Capítulo 6
Jean Paul
Nos bajamos del coche y una nube de periodistas nos asaltó nada más vernos. Eso era lo que peor llevaba de todo, la falta de intimidad.
—Señor Sartre, ¿está contento con el premio? —me preguntó uno de los periodistas.
—Buenas tardes, sí, muy contento, gracias.
—¿Tienen nuevas propuestas para esta temporada?
—Siempre tenemos nuevas propuestas; si no fuera así, no podríamos presentar la próxima colección.
—Nos han llegado rumores de que estáis buscando sustituto para la diseñadora principal. ¿Tan graves son las diferencias?
—No existen tales diferencias, se lo aseguro. Y no, no estamos buscando sustituto para nadie —le respondió mi hermana, salvándome de una buena.
La diseñadora principal era Samantha Field, con la que cometí el error de tener una noche de pasión, que ella se pensó que era una propuesta de matrimonio. Me costó mucho que entendiera que ni iba a repetirse más, ni, mucho menos, se iba a volver a repetir.
No voy a decir que no pensé incluso en despedirla, porque el acoso era considerable, pero era tan buena diseñadora que me la tuve que comer con patatas.
Ella se dedicó a contarles a todo el mundo, a modo de confidencia, que teníamos una relación, algo que nunca fue así, pero que ella difundió con la intención de presionarme.
Nada más alejarnos de la nube de periodistas, nos tuvimos que parar delante de un photocall, donde mi hermana contestó a todo lo que le preguntaron, tanto del diseño que llevaba como de las próximas colecciones.
—Tenemos que buscar a esa influencer —le dije al oído, puesto que allí había mucha gente de la competencia y no quería que me escucharan.
—¿Qué te crees que he hecho desde que hemos entrado?
—Debe de estar por aquí, pues en la foto que ha subido a las redes, ya se encontraba delante, en el jardín.
—Ya, pero lo mismo ha hecho la foto antes de que llegara la prensa y ha vuelto a donde estuviera.
—No, esa foto estaba demasiado cuidada como para ser algo ocasional.
Levanté la mirada y me di de lleno con esa mujer, con la que estábamos buscando y que tenía la clave de todo. No dudé en acercarme.
Por suerte, mi abuela era española y se encargó de que todos sus hijos y sus nietos aprendiéramos el idioma, entre otras cosas, porque ella se negaba a hablar en francés, aunque lo entendía perfectamente.
—Buenas tardes, soy Jean Paul Sartre y ella es mi hermana Jade. Ambos somos del “Atelier DeSartre” y me gustaría hablar con usted —me presenté.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?
—Verá, hemos visto una publicación suya y queríamos ponernos en contacto con la diseñadora, para ver el resto de los diseños, porque supongo que tendrá más…
—Por supuesto, y cada cual mejor que el anterior. Yo misma cambié ayer, a última hora, de vestido, porque, al pasar por el escaparate, me enamoré de este vestido, pero no solo de este.
—¿Me lo dice de verdad?
—En primer lugar, vamos a tutearnos, por favor. Y en segundo, te aseguro que esta mujer llegará muy lejos, bien dentro de una gran firma, bien por su cuenta, porque sus diseños son frescos y actuales, con unos tejidos que enamoran.
—¿Tendrías su teléfono? Me gustaría concertar una cita con ella, pues tan solo vamos a estar aquí durante tres días.
—Por supuesto, pero, sin su consentimiento, me permitirás que no te lo dé. Si me das un minuto, al terminar la entrega de premios, que está a punto de empezar, yo misma la pondré en contacto contigo.
—No lo dejes de la mano, por favor, creo que es justo lo que estamos buscando en nuestra empresa —le dijo mi hermana, que se había quedado tan prendada de ese vestido como yo.
Efectivamente, los premios empezaron al instante, y yo ya estaba deseando que terminaran, porque me moría de ganas por hablar con esa mujer.
Una de las galardonadas, por su difusión de la moda, fue esa mujer, que acababa de subir al escenario.
