Capítulo 5
Jean Paul
No me gustaban, para nada, los eventos de este tipo y, por eso, me negaba a asistir casi siempre, pero en esta ocasión era imposible que lo hiciera.
¿El motivo? Pues no era otro que una de las colecciones premiadas pertenecía a mi firma, la misma que había levantado mi abuela con mucho sudor.
Mi abuela siempre tuvo el sueño de triunfar en la moda, y puso todo su empeño en conseguirlo.
No os vayáis a pensar que venía de una familia adinerada, porque no era así. Su madre, o sea, mi bisabuela, era modista y arreglaba toda prenda que caía en sus manos, mientras que mi bisabuelo trabajaba en la vendimia.
En aquella época, que mi abuela soñara con algo así era poco menos que impensable. Si no llega a ser porque mi abuelo la apoyó en todo y le dio alas para que pudiera volar, nada de esto hubiera sido posible.
Ella empezó con una pequeña tiendecita en un barrio de París de clase media, en el que les hacía sus vestidos a los vecinos que tenían alguna boda o similar.
Poco a poco, la fama de ella se fue conociendo en toda la ciudad, gracias al boca a boca y, en menos de dos años, tuvo que cambiar su manera de ver el trabajo y empezar a pensar a lo grande.
A día de hoy, la firma que fundaron mis abuelos, “DeSartre” , era una de las más reconocidas en el mundo de la moda. Yo, su nieto mayor, era la persona que la dirigía, junto a mi hermana Jade, que era la que llevaba todo el tema de las redes.
Jade tenía veinticinco años, y había estudiado marketing; era la community manager de la empresa y lo cuidaba todo al más mínimo detalle. Sería mi acompañante de esta noche, ya que mi mejor amigo Jules no podía acompañarme por motivos personales.
Bueno, unos motivos que tenían piernas largas y que aterrizaban ese día en París, junto a su amiga, con la que yo me acostaba de vez en cuando, y que por eso me molestaba todavía más esa entrega de premios.
Estaréis pensando que era una tontería, pues podría quedar con esa mujer en otro momento, pero no era tan fácil como pensáis, porque ellas eran azafatas de vuelo, vivían en Australia y eran pocas las ocasiones en las que coincidíamos.
—¿Estás listo, hermanito?
—Sí, termino de meter mi portátil en la maleta y podemos marcharnos.
—¿No vas a descansar nunca?
—Sabes que no puedo, tengo que tener todo controlado, o los nervios se apoderan de mí.
—Hijo mío, pero si lo que vamos a estar son tres días en España.
—Tres días, de los que dos son lectivos.
—Por favor, eres un obseso del trabajo. Así, no me darás un sobrino en la vida.
—¿Por qué no me lo das tú a mí?
—Porque yo tengo diez años menos que tú y la lógica dice que es el hermano mayor el primero que tiene que hacer todo.
—Ya, pero resulta que a los hombres no se nos pasa el arroz, mientras que a las mujeres, sí.
—Ese comentario sobra, chaval. Ahora, las mujeres están pariendo a partir de los treinta y cinco…
—Bueno, pues, entonces, todavía te quedan diez años para seguir disfrutando de tu vida.
—Eres imposible, de verdad. No hay quien pueda contigo.
—Y, justo ahí, es donde radica mi éxito.
Mi hermana soltó una carcajada mientras que me daba una colleja, negando con la cabeza. Cogimos nuestras maletas y salimos de mi casa, rumbo al aeropuerto, donde nos esperaba el avión privado de la empresa.
Mi abuelo, hacía ya algunos años, compró uno, para que mi abuela no se tuviera que quedar en el aeropuerto buscando vuelos de vuelta, y, cuando se estropeó, no dudamos en sustituirlos.
Una vez que el avión despegó, mi hermana sacó su portátil y yo el mío, y nos pusimos a trabajar.
Hacía lo mismo que me estaba recriminando a mí, minutos antes, pero es que, en el fondo, nos parecíamos muchísimo.
—¿Has visto la publicación de esta influencer?
—Pues no, ya sabes que de eso te ocupas tú. Yo no tengo tiempo para estar mirando nada. ¿Por qué lo dices?
—Mira el vestido que lleva.
Mi hermana giró el portátil para que lo viera, y me sorprendió, porque no era el típico diseño clásico, pero tampoco era uno de esos modernos que parecían psicodélicos.
