Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 7
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Capítulo 7

Tina

En cuanto recibí la llamada de Ana, diciéndome que venía a cambiarse al taller, que se le había complicado la cosa para ir hasta su casa, supe que algo se traía entre manos.

Por suerte, dejamos allí un atuendo completo, reservado para cualquier imprevisto, por algo como esto.

—¿Dónde vas ahora? —me preguntó mi hermano, que al final se quedó a comer en mi casa.

—Me ha llamado Ana, la chica influencer que me ha nombrado cuando ha recogido su premio, que viene para acá, que necesita un cambio de ropa.

—Amiga, al final te vas a convertir en una diseñadora famosa —me dijo Valeria, que seguía en pijama, sentada en el sofá de mi casa.

—No sé, pero hay algo que me resulta muy extraño en todo esto.

—No vayas a empezar, Tina, por favor —me dijo mi cuñada.

—Es que, no sé, es como si todos los astros se hubieran confabulado a mi favor, y eso me da mucho miedo.

—Venga, que ya verás cómo te sale muy bien todo —me dijo mi padre.

—¿Necesitas que te acompañemos alguno de nosotros? —me preguntó mi hermano.

—No, a esto me tengo que enfrentar yo sola, y dejar los nervios a un lado.

—Esa es mi chica, pero hablas como si supieras que te esperaba algún reto —dijo mi madre.

—Llamadme loca, pero siento que estoy ante algo que me va a cambiar la vida, no sé si en el plano laboral o en el plano personal…

—No tenemos que llamarte nada, porque ya sabes que a mí me ha pasado durante toda la vida, y eso te va a ayudar a decidir —me argumentó mi madre.

Con más miedo que vergüenza, bajé hasta la tienda. Ni siquiera me arreglé, pues bajé con unas mallas y una camiseta, así como unas deportivas y mi pelo recogido en una coleta.

Vi cómo llegaba un coche demasiado elegante para mi nueva amiga, pero pensé que se lo habían puesto los de producción de la gala de premios, aunque me equivoqué.

Lo supe en el mismo momento en el que no solo bajó mi amiga de él, sino que también lo hicieron los hermanos Sartre, que eran los gerentes y propietarios de la firma de moda con la que tanto soñaba a nivel laboral.

—Hola, Tina, buenas tardes, y perdona que te abordemos así, sin avisar, pero no podíamos dejar pasar esta oportunidad —me dijo su hermana, mientras que yo no sabía dónde meterme.

—Amiga, ellos son Jean Paul y Jade Sartre, del “ Atelier DeSartre” , de París —me dijo Ana, con una sonrisa.

—Sé quiénes son, no hacen falta las presentaciones y, por eso, estoy así de sorprendida.

Estuvimos un buen rato en la tienda, pues me pidieron ver los diferentes diseños que tenía en mi portafolio, así como los que ya tenía confeccionados.

Cuando escuché esa frase con la que tanto había soñado desde que empecé a estudiar diseño, no me lo podía creer.

Me habían ofrecido un puesto de trabajo dentro de su equipo, y todo fue gracias a Ana, que fue la primera que confió en mí, y que, con ese vestido que se había puesto, había hecho que terminaran de decidirse.

Ese hombre me ponía nerviosa, y no solo por lo que me estaba ofreciendo, que era muchísimo, sino porque era guapo hasta decir basta.

Si guapo se veía en las fotos de las revistas de moda, verlo en persona era mucho mejor.

Medía sobre un metro ochenta o un poco más, era moreno y tenía unos ojos grises que, a pesar de su color, mostraban un fuego que no había visto nunca en un hombre.

Me miraba de una manera que me intimidaba, pues sentía como si me quisiera para mucho más que trabajar en su empresa, pero tenía que quitármelo de la cabeza, sobre todo si quería triunfar en el mundo de la moda.