—En primer lugar, quiero agradecer a Tina Durán, una joven promesa del diseño y la confección de moda, por haber donado este vestido para acudir hoy a la gala…
—Sabía que la iba a nombrar, y chico favor nos ha hecho. Espero que no se nos adelante nadie —me dijo mi hermana.
—No, porque ella sabe lo que le conviene a su amiga.
—Eso espero, porque si dice que todos los diseños son iguales a ese, en calidad y estilo, es un diamante en bruto.
Llegó nuestro turno de recoger el premio a la mejor colección de primavera-verano, y fue mi hermana la que lo recogió.
Yo prefería quedarme apartado de todo esto; no me gustaba nada. Ella agradeció a nuestra abuela por todo el legado que nos había dejado, así como a los diseñadores y modistas de la firma.
Nosotros teníamos dos tipos de prendas en nuestro catálogo. Unas prendas más asequibles que se confeccionaban en serie, y que se podían adquirir en cualquiera de nuestras tiendas, y otra más exclusiva.
En la colección exclusiva tan solo se confeccionaba un vestido de cada diseño, y sus precios eran mucho más elevados.
Precisamente para el diseño de esa colección era para lo que quería contactar con esa diseñadora; Tina Durán había dicho que se llamaba.
En cuanto que el presentador de la gala se despidió de nosotros, instándonos a acudir al hotel en el que sería la recepción, me fui directamente a buscar a esa chica.
—¿Puedes llamar a esa diseñadora, por favor? No quiero que nadie se me adelante.
—Tengo una idea mejor. Como tengo que ir a cambiarme de ropa, pues este vestido no es apropiado para una comida, y lo haré en su tienda, que está aquí cerca…
—¿Quieres que vayamos contigo? —preguntó Jade, asombrada.
—Eso mismo, la aviso de que vamos para allá, no se alejen de mi lado.
—¿Alejarnos? Nos vamos a pegar a ti como una lapa, como decía mi abuela —le respondí, y ella empezó a reír.
Minutos después, estábamos saliendo del teatro, montándonos los tres en el coche y poniendo rumbo hasta el taller de la diseñadora.
Nos bajamos del coche y no pude evitar que un nudo se me pusiera en el estómago.
Si en las fotos de las redes sociales era bonita, no os podéis imaginar cómo era en realidad.
Era una mujer con una sonrisa que impactaba, pero, si quería tener relaciones laborales con ella, tenía que quitármela de la cabeza.
—Hola, Tina, buenas tardes, y perdona que te abordemos así, sin avisar, pero no podíamos dejar pasar esta oportunidad —le dijo mi hermana, mientras que ella no sabía qué decir ni hacer.
—Amiga, ellos son Jean Paul y Jade Sartre, del “ Atelier DeSartre” , de París.
—Sé quiénes son, no hacen falta las presentaciones y, por eso, estoy así de sorprendida.
—¿No te han avisado de que veníamos? Si no puedes atendernos, no te preocupes, entendemos el atropello y podemos quedar otro día; eso sí, tendría que ser mañana o pasado, porque volvemos a París.
Era mi hermana la que estaba llevando la voz cantante, pues me quedé tan anonadado con esta chica, que no me salían ni las palabras, os lo prometo.
—Ah, no, si no tengo nada que hacer, os puedo atender sin ningún problema.
—¿Podría enseñarnos algunos de tus diseños? —Me atreví a preguntarle.
—Por supuesto, entremos en la tienda.
—Mientras que tú le enseñas todo, voy al almacén a cambiarme de vestido, que ahora me toca el rojo —le dijo la influencer.
—Lo tienes todo preparado en mi taller, puedes cambiarte allí, si quieres —le contestó ella.
Tina nos miraba como si no terminara de creerse que estábamos allí y, cuando cruzaba la mirada conmigo, se sonrojaba en demasía.
—¿Qué tipo de diseños estáis buscando?
—Todos, queremos ver todo lo que nos puedas enseñar, tanto en papel como ya confeccionado.
—Lo confeccionado es fácil, porque no tengo tanto. Voy cosiendo a medida que se van vendiendo, pero si os tengo que enseñar todo lo que tengo en papel, vais a perder el avión.
