Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 9
26%

Capítulo 9

Tina

Mi hermano Álvaro y yo llegamos casi al mismo tiempo, y la sonrisa que se pintó en su boca fue suficiente para tranquilizarme.

—Hermanita, hoy estás que te sales de guapa.

—No digas tonterías, voy como siempre.

—De eso nada, al final, mamá va a tener razón y ese hombre te gusta. Espero que me guste a mí también, porque, sin mi aprobación, no vas a tener nada con él.

—Claro, por eso Carla pasó por mi filtro.

—Bien, no niegas que te gusta; eso es un paso. Además, mi chica pasó tu filtro desde el primer momento en el que la conociste.

—En eso tienes razón, en lo de Carla, digo, porque con respecto a lo otro, no he dicho que no, pero tampoco he dicho que sí.

En el momento en el que levanté la cabeza y lo vi en la entrada del restaurante, con ese aire desenfadado, os prometo que me quedé sin aliento.

¿Es que a este hombre no le quedaba mal nada?

Si vestido de traje estaba guapo, como el ejecutivo que era, con esa ropa un poquito más informal, lo estaba todavía más.

Lo acompañaban su hermana y otro hombre, que supuse que sería su abogado, y que lo estaba esperando en la barra.

—Siento el retraso, pero se me ha complicado la mañana un poco —nos dijo.

—No te has retrasado. Es más, todavía faltan cinco minutos para la hora indicada, pero había quedado antes para tomar algo con Álvaro —le respondí, y noté cómo fruncía el ceño.

—Álvaro Durán, el hermano de Tina y su abogado —se presentó mi hermano.

¿Era una percepción mía o este hombre había soltado el aire que tenía retenido sin saberlo? No, eso no podía ser, seguro que mi imaginación me estaba jugando una mala pasada.

—Jean Paul Sartre, y él es Michel, mi abogado —escuché que le decía a mi hermano.

—Antes de que empecemos a hablar de todos los detalles del contrato, quiero dejar claras dos cláusulas que no son negociables —les dije.

Vi cómo Jean Paul se tensaba. No sabía qué era lo que se estaba imaginando, pero, fuera lo que fuera, no le gustaba nada.

—¿Qué condiciones son esas?

—Una, que mi cuñada, la pareja de mi hermano Álvaro, me ha pedido que le diseñe el traje de novia y, como comprenderás, no le pienso hacer pagar por un diseño mío un dineral, pertenezca o no a vuestra firma.

—No hay problemas por eso; es más, se lo confeccionarán las modistas de nuestra firma. ¿Cuál es la otra? —Me preguntó Jean Paul.

—La segunda es que el vestido que Ana Galán me pida para el evento que sea también lo tendrá, y, por supuesto, gratuitamente. Tengo mucho que agradecerle y, en esta vida, es de bien nacido ser agradecido.

Y otra vez la misma sensación con Jean Paul, y no fui yo la única que lo notó, porque mi hermano me dio un golpecito por debajo de la mesa, y una sonrisa se pintó en sus labios.

—Si es solo eso, tampoco tengo ningún problema. Ahora bien, yo también tengo una condición que también es innegociable.

—¿De qué se trata esa condición?

—Tu residencia habitual será en París. La empresa te proporcionará una casa adecuada, por la que no tendrás que abonar nada —me dijo, y noté cómo esperaba con ansias mi respuesta.

—Eso ya lo tenía contemplado. Es más, era uno de mis sueños vivir y trabajar allí, en lo que yo considero la capital de la elegancia, y no tengo ningún problema.

—Pues, partiendo de eso, las condiciones del contrato serán las siguientes…

Durante un buen rato, Jean Paul y su abogado nos estuvieron explicando todas las condiciones, tanto económicas como laborales, así como el porcentaje de beneficios que obtendría anualmente.

Todo esto me parecía increíble, cómo, por una casualidad de la vida, por una mirada a un escaparate, mi futuro había dado un giro de ciento ochenta grados, para bien, por supuesto.

Una vez que tuvimos todo cerrado, no pudimos más que firmar el acuerdo de confidencialidad sobre los diseños, que no podría verlos nada más que el equipo de la empresa, y el contrato.

—Bienvenida a la empresa, Tina. Para nosotros es un honor haber cerrado este acuerdo y contar contigo entre nuestro equipo de diseño —me dijo Jean Paul.

—El honor es mío, te lo aseguro. Espero caer bien dentro del equipo y poder dejar volar mi imaginación para que llegue hasta el cielo.

