Capítulo 8
Jean Paul
Sabía yo las intenciones que tenía mi hermana cuando le solicitó a Tina uno de sus modelos para ir a la comida, independientemente de que era precioso y le quedaba como un guante.
En cuanto que estuvimos delante de la prensa, ella no dudó en pararse y dejar que le hicieran fotos junto al premio que recientemente habíamos recogido, y que todos los premiados llevábamos con nosotros.
—Señorita Sartre. ¿Ese modelo que lleva es también de su firma? ¿Pertenece a su nueva colección? —preguntó uno de los periodistas.
—No es de mi firma, es de una diseñadora novel que se llama Tina Durán y a la que acabamos de conocer personalmente.
—¿Será el próximo fichaje para vuestra empresa? —preguntó otro.
—Bueno, todo se andará. Lo que sí tengo claro es que, con este talento, esta chica llegará todo lo lejos que se puede, os lo aseguro.
—¿Esa no es la misma diseñadora de la que ha ido vestida la Maga de la Moda?
—Exacto, y aquí tenéis otro de sus diseños, que más bonito no puede ser —le dijo Ana, que así era como se llamaba esa chica.
Entré en la sala en la que íbamos a celebrar la comida, y dejé a mi hermana allí fuera, luciéndose delante de la prensa como tan solo ella sabía hacerlo, dejando en suspense el tema de la diseñadora.
—Jean Paul, cuánto tiempo sin verte. ¿Todo bien? —me preguntó Corrado, el propietario de una de las empresas que más competencia nos hacía.
—Todo perfecto, gracias.
Corrado Mansini tenía una empresa de moda muy parecida a la mía, pero en Milán, y era la que nos seguía en el ranking de ventas a nivel mundial.
Tenía claro que, en cuanto supiera de la existencia de Tina Durán, iría de cabeza a buscarla, mucho más si se enteraba de que nosotros estábamos interesados.
En cuanto vio entrar a mi hermana y a Ana, se fijó en sus vestidos y los analizó con la mirada experta que solo quienes nos dedicamos a esto tenemos.
—¿Esos vestidos son de Samantha? No me suena su estilo, la verdad.
—Pues no, no son de ella, son de una nueva diseñadora.
—¿La tienes ya en tu equipo?
—Casi, tan solo nos queda firmar el contrato.
—Entonces, todavía no tienes nada e intentaré que se venga conmigo a la ciudad de la moda, y no creo que me diga que no.
—Inténtalo, pero desde ya te digo que es inútil —le dijo Ana, que llegó hasta nosotros.
—¿Perdón? ¿Acaso te crees que entiendes de moda por subir cuatro videos con vestidos que te regalan algunos diseñadores mediocres?
—Acabas de llamar mediocre a la persona que intentas que firme contigo. Y sí, sí entiendo de moda. De hecho, a ella la he descubierto yo.
—Mira, chica, son muchos años tratando con diseñadores noveles que quieren destacar en una gran firma, y sé exactamente lo que tengo que ofrecerle.
—No sé cómo serán el resto de los diseñadores con los que has tratado, pero mi amiga tiene las cosas muy claras, y no la vas a tentar con absolutamente nada.
Corrado se marchó de donde estábamos, bastante enfadado y con la clara intención de contactar con Tina, por lo que teníamos que firmar con ella lo antes posible, si no queríamos que se la llevara la competencia.
Estaba dispuesto a ofrecerle y aceptar lo que ella me pidiera, porque no podía perderla; era perfecta para la empresa.
—¿Se puede saber en qué estás pensando? —Me preguntó mi hermana.
—En que Corrado hará hasta lo imposible por hacerse con Tina.
—Pierde cuidado. Si la he conocido bien, su sueño es trabajar en tu empresa; las demás le sobran —me dijo Ana.
—Sí, pero un buen cheque y unas buenas condiciones son cosas muy jugosas y que te lo ofrezca una empresa como esa, mucho más.
—Se nota que no habéis dado con una persona íntegra como ella. Veréis cómo os va a sorprender —nos dijo Ana.
Las mujeres que estaban allí en esa comida no dudaron en alabar los atuendos, tanto de mi hermana como de Ana, mostrando mucho interés en quién era la diseñadora y en la manera en la que podían contactar con ella.
Jade les decía a todas lo mismo, que no era otra cosa que, en breve, todas se enterarían de la manera de encontrarla y comprar su ropa tan divina.
