Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 3
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Capítulo 3

Tina

Entramos en el restaurante y, nada más poner un pie en su interior, el dueño salió a saludar a Ana y le dijo que, si subía un post a sus redes promocionando el lugar, la comida de las tres estaba pagada.

—Eso está hecho, hombre. Ven aquí, que nos hacemos una foto y ahora mismo la subo.

—No hay mejor publicidad que un post de ella, os lo aseguro —nos dijo el dueño.

Yo fui la encargada de hacer la foto, que Ana subió al instante, diciendo que esta noche cenaba en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, donde la relación calidad-precio no podía ser mejor.

—Gracias, Maga, es un placer. Pedid lo que os apetezca, que está todo pagado.

—Joder, chica, eso es una maravilla. Poder ir a donde te dé la gana y sin preocuparte del tique —le dijo Valeria.

—No te creas, que también es un coñazo no poder dejarte llevar por lo que te apetece en cada momento, por el miedo a que cualquier cosa que salga pueda dañar mi imagen —le contestó ella.

—Entonces, si tienes un mal día, ¿no puedes salir con tus amigas y coger una cogorza que te haga olvidarte de todo?

—Ni muerta, chica. Si sale eso en la prensa o si a alguien le da por grabarlo y subirlo a las redes, me juego el pan de mi casa y tengo un niño pequeño que depende de mí.

Ana nos contó que había sido madre muy joven y que el padre del bebé se desentendió desde el primer momento, pues estaba casado y ella no lo sabía.

Su hijo tenía cuatro años ya, y sus padres la ayudaban con su cuidado cuando ella tenía que asistir a algún evento o algo parecido, como una promoción de una marca o un viaje.

—Lo he dejado completamente al margen, y por eso, tan solo mis amigos de toda la vida conocen su existencia.

—Eso es lo mejor, porque, así, no tienes el miedo de que lo puedan atacar de ninguna de las maneras, que la gente es muy mala —le contesté.

—No lo sabes tú bien… Bueno, a lo que íbamos, he quedado contigo aquí para hablar de negocios.

—Tú dirás.

—Tengo un evento mañana, y había elegido un vestido de una diseñadora muy reconocida, pero he pasado por el escaparate de tu tienda, y ese vestido color champán me ha conquistado.

—¿Mañana?

—¿No me lo podías prestar? Claro, seguro que lo tienes comprometido ya, si es que tendría que haber pasado por allí antes.

—No, no, ni lo tengo comprometido ni nada. Y no, no te lo presto, te lo regalo, siempre que digas que es un diseño mío y me promociones la marca.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Pues que tan solo tengo ese, y no me va a dar tiempo, de un día para otro, de tener uno nuevo listo.

—Ah, vale, pero eso no es problema, me das ese y listo.

—Tina, si no le queda bien, porque está hecho con mis medidas, siempre se lo puedes adaptar; no creo que tardes mucho en hacerlo, ¿no?

—Mira, vamos a hacer una cosa. Terminamos de cenar y nos vamos a la tienda. Te lo pruebas y miramos lo que podemos hacer, porque lo mismo no te gusta una vez que lo tengas puesto.

Ya estaban ahí mis inseguridades, no lo podía remediar, pues siempre me había pasado en los momentos más importantes.

—Me gustaría, aunque me quedara como un saco de patatas y, te aseguro, que no será el último vestido tuyo que luzca, pero, eso sí, los demás te los pienso pagar.

—En publicidad, Ana, que eso sí que no está pagado realmente.

—Bueno, bueno, ya lo iremos viendo.

Terminamos de cenar, tranquilamente, y, en cuanto que nos comimos el postre, les dije de ir a la tienda.

Ana llevaba el coche, por lo que, como tan solo habíamos tomado refresco con la cena, al menos ella, nos subimos y nos pusimos rumbo a la tienda. No llevaba las llaves encima, pero no tenía problemas en ir a buscarlas, pues tan solo tenía que subir las escaleras hasta mi casa.

—Esperadme aquí, que bajo enseguida con las llaves. No os digo que subáis porque, la hora que es, y con mis padres todo el día fuera, seguro que están ya durmiendo.

—No te preocupes, te esperamos aquí —me dijo Ana.

Subí rápidamente a por las llaves y me encontré con mis padres sentados en el sofá y viendo un programa de esos que les gustaban a ellos, de investigación.

—¿Ya has vuelto? —Me preguntó mi padre.