Mi hermano se despidió de mí, pues tenía una reunión en la empresa en la que trabajaba a las cinco de la tarde, y llegaría a lo justo.

El resto de la tarde transcurrió entre confidencias de la empresa y anécdotas de los desfiles. Me encontraba tan a gusto con Jean Paul y con Jade que parecía que los conocía de toda la vida.

—¿Cuándo podrías volar hasta París, Tina? —Me preguntó él.

—Pues yo creo que, si me apuro un poco, podría irme en dos días, máximo.

—¿Dos días?

—Sí, porque tan solo tendría que quitar mis diseños de la tienda de mi madre y…

—No, esa es otra cosa de la que me gustaría hablar con ella.

—¿El qué?

—Quiero que esa tienda sea punto exclusivo en España para la venta de tus diseños. Le pagaremos los que ya hay y, en cuanto la colección esté lista, le enviaremos los vestidos.

—Si le dices eso a mis padres, se van a volver locos.

—¿Podría hablar con ellos ahora? Me gustaría dejar todo cerrado antes de volver. Además, si me aseguras que en dos días te vienes a París, te esperamos y vuelas con nosotros en nuestro avión privado.

Vi cómo su hermana giraba la cabeza como la niña del exorcista, para mirarlo, con la boca abierta. Acto seguido, soltó una carcajada que ni él ni yo entendíamos a qué venía.

—Perdón, perdón, pero me he acordado de una conversación que tuve anoche y me ha dado la risa —nos dijo.

—Jade, ya vale, te lo pido, por favor —le pidió su hermano.

—Tengo la impresión de que me estoy perdiendo algo.

—No, más bien, es que te lo vas a encontrar —me respondió su hermana, que no paraba de reír.

—No entiendo nada…

—Olvídala, no riega muy bien cuando ha dormido poco. A lo que íbamos, ¿podríamos hablar con tus padres?

—Claro que sí. Si no os importa ir hasta mi casa, porque no le dará tiempo de volver hasta aquí, dentro de una hora abren de nuevo la tienda.

—Por supuesto que no nos importa. Vamos.

Nos levantamos y salimos del restaurante. No les había dicho que hablaba francés a la perfección, y por eso me estaba enterando de todo lo que hablaba con el abogado, al que le dijo que lo avisaría si llegaba a un acuerdo con nosotros.

También me enteré de lo que le decía a su hermana, y que no era otra cosa que se estuviera calladita y dejara de especular con su corazón.

Claro, él estaba con Samantha Field; yo no era más que una chica con muchas ideas y muchas ilusiones, pero no le llegaba a esa mujer ni a la suela del zapato.

Tan solo le pedía al cielo que no me pusieran a trabajar con ella, porque tenía una fama de antipática que traspasaba todas las fronteras, además de ser una grosera con todo el que no le bailaba el agua.

Llegamos a mi casa y mis padres estaban en la cocina, sentados y tomando un café antes de volver a la tienda.

Cuando nos vieron aparecer, sobre todo a Jean Paul, mi madre se quedó con la boca abierta, mirándolo de arriba abajo, como si no se lo pudiera creer.

—Disculpe a mi esposa, pero es que está tan acostumbrada a verlo en las revistas que no debe terminar de creerse que esté en nuestra casa. Soy Miguel Durán, el padre de Tina, y ella es Cristina, mi mujer.

—No se preocupe, pero, por favor, no me hable de usted, que me hace sentir mal.

—Entonces, tú tampoco. Seremos Jean Paul y Miguel, a secas.

—Me parece perfecto. Bueno, no quiero entretenerlos mucho, tan solo he venido para comentarles algo, a ver si les interesa.

Jean Paul le contó a mi padre, porque mi madre seguía sin poder articular palabra, lo mismo que me había dicho a mí minutos antes.

En cuanto que le explicó lo que iban a ganar, mi madre salió de su espesura y soltó una de las suyas.

—Venga ya, te estás quedando con nosotros…

—Para nada, todo eso lo dejaremos por escrito y firmado desde ya, si es que estáis conformes.

—¿Cómo no vamos a estar conformes? Ay, Miguel, que con ese dinero, con el primero que cobremos, nos vamos a dar unas vacaciones como merecemos y no hemos tenido nunca. Un crucero, eso será lo primero que hagamos.

—Mujer, que todavía no hemos firmado.

—¿Estáis de acuerdo con todo?

—Claro que sí, absolutamente con todo.

—Entonces, tan solo necesito vuestros datos para enviárselos al abogado y que nos redacte el contrato, que firmaremos esta misma tarde. Yo me encargo de llevarlo a la tienda.