Esa noche me costó conciliar el sueño, y terminé en la terraza de la suite con una copa en la mano y un cigarrillo.
No solía fumar, pero en situaciones de estrés, cuando me sentía sobrepasado por algo, dar unas caladas me ayudaba a relajarme.
Mi hermana, que me escuchó, no dudó en levantarse y llegar hasta mí, abrazándome por la espalda.
—¿Estás inquieto?
—Mucho, no paro de dar vueltas en la cama y he salido para ver si me relajo un poco.
—No pienses en nada. Si Tina es tan íntegra como dicen, no dudará en firmar con nosotros.
—¿Sabes esa sensación de saber que has encontrado justo lo que necesitas, pero no llegas a terminar de alcanzarlo? Pues así es como me siento.
—¿Me hablas en sentido laboral o en el personal?
—En lo laboral, por supuesto.
—Vamos, hermano, no me negarás que esa mujer te gusta, y mucho.
—Sí que me gusta, ¿a qué hombre no le gustaría? Pero no pienso cometer el mismo error que cometí con Samantha.
—No todas las mujeres somos iguales a ella, hermanito. ¿Te puedo contar algo?
—Por supuesto, enana. Sabes que estoy aquí para escucharte y que no pienso juzgarte por lo que me cuentes.
—Llevo meses saliendo con uno de los diseñadores de la empresa. Con Alain Penaut, y no lo sabe nadie, ni por su parte ni por la mía.
—¿Con Alain? Pero…
—Sí, ya sé lo que me vas a decir, que no se nos nota nada, pero es que en eso consiste la cosa. Nuestra relación es fuera de la empresa; dentro de ella, seguimos siendo compañeros.
—Pero no es lo mismo. Para empezar, yo sería el jefe directo de ella y, además de eso, tampoco sé si ella está interesada en mí.
—Bueno, eso solo el tiempo lo dirá. Ahora, vamos a la cama, que ya es muy tarde y mañana tenemos que estar frescos para la firma del contrato.
—Estás muy segura, y no quiero que luego te lleves una desilusión si la cosa no llega a buen puerto.
—Llegará, hermano, no lo dudes.
Jade me dejó allí, tranquilamente, terminando de tomarme la copa y viendo el cielo de la ciudad y el trajín de la gente corriendo de un lado para otro, a pesar de la hora que era.
Me levanté temprano, mucho antes de la hora a la que habíamos quedado, pero era como si en el colchón me hubieran puesto alfileres, pues me pinchaba todo.
Tomé una ducha larga, de esas que hacen que te olvides hasta de tu nombre, relajando cada uno de mis músculos.
Salí de allí como nuevo, hasta que recordé que habíamos quedado con esa mujer que me había cautivado en todos los sentidos.
Esa sonrisa la tenía clavada en mi retina, así como la manera en la que olía. No era su perfume, era el olor de su pelo, la fragancia que emanaba de su piel al pasar, y que me volvía loco.
Sabía que sería una gran tortura el tenerla tan cerca y no poder tocarla, porque una cosa tenía clara: si iba a trabajar con nosotros, tendría que venir a vivir a París, y eso era innegociable.
Podéis pensar que era injusto para ella, que podría diseñar en su ciudad, en su casa y, una vez que tuviera lista la colección, trasladarse a París unos días, pero no era eso lo que quería.
Todos mis diseñadores tenían esa condición expuesta en sus contratos, y ya nos habíamos encontrado con algunos que no estaban dispuestos a trasladarse, y habían perdido la oportunidad de su vida, puesto que no habían llegado a triunfar.
Me vestí con un pantalón chino en gris oscuro, una camisa blanca con las mangas remangadas hasta el codo y unos zapatos marrones, al igual que el cinturón.
No me apetecía llevar traje hoy, a pesar de que era una reunión de negocios, pero quería que se sintiera relajada, cómoda en esa comida, y que, después, aceptara tomar una copa conmigo, para conocernos mejor.
En cuanto llegué al restaurante y la vi, junto a ese hombre, que tenía más o menos mi edad, una oleada de celos se apoderó de mí.
¿Quién coño era ese hombre? ¿Sería su pareja y habría venido para ponerme las cosas claras?
No, lo más lógico es que fuera su abogado, pero la miraba de una manera que no me gustaba nada. Era como si quisiera protegerla de todo, en especial de mí.