Capítulo 4
Tina
Ana salió de allí casi a las cuatro de la madrugada, pero lo hizo con tres atuendos completos para sus próximos eventos.
—Insisto en que me digas cuánto es todo.
—Te he dicho que te lo cobro en publicidad; con que digas que los diseños y la confección son míos, me conformo.
—No dudes que eso lo pienso hacer; además, le hablaré de ti a todas mis compañeras y amigas.
—A ver si ahora me voy a convertir en el armario de las influencers —le dije, riendo.
—Pero no seas tonta, a partir de ahora, a cobrar por todo. Que la publicidad no paga las facturas ni llena la nevera —me aconsejó Ana.
—Hombre, ya, pero a ti no, porque sin ti, no me conocerían esas personas.
Nos despedimos de ella en la puerta y subimos a mi casa, porque, al final, Valeria se quedó a dormir conmigo. Era muy tarde ya y, como al día siguiente no trabajaba, no la dejé que se marchara sola.
Entramos intentando no hacer ruido, pero en cuanto llegamos al salón, allí estaban mis padres, esperándome para que les contara todo.
—¿Qué hacéis aquí?
—Esperándote —me dijo mi madre, como si fuera algo obvio.
—¿No os dije que no lo hicierais? Os lo podría haber contado mañana por la mañana.
—Claro, y no dormimos por la ansiedad de saber —me contestó mi padre.
Soltamos una carcajada y nos sentamos junto a ellos, cada una en uno de los sillones.
Les empecé a contar lo que me había pasado, la llamada que había recibido, y les agradecí a mis padres que pusieran el número de teléfono en el rótulo de la firma, porque si no estuviera ahí, no podría haberme localizado.
—Hija, me alegra mucho que, por fin, alguien reconozca tu talento.
—Papá, desde que he abierto, he vendido ya bastantes vestidos. Que lo estás diciendo como si nadie me hubiera comprado nada.
—Ya lo sé, cariño, pero no me refería a eso. Lo que quiero decir es que alguien te va a dar visibilidad entre los grandes, nada más.
—Era una broma, papá. Tengo claro lo que me querías decir, y cruzo los dedos para que mi diseño guste y pueda seguir vendiendo como hasta ahora, o más.
—¿Ya no te quieres ir a París a trabajar en esa firma de moda? —preguntó mi madre.
—Claro que quiero, es mi sueño, pero, de momento, me conformo con que pueda hacerlo aquí. Lo demás, el tiempo lo dirá.
—Muy bien dicho, amiga, pero vámonos a la cama que se me cierran los ojos; mañana les das todos los detalles.
—Venga, sí, que yo también estoy muy cansada.
Nos despedimos y nos fuimos los cuatro a la cama. Valeria entró en el dormitorio de invitados, que sentía como suyo cuando estaba en mi casa.
Yo no sé los demás, pero yo me encontraba tan nerviosa que me costó media vida coger el sueño.
A las diez de la mañana, ya estaban Álvaro y mi cuñada Carla en mi casa; habían traído churros porque tenían que hablar con nosotros algo importante, según escuché que les decían a mis padres.
—¿He oído churros?
—Hombre, pero si está aquí mi hermana favorita —dijo Álvaro, dándome un beso en la cabeza.
—Idiota, soy la única que tienes.
—Por eso eres mi preferida.
—Sí, mucha preferencia, pero podrías haber venido un poquito más tarde, chico, que me he acostado cerca de las cinco.
—Buena noche de juerga, ¿no?
—Sí, sobre todo de juerga…
Le conté a mi hermano y a mi cuñada lo que me había sucedido, y ambos me abrazaron con cariño, pues sabían lo que me había costado llegar hasta aquí.
—Cada día estás más bueno, Alvarito. Si no fuera porque ya estás cogido, te tiraba los tejos —le dijo Valeria a mi hermano, cuando llegó a la cocina.
—Porque te conozco desde que empecé con él, porque, si no hubiera sido así, ya te hubiera cogido por los pelos, que lo sepas —le contestó mi cuñada, entre risas.
—Bueno, bueno, no sería para tanto, tampoco —respondió mi hermano.
Todos sabíamos que mi amiga lo decía en broma. Era cierto que, desde siempre, había dicho que mi hermano no podía estar más bueno, pero lo veía como eso, como un hermano, al igual que él a ella.
Nos sentamos a desayunar los churros, que al final se iban a quedar fríos, mientras que mi hermano y mi cuñada se hacían carantoñas y se dedicaban miradas de complicidad.