Mi hermana me miró, sonriente, pues sabía que eso era lo que más me gustaba de un diseñador, que tuviera un portafolio amplio, que nos mostrara su talento en toda su amplitud.
Nos llevó hasta un perchero que había en la tienda y tengo que reconocer que eran unos diseños preciosos, actuales y completamente originales. Pero no fue eso lo que más me sorprendió, sino que lo que lo hizo fue cuando llegó con el portafolio y lo puso sobre el mostrador.
Entre esas páginas había verdaderas maravillas, que ya imaginaba entre nuestras colecciones, tanto para la exclusiva como para la asequible, ya que tenía de todo.
—No me lo puedo creer. ¿Esa maravilla la has diseñado tú? —dijo mi hermana, en cuanto que giró la cabeza y vio a Maga salir del almacén.
—¿Me permites que lo vea de cerca? —Le dije a la chica.
—Claro, y todo lo demás también es diseño de ella, desde los zapatos hasta los pendientes —me contestó Maga.
Era una verdadera maravilla. Se trataba de un vestido de cóctel, de color rojo bermellón, con capas superpuestas que le daban el volumen perfecto, sin ser excesivo, y que llevaba el escote tipo barco por delante, pero la espalda, completamente al descubierto.
Era un diseño sencillamente alucinante. No pensaba dejar escapar a la gallina de los huevos de oro.
—No necesito ver más para saber que te quiero en mi equipo —le dije.
—¿De verdad? ¿Me estás ofreciendo un puesto de trabajo en tu empresa?
—No te estamos ofreciendo un puesto de trabajo, queremos que seas la diseñadora de nuestra firma, la que encabece todas y cada una de las colecciones —le dijo mi hermana.
Empezó a ponerse nerviosa, por eso, y porque nos estaban esperando para la comida, no dudé en preguntarle algo.
—¿Podríamos quedar mañana para comer y discutir los términos del contrato?
—Por supuesto, de verdad que estoy que no me lo creo…
—Yo quería pedirte otra cosa, aunque sé que es un atropello para ti —le dijo mi hermana, con cierto apuro.
—Si está en mi mano, no dudes que lo haré. Dime qué es lo que te está atormentando.
—Tal y como ha dicho antes Maga, este vestido que llevo no es adecuado para una comida. ¿Te importaría dejarme uno de tus diseños ya confeccionados?
—Por supuesto que no me importaría, elige el que quieras.
Buena jugada la de mi hermana. No dudaba de que lo había hecho de corazón, pero también con todas las intenciones, porque si la competencia veía que ella llevaba un diseño suyo, entendería que sería nuestra próxima incorporación.
Mi hermana también eligió un vestido de cóctel, de color verde aguamarina, con falda de gasa y manga asimétrica, que le quedaba como si lo hubieran cosido sobre su piel.
—Estás preciosa, Jade —le dijo ella en cuanto que la vio salir.
—He elegido este porque le va bien a mis zapatos y complementos. Porque todos son preciosos, de verdad. No dudes que, en cuanto me pregunten ahora, diré que es un diseño tuyo.
—Sabía que llegarías lejos, amiga —le dijo Maga, abrazándose a ella.
—No cantes victoria, que todavía no he firmado nada…
—¿Quieres que hagamos un precontrato? Si es lo que necesitas, ahora mismo llamo a mi abogado y lo dejamos firmado en cinco minutos —le ofrecí.
Sí, no lo dije tan solo por ella, que también lo dije por mí, porque me quería asegurar de que no cambiaba de opinión y se iba con otra de las firmas que la iban a llamar, porque de eso estaba completamente seguro.
—Me vale con un apretón de manos. Mi padre me enseñó que, si alguien tiene palabra, con ese gesto es suficiente para confiar.
—Pues, de eso te puedo asegurar que me sobra.
Le tendí mi mano para estrechársela, y os prometo que, en cuanto nuestras pieles se rozaron, una descarga eléctrica me atravesó la espina dorsal, y a ella le debió pasar lo mismo, a juzgar por la cara que puso.