—Ay, papá, me ha pasado algo fantástico, pero ahora mismo no puedo contaros nada, porque me están esperando abajo.

—Bueno, te esperamos despiertos —me contestó mi madre.

—No, porque no sé el tiempo que puedo tardar. Os cuento todo mañana en el desayuno. Tengo la impresión de que me tocará pasar toda la noche trabajando.

—Hija, ¿no puede esperar?

—Mamá, es algo importante para mí. Me tengo que marchar.

Me bebí las escaleras camino hacia la tienda, pues ya me había retrasado lo suficiente y no quería hacerla esperar más, no fuera a echarse atrás.

—Ya estoy aquí, abro, quito la alarma y ya podéis pasar —les dije.

—Sin prisas, por favor, que te va a dar un chungo —me contestó Ana, sonriendo.

—No te preocupes, que yo soy enfermera —respondió la otra, riendo a carcajadas.

En cuanto que lo tuve todo listo, las dejé pasar al interior de la tienda, cerrando la puerta con llave, para que no nos dieran ningún susto. Me fui hasta el escaparate, de donde bajé el maniquí con el vestido que le gustaba a Ana, y lo quité de ahí, para que se lo pudiera probar.

Cuando la chica lo tuvo en la mano y comprobó la ligereza de los tejidos, así como la caída que tenía, todavía se enamoró más de él.

—Te prometo que, aunque tenga que llevarlo cogido con imperdibles por dentro, mañana lo luzco yo en el evento, como Ana que me llamó.

—No, mujer, además, son la una y media de la madrugada, así que lo lucirías hoy —le dijo Valeria, con una sonrisa.

—Venga, pasa a probártelo, a ver si no tengo que hacer muchos ajustes.

—Sí, y voy a probarme algunos más de ese perchero, para tenerlos listos para otros eventos, pero esos no me corren prisa, que hasta dentro de nueve días no tengo otro.

Entró en el probador y, cuando salió, no me lo podía creer. Parecía que lo hubiera diseñado para ella; tan solo había que cogerle un poco la pinza del pecho, que Valeria tenía un poco más de pecho que ella.

—¿Qué me decís? —dijo ella, saliendo y dando una vuelta para que la viéramos.

—Que te queda como un guante, chica.

—Bueno, como un guante, no, que tenemos que ajustar un poquito por aquí…

Cogí la pulsera de los alfileres y le ajusté el cuerpo del vestido. Ahora sí que le quedaba perfecto.

Fui hasta el almacén, cogí unas sandalias que había enviado a hacer a una empresa de calzado de Valencia, y que todavía no me había dado tiempo a exponer, porque me llegaron esa misma mañana.

—Toma, ponte esto, que te verás mejor.

—¡Por favor, sí son preciosas! ¿De dónde son?

—También son un diseño mío, precisamente para ese vestido, pero me llegaron esta mañana.

—Chica, eres el mayor de mis descubrimientos, y no dudes que todo el mundo va a saber quién eres.

Un nudito se me formó en el estómago, de miedo, de antelación, pero, sobre todo, de ilusión.

Ana entró en el probador, de nuevo, se recogió el pelo de manera improvisada, se puso uno de los pendientes que había en el mostrador, se colocó las sandalias y salió de nuevo.

—Voy a ser la sensación de la gala, te lo aseguro.

—¿Gala? ¿No era un evento?

—En realidad, no te he dicho toda la verdad, no te fuera a dar miedo las críticas.

—Habla ahora o calla para siempre —le dije, poniendo mi mano en la cintura, pero a modo de broma, por supuesto.

—Anda, espera que me quite esto y, mientras que tú me lo ajustas, te voy contando todo.

En cuanto me devolvió el vestido, me senté delante de la máquina de coser. No tardaría mucho en ajustarlo, a pesar de que tenía que desmontar las pinzas y volverlas a montar.

Mientras, ella me contó que la habían invitado a la gala de entrega de unos premios de moda internacional, una que darían por televisión, y que, por primera vez, se celebraba en nuestra ciudad.

—¡Ay, amiga! ¡Que te va a ver todo el mundo! —me dijo Valeria, emocionada.

—A mí, no, chalada, verán mi diseño —le contesté, riendo.

—Pero eso, amiga mía, es como si te vieran a ti, porque en cada diseño has dejado un pedacito de tu alma —me respondió Ana, con una sonrisa.