—Bueno, ¿nos vais a contar ya para qué me habéis sacado de la cama? —les pregunté a mi hermano y a mi cuñada.
—Espera a que estemos todos, que falta papá, que ha ido a lavarse los dientes —me dijo mi hermano.
—Tu padre, tan oportuno como siempre, hermanito.
—Mi padre y el tuyo, ¿o a ti te recogieron en el contenedor de la basura?
—Más quisieras tú haber nacido como yo…
Esa era una broma que teníamos siempre. Mi madre decía que él nació en la ambulancia, de camino al hospital, porque, como los dolores no eran demasiado intensos, esperó a que mi padre subiera de la tienda.
Después de eso, cuando le tocó el turno a mi embarazo, en la primera contracción que tuvo, mi padre la llevó al hospital, corriendo, y menos mal que lo hizo, o yo hubiera nacido en el hueco de la escalera.
Mi padre volvió del baño, con los dientes relucientes, y se sentó delante de todos nosotros, que no le quitábamos la vista de encima.
—¿Se puede saber qué coño me miráis?
—Hijo, que yo pensé que estabas cambiando los azulejos del baño. No se puede tardar más que tú —le dijo mi madre.
—Vaya, no sabía yo que ahora tenía un cronómetro para hacer mis cosas…
—Venga, venga, luego os ponéis a discutir, que ahora quiero que mi hermano cuente por qué nos ha levantado tan temprano.
—Eso, eso, que, en cuanto que lo diga, me vuelvo a la cama un ratito más —contestó Valeria, mientras que bostezaba.
—Ah, no, de eso nada, que va a empezar la gala y quiero ver si le preguntan a Ana de quién es el vestido.
—Chica, pero si ya lo ha subido a las redes. —Está todo el mundo preguntándole dónde pueden encontrar la tienda —dijo Valeria como la que dice que han ido a comprar pipas.
Las tres, es decir, mi madre, mi cuñada y yo, nos fuimos a coger el móvil, y entramos en su cuenta. Efectivamente, allí estaba la foto, delante de uno de los jardines del teatro donde se celebraba, y me puse nerviosa, porque los comentarios eran buenísimos.
—Tina, si, por casualidad, ves algún comentario negativo sobre tu diseño, no te vayas a venir abajo, que ya sabes que los haters están en todas partes —me aconsejó mi hermano.
—Mientras que haya más comentarios buenos que malos, vamos bien.
—En fin, creo que debemos contaros ya para qué hemos venido —dijo mi cuñada, un poquito nerviosa.
—Sí, ya va siendo hora —le contesté.
—Allá va la noticia. Uno, dos, tres…
—¡Nos casamos! —exclamaron los dos a la vez.
Mi madre se levantó y abrazó a mi hermano, con lágrimas en los ojos. Sabía que, si lo hacían, si iban a pasar por la vicaría, era por ella, que se moría por llevar a su hijo del brazo.
—¿Tenéis ya la fecha pensada? —les pregunté, cuando llegó mi turno de abrazarlo.
—Pensada no, la tenemos ya fijada, y te voy a necesitar, Tina —me dijo mi cuñada.
—Por supuesto que te voy a ayudar en todo. Dime, ¿qué quieres que haga?
—Para empezar, quiero que me diseñes mi traje de novia.
—¿Me lo dices en serio? Joder, Carla, eso es algo muy especial, es el día más importante de la vida de una mujer.
—Y por eso quiero que lo hagas tú. Nadie mejor para captar mi esencia, pues nos conocemos desde hace mucho, y sabes, a la perfección, lo que me sienta bien y lo que no, con lo que voy a estar cómoda y lo que no me va a gustar.
—Pues, para mí, será un honor. Dime, ¿cuándo os vais a casar?
—Nos casamos dentro de un mes y medio, antes de que se me note —me contestó, pero no sabía a qué se estaba refiriendo, ni yo, ni nadie.
—¿Antes de que se te note? ¿Qué se tiene que notar? —preguntó mi madre.
—El embarazo, mamá. Esa era la segunda parte de la noticia, que vamos a ser papás.
En ese punto, mi madre ya lloraba como una Magdalena. Mi hermano les contó a mis padres que, después de enterarse de la noticia, pensaron que debían legalizar todo antes de que naciera.
—Desde ya te digo que no será una boda multitudinaria ni por la iglesia —le dijo mi hermano.
—No, hemos pensado que será una boda por lo civil, en los jardines de un hotel y tan solo con la familia y los amigos cercanos.