eso es lo mejor! Conducir sin rumbo y poder descubrir sitios maravillosos que ni siquiera aparecen en el mapa.

—Bueno, si lo vemos así…

Me senté en el asiento del copiloto, mientras que él conducía. Yo llevaba un vestido corto que, al sentarme, se me subió hasta medio muslo. Cuando Jean Paul cambiaba de marcha, cuando sentía que tenía su mano muy cerca de mi piel, me ponía nerviosa.

En determinado momento, y de forma completamente accidental, nuestras manos se rozaron, y fue una descarga eléctrica lo que sentimos, al instante.

Ambos dimos un respingo por lo que sentimos y nos miramos a los ojos. En su mirada vi hambre, deseo, y eso me puso a mil, teniendo que moverme en el asiento por lo que estaba sintiendo.

Jean Paul negó con la cabeza, como si quisiera quitarse de su mente lo que estaba pensando, como si no se lo pudiera permitir, pero, de reojo, seguía mirando mis piernas.