—¿De quién es? No me recuerda a ningún diseñador reconocido, ni siquiera sabría decirte de qué firma es.
—Es precioso, me encanta cómo mezcla la elegancia con la modernidad, y los tejidos se ven de calidad.
—A mí también, pero no me has dicho quién lo firma.
—Pues, según pone aquí, es un diseño de Tina Durán.
—Busca y averigua si hay algo más de esa mujer por las redes.
—Lo sabía, tenía claro que este diseño te iba a cautivar, por su frescura y por todo lo que lleva detrás.
Se pintó una sonrisa en mi boca, porque era tan transparente para Jade que, sin palabras, me entendía a la perfección.
Mi hermana se dispuso a buscar en las redes, pero no había nada, ningún perfil profesional, y eso me mataba.
Cuando veía a una persona con talento para el diseño que no estaba triunfando como se merecía, mientras que otros, haciendo mamarrachadas, desfilaban en las mejores pasarelas, me ponía negro.
—Aquí he encontrado a una chica, Cristina Durán, que tiene un perfil privado.
—A ver, déjame que vea si la conozco.
—Es barcelonesa, no veo por qué deberías conocerla.
—Ay, Jade, que pareces nueva. En este mundo nos conocemos todos y, si no es famosa, si no la conoce nadie todavía, tendré más posibilidades de poder tenerla en mi equipo.
En cuanto mi hermana giró de nuevo el portátil, y tuve delante la cara de esa chica, algo me subió por el estómago.
Decir que era preciosa era no hacerle justicia, porque era mucho más que eso. Rezumaba elegancia por los cuatro costados, era natural, nada de poses artificiales, nada de risas fingidas; era ella, una mujer segura de sí misma y con los pies en la tierra.
No había ni rastro de ninguno de sus diseños en sus redes personales, y por eso, me marqué el objetivo de que tenía que hablar con esa influencer, y que me dijera dónde podía encontrarla.
—Hermanito, veo que no solo te ha gustado el diseño de ese vestido, sino que también lo ha hecho la persona que lo ha diseñado.
—No digas tonterías, Jade. Ni siquiera sabemos si es esta mujer. Puede que sea una señora de sesenta años la que lo ha diseñado.
—Claro que sí, y yo mañana tengo que volver a hacer la comunión, porque la que hice con nueve años no me vale.
Negué con la cabeza, pues mi hermana tenía la capacidad de sacar de mí tanto la mejor como la peor versión de mi carácter.
Aterrizamos en el hangar privado del aeropuerto de Barcelona y nos dispusimos a bajar para montarnos en el coche que nos estaba esperando.
No me gustaba conducir en países que no eran el mío y, si me apurabas, hasta fuera de mi ciudad, porque me parecía inaguantable perder el tiempo si me perdía, y el GPS y yo no éramos buenos amigos.
El chófer nos dejó en el hotel en el que nos alojaríamos estos tres días, y que estaba en el centro de la ciudad, que estaba plagado de turistas.
La ciudad era preciosa, eso era innegable, pero tanta gente en los mismos lugares me agobiaba un poco.
Sí, podéis llamarme maniático, no voy a objetar nada, pero siempre me había ocurrido lo mismo.
A la hora de elegir destino para descansar unos días de vacaciones, siempre buscaba lugares que no fueran muy conocidos, y había disfrutado de verdaderas joyas, tanto arquitectónicas como en sus habitantes.
—Tienes que localizar a esa mujer, a la Maga de la Moda, y quedar con ella.
—Hermano, la vas a ver dentro de un par de horas, en la entrega de premios.
—Es verdad, me olvidaba de que era hoy mismo.
—Tú, y tu manía de llegar a los sitios con el tiempo justo, cuando podíamos habernos venido ayer por la tarde.
Era cierto, mi hermana, por suerte, necesitaba poco tiempo para estar lista, pero si hubiera sido de esas mujeres que necesitan horas para arreglarse, no hubiera llegado a tiempo a la ceremonia.
Me dejó en la ducha, mientras que ella se marchaba a la peluquería del hotel, donde ya la estaban esperando. Una vez que la peinaran, tan solo tendría que ponerse el vestido.
Cuando ella subió, yo todavía estaba haciéndome el nudo de la corbata.
—De verdad, Jean Paul, no sé cómo, siendo lo lento que eres, no quisiste que viniéramos ayer.
—Te aseguro que, en el momento en el que tú salgas de tu habitación, ya estaré listo.