Además, era por todos conocido que mantenía una relación con Samantha Field, la diseñadora principal de su firma, y no quería tener líos con nadie, mucho menos cuando mi futuro laboral estaba en juego.

Jade me pidió un vestido de cóctel para cambiarse y, por supuesto, le dije que eligiera el que más le gustara. Ella también era preciosa, pues lucía un pelo rojo, rizado y absolutamente natural, y unos ojos verdes enmarcados por unas largas pestañas que los resaltaban todavía más.

No se podía estar más guapas y elegantes que ellas dos, ni yo podría haber encontrado, en mi vida, dos mujeres que representaran y llevaran tan bien mis diseños.

Me despedí de ellos en la puerta de la tienda, después de cerrar con llave, quedando en que nos veríamos en el restaurante del hotel en el que se alojaban, al día siguiente a la una y media de la tarde, para que le diera tiempo a su abogado de llegar.

En cuanto subí a mi casa, y viéndome la cara, todos supieron que algo bueno me había pasado.

—Álvaro, te necesito mañana a la una y media de la tarde —le dije a mi hermano, antes de que nadie me preguntara nada y se me olvidara.

—¿Qué te ha ocurrido, Tina? Traes una cara que no sé si es de asombro, de alegría o de pavor —me dijo mi madre.

—De las tres cosas, mamá. No os vais a creer lo que me ha pasado allí abajo.

—Si no nos cuentas nada, es difícil que lo hagamos. Hasta ahora, no nos hemos sacado el primer curso de adivinación, suspendimos todos —me dijo mi amiga, que continuaba allí.

—Es que ha sido todo tan surrealista que no sé ni por dónde empezar.

—Hija, pues es muy fácil, por el principio. A ver, venga, yo te ayudo. Chicos, he bajado a la tienda y estaba Ana esperándome… —Me dijo Carla, mi cuñada.

Cuando empecé a relatarle todo lo que me había pasado, hasta a ellos les costó creerlo. El primero en hablar fue mi hermano, por lo que le había pedido antes.

—Supongo que me has dicho lo de que me necesitas mañana porque será el momento en el que negociéis el contrato, ¿verdad?

—Efectivamente. Ya sabes que yo de tejidos y dibujos, todo lo que quieras, pero si me dice que firme que tengo que llevar un elefante encima en cada desfile, porque lo dice la ley, lo firmo porque no tengo ni la más remota idea.

—Por eso no te preocupes, que yo iré contigo y te asesoraré.

—Cuñada, entonces, ¿no vas a poder diseñarme mi vestido de novia?

—Eso lo haré, aunque tenga que firmarlo como Pepa Pérez, aunque no creo que me pongan ningún inconveniente para poder hacerlo.

—Amiga, ¿está tan bueno como en las revistas? —me preguntó Valeria, y supe por quién lo estaba diciendo.

—Mucho más, te lo aseguro. Es un hombre impresionante, con una forma de mirar que no he visto en mi vida.

—Bueno, pero eso es secundario, vamos a lo importante. ¿Tendrás que marcharte a vivir a París? —Me preguntó mi padre.

—Pues, no lo sé, pero supongo que sí, porque si tengo que trabajar en la empresa, no creo que me dejen hacerlo desde aquí —le contesté.

—Cabrona, al final vas a cumplir todos tus sueños y me vas a dejar aquí, tirada como a una colilla —me dijo Valeria.

—Siempre te puedes venir a vivir allí conmigo.

—Claro que sí, y lo hago a tu costa.

—Vamos, como si en París no hubiera hospitales ni niños…

—Por supuesto que hay, además de que dominas el idioma —le dijo mi madre.

—Sí, y se lo debes a mi hermana, que siempre ha soñado con vivir ahí y te obligó a que te sacaras con ella el título en la escuela de idiomas.

—Lo cierto es que el hospital en el que trabajo es uno privado, que tiene varios repartidos por toda Europa y, entre ellos, hay uno en París.

—Dime que si me voy a vivir allí, pedirías el traslado.

