Capítulo 2
Tina
Había pasado ya más de una semana y, por fin, tenía todo listo para inaugurar el rincón de Tina Durán, como habíamos bautizado esa parte de la tienda.
Había confeccionado una prenda de cada modelo, con la opción de adaptar a la talla de la clienta, y mostrado en el escaparate dos de mis mejores vestidos, uno de fiesta y otro de cóctel.
—Verás cómo se venden bien, Tina; en cuanto que la clientela lo vea, empezarán a hacerte encargos —me dijo mi madre, mirando desde fuera el escaparate.
—Eso espero, mamá. Al menos, aunque no esté en una gran empresa como diseñadora, que me dé para vivir de lo que me gusta.
Mi madre me dio un fuerte abrazo y me señaló con la cabeza para que me fijara en lo bonito que había quedado todo.
El rótulo que anunciaba mi nombre era de color verde aguamarina, con las letras en dorado, lo cual hacía un contraste de lo más elegante.
Habíamos tapizado la pared del fondo, esa que era movible para poder cambiar los escaparates, con una tela del mismo color del fondo del logo, pero en un tono más claro, para que hiciera contraste.
En el momento en el que los dos vestidos se pusieron en los maniquíes, con sus complementos correspondientes, que también había diseñado yo y encargado a una empresa su confección, me di cuenta de que mi sueño empezaba a cobrar forma.
—¡Toma ya! No podía quedar más bonito, amiga —me dijo Valeria, que acaba de llegar hasta la tienda, directamente de su puesto de trabajo.
—Estoy nerviosa, no te lo discuto, pero también muy ilusionada.
—Vas a triunfar como la Coca-Cola, te lo aseguro.
—Bueno, el listón de mis expectativas lo he bajado mucho; si no triunfo aquí, ya lo único que me queda es vender mallas para el aeróbic de las ancianas de la asociación.
—Desde luego, guapa, qué tremendista eres. Todo va poquito a poco; no puedes pretender salir de la universidad y que tus diseños desfilen en Milán.
—No, en Milán no, pero en París…
—Es que eres tremenda, tienes una obsesión con esa firma…
—¿Qué quieres, si es de las mejores?
—Pues que deberías poner los pies en la tierra, que ya no tienes quince años, hija mía.
—Déjame que siga soñando; con eso no le hago daño a nadie.
—Te lo haces a ti misma, Tina, porque pones tan alto el listón, que te frustras al no llegar.
—Anda ya, no digas tonterías. Una cosa es lo que yo diga de bromas, y otra muy distinta, lo que piense en realidad.
—Eso espero, porque sería una pena que, por una tontería como esa, te vinieras abajo.
Mi amiga, en cierto modo, tenía razón, porque, aunque no me frustrara la idea de no llegar a cumplir mi sueño, sí que me daba miedo no poder vivir de esto.
Era sábado al mediodía, y, tras cerrar la tienda, decidimos que esa noche saldríamos a darlo todo, que nos lo merecíamos.
—Nos vemos a las nueve en tu casa. Vamos a cenar y nos tomamos algo luego.
—Vale, pero que no sea demasiado tarde, por favor, que estoy muerta.
—Te lo prometo, algo tranquilito, de verdad.
Nos despedimos con un beso y cada una cogió para un lado. Yo entré en el portal de al lado de la tienda, mientras que mi amiga se fue calle abajo, camino de su casa.
Valeria sí que vivía sola, pues sus padres tenían un pequeño apartamento en la misma calle, que tuvieron alquilado hasta que su hija terminó la carrera y les dijo que quería independizarse.
En ese momento, no lo dudaron y les dijeron a sus inquilinos que, en cuanto se les cumpliera el contrato, ya no lo renovarían más, y se lo entregaron a mi amiga.
En cuanto llegué a mi casa, y como mis padres habían quedado para comer con unos amigos, me calenté un poco de estofado que había dejado preparado mi madre y me senté en el sofá con mi cuaderno de diseños.
Cuando la inspiración se apoderaba de mí, me podía llevar horas y horas plasmando todo lo que se me pasaba por la cabeza.
Sabía que la mayoría de esos diseños no verían la luz, pero bueno, de ilusión también se vivía, ¿qué le íbamos a hacer?