—Aquí no tengo más familia que ustedes, porque mis padres están a su bola, viajando por el mundo la mayor parte del año. Así que… sí. Si te marchas tú, yo lo hago contigo, aunque no sea de manera inmediata.

No pude más que abrazar a mi amiga del alma, porque si algo me hacía ilusión de todo esto, era que iba a vivir mi sueño junto a ella.

Esa noche no pude dormir; todo se acumulaba en mi cabeza de manera ininterrumpida, sobre todo después de la llamada que recibí de Ana en cuanto que llegó a su casa.

—Amiga, has triunfado en esa comida, como la Coca-Cola.

—¿En serio? ¿Me lo dices de verdad o para que no tenga miedo mañana?

—Te lo prometo. En cuanto nos vieron llegar, la prensa empezó a especular sobre los diseños, y Jade no dudó en pararse a decirles que se había enamorado de tus diseños.

—Joder, todo me parece un sueño, del que me da un miedo atroz despertar.

—No es un sueño, es la realidad. Pero no quedó todo ahí; una vez que estuvimos dentro, la mayoría de las mujeres se quedaron prendadas y empezaron las especulaciones sobre tu persona, todas buenas, por supuesto.

—Ana, te juro que todavía no me creo que me esté pasando todo esto; estoy en una nube.

—Te lo mereces, Tina, tienes un talento que todo el mundo tiene que ver y disfrutar.

—Tengo tanto que agradecerte… Si no hubiera sido por ti, no podría haber llegado a esto y, por eso, mis diseños están a tu disposición, trabaje para la firma que trabaje, porque lo pienso dejar por escrito.

—Y para mí será un placer lucirlos, porque son bonitos, elegantes y, lo más importante, muy fáciles de llevar.

—Mañana te llamo y te cuento todo lo que ha pasado.

—Esperaré ansiosa esa llamada.

Corté y me fui a la cama, con todo eso en mi cabeza. Ya había dejado preparado todo lo que me iba a poner, que, por supuesto, era un diseño mío.

Iría con un vestido midi, en marrón chocolate, que era el color estrella de este verano, con pequeños topitos en blanco.

De cuello halter , con un cinturón de cuero marrón más clarito y falda vaporosa.

Lo combinaría con unas sandalias de cuña del mismo color que el cinturón y el bolso a juego, también diseños míos.

Había quedado a la una y media, pero a las ocho ya estaba yo en planta. Mis padres estaban tomando café en la cocina cuando yo salí, antes de ir a abrir la tienda.

—Buenos días, mi niña. ¿Quieres un café?

—Mejor quiero una garrafa de cinco litros de tila, que me vendrá bien para calmar mis nervios.

—No seas exagerada, que ya los tienes en el bote —me dijo mi padre.

—¿Hay algo más detrás de esos nervios? Porque me parece que cierto hombre te ha impactado demasiado —aseguró mi madre.

—Por supuesto que me ha impactado, no sabes lo que es tener a un hombre así delante, pero no es eso.

—Gracias, hija, por la parte que me toca, ya sé que no soy como esos galanes de película, pero de ahí a que me llames feo en toda mi cara…

—Ay, papá, no seas tonto. Tú eres el hombre más guapo del mundo, pero es que…

—Sí, sí, no lo arregles, que va a ser peor.

Los tres soltamos una carcajada. Tanto mi madre como yo sabíamos que lo hacía porque quería rebajar un poquito la tensión y los nervios que se habían apoderado de mí, y se lo agradecí.

Mis padres se fueron, Valeria estaba trabajando y yo, presa del miedo y de los nervios, decidí que me iba a arreglar y que me marcharía dando un paseo hasta el hotel, pues lo tenía cerca de casa y así me calmaría un poquito.

Eran las doce y media pasadas cuando salí de mi casa y llamé a mi hermano para decirle que lo veía allí, contestándome que ya estaba saliendo.