Casi sin darme cuenta, el reloj avanzó hasta las ocho de la tarde, y ni siquiera me había duchado todavía. Con toda la premura de la que fui capaz, me levanté del sofá, cogí la ropa y me metí en la ducha.
No me iba a arreglar en demasía, entre otras cosas porque la cosa era ir en plan tranquilo, y no iba a tardar más en acicalarme que el tiempo que iba a estar en la calle.
Me vestí con un pantalón de talle alto y pata ancha, que me encantaba, que combiné con unas cuñas de esparto y una camiseta estrecha. Preparé una chaqueta por si refrescaba por la noche, ya que la humedad es muy mala.
Terminaba de pintarme los labios cuando llamaron al telefonillo. Fui hasta la cocina para contestar cuando mi teléfono sonó en ese momento.
—¿Es usted Tina Durán? —Me preguntó una voz femenina.
—La misma, ¿con quién hablo?
—Verá, mi nombre es Ana Galán y soy influencer. He pasado por delante del escaparate de su tienda y me he quedado prendada de uno de sus vestidos.
—Por lo que me dices, debes tener mi edad, más o menos, por lo que será mejor que nos tuteemos.
—Está bien. Me gustaría hablar contigo. ¿Cuándo podríamos vernos? Y perdona por la hora de la llamada, pero es que me urge hacerlo y no quería dejar pasar ni un minuto más.
—Bueno, ahora me disponía a salir a cenar con mi mejor amiga. ¿Te viene bien que nos veamos en el restaurante o estás ocupada?
—Me parece perfecto, no sabes cuánto te agradezco que me puedas atender hoy mismo. Si me pasas la ubicación a este mismo teléfono, estaré ahí en una media hora, más o menos.
—Ahora mismo te la envío. Te esperaré en la puerta. ¿Vale?
—Eso te iba a decir, que la primera que llegue espere a la otra en la puerta.
Colgué la llamada y ni siquiera me acordé del telefonillo, por lo que cogí mi bolso y me dispuse a salir de mi casa.
En cuanto llegué abajo, me encontré a Valeria con el móvil en la mano. Sí era cierto que, cuando me llamó Ana Galán, me vibró el teléfono varias veces, pero no le di importancia.
—Idiota, me has asustado. Estaba a punto de llamar a tus padres.
—Yo seré Antoñita la fantástica, pero tú eres la reina del drama. ¿Para qué los ibas a llamar?
—Pues porque no paraba de llamar al telefonillo, te he llamado varias veces al teléfono y no me contestabas, pensé que te había pasado algo.
—Sí, claro, me tenían retenida entre dos para robarme los millones que tenía en mi casa.
—Eres una idiota, que lo sepas.
Solté una carcajada y la cogí por encima del hombro, acercándola a mí y dejándole un beso en la mejilla.
—Pensé que te habías resbalado en la ducha y que no podías llegar al móvil.
—¿Todavía no te has enterado de que yo lo pongo encima de la cisterna? Hubiera llegado, me cayera como me cayera.
—Bueno, ¿me vas a contar el motivo por el que no me has contestado? Porque estaba claro que no es porque te estuvieras duchando.
—Ay, amiga, no te lo vas a creer.
Le conté a mi amiga la llamada que había recibido y que había quedado con esa chica en la puerta del restaurante para hablar con ella, y se alegró muchísimo por mí.
—No, verás, si al final te vas a hacer famosa y no te va a hacer falta la firma esa francesa para ver desfilar tus diseños.
—Dios te escuche, amiga mía.
Habíamos quedado en un restaurante del puerto olímpico, por lo que avisamos a un taxi para que nos llevara.
Durante el trayecto, buscamos a Ana Galán en el Instagram, pero no aparecía nadie con ese nombre que pudiera dedicarse a eso, pero decidí no adelantar acontecimientos y esperar a ver qué era lo que pasaba.
Llegamos al restaurante, y allí, en la puerta, había una chica de nuestra edad, mirando el reloj como si temiera que la persona que estaba esperando no llegara.
En cuanto que estuvimos más cerca, nos dimos cuenta de quién era, y claro que no la íbamos a encontrar por Ana Galán, porque su nombre artístico era “Maga de la Moda” .
—¿Ana? —le pregunté en cuanto que la tuve al lado.
—Eres Tina, porque, si fueras otra persona, me hubieras dicho Maga.
—La misma, y no sabes la ilusión que me hace conocerte, te lo prometo.