Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 1
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Objetivo, poner un parisino en mi vida

Objetivo, poner un parisino en mi vida

Por Jenny Del

© inepub.com

Capítulo 1

Tina

¡Hola a todos! Mi nombre es Cristina Durán, pero todo el mundo me llama Tina. Tengo veinticuatro años y vengo a contaros la historia de cómo puse un parisino en mi vida.

No os vayáis a pensar que fue fácil, porque para nada lo fue, pero os puedo jurar que todo mereció la pena.

Nací en Barcelona y vivía en uno de los barrios más céntricos y bonitos de toda la ciudad. Pero claro, ¿qué voy a decir yo cuando me crie correteando por sus calles junto a mi mejor amiga, Valeria?

Mis padres, Miguel y Cristina, tenían cincuenta y cinco y cincuenta y dos años, respectivamente, y regentaban una tienda de moda en el barrio desde hacía más de veinte años.

Como podéis suponer, la moda corría por mis venas y tenía un sueño, uno por el que lucharía hasta que lo consiguiera, y que no era otro que trabajar en una de las mejores firmas de la capital francesa como diseñadora.

Me dejé las pestañas para lograr graduarme en Diseño de Moda y Patronaje, por lo que no solo podía diseñar, sino que también podría coser mis propios diseños.

Envié el currículo a todas las firmas, tanto del país como del extranjero, esperando que alguna me contestara, pero, como se suele decir, “mierda para mí”.

Después de que pasaran seis meses desde que terminé mi carrera, desde el momento en el que me volví loca enviando mi currículo a todas las empresas, y viendo que nadie me hacía ni puñetero caso, me vine abajo.

—Vamos, cariño, sabías que entrar en este mundillo no era fácil —me dijo Valeria, mi mejor amiga.

—Val, pero es que es una putada. Creía que, terminando con honores, como lo he hecho, alguien me daría una oportunidad, aunque fuera coloreando los diseños.

—Hija, pero eso es prácticamente imposible, aunque tu padre y yo hemos tenido una idea —me dijo mi madre, que también estaba allí, desayunando con nosotras en esa cafetería.

—Miedo me dan vuestras ideas. Desde ya te digo que no me pienso poner a vender ropa de otros diseñadores en la tienda, porque eso terminaría de matarme.

—No, pero sí que podías vender tu propia ropa.

—Eso sí me interesa. A ver, explícame los detalles…

Mi madre me contó que había pensado dejarme una parte del almacén, la que tenía la mejor luz, para que fuera confeccionando alguno de mis diseños, esos que tenía en un portafolio y que soñaba con que alguien los pudiera lucir.

—Podemos poner un stand y dejarte uno de los escaparates para que los luzcas; seguro que las clientas se vuelven locas, ya sabes cómo son.

—Tina, esa idea me parece fantástica. Podrías empezar a darte a conocer de ese modo —afirmó Valeria.

—Quién sabe si pasa por el escaparate alguna actriz o artista famosa y se enamora de alguno de tus diseños —dijo mi madre.

—Hombre, después de ver que una chica normal y corriente era dependienta y un futbolista se enamoró de ella, cualquier cosa puede pasar.

Mi madre y mi amiga rompieron a reír, pensando que yo lo había dicho de cachondeo, pero en realidad estaba diciéndolo muy en serio.

Por un momento me atreví a soñar que pasaba una actriz por mi escaparate y se enamoraba de un vestido, comprándolo para una gala.

Alguna de esas mujeres que desfilaban por la alfombra roja de Hollywood, alguna española con fama internacional o alguna española que muchas veces había visto lucir diseños espectaculares durante la gala de los premios Goya.

Ya las estaba viendo, diciendo a los periodistas: «Si os gusta mi vestido, es de Tina Durán, y lo podéis encontrar en su tienda de las Ramblas».

—Baja de la nube, que todavía no has encendido la máquina de coser y ya te has visto en la alfombra roja —me dijo mi madre, que me conocía como nadie.

Sí, era una soñadora nata y, a veces, era necesario que me pusieran los pies en la tierra, porque podría darme un batacazo, como el que me había dado pensando en que triunfaría en el mundo de la moda nada más terminar la carrera.

—Venga, vamos a buscar telas y demás, y empezamos a preparar ese rinconcito en el que te veas reflejada —me dijo mi amiga.

Salimos de la cafetería; mi madre se marchó para la tienda, que había dejado en manos de mi padre mientras desayunaba con nosotros, y Valeria y yo nos marchamos a un centro comercial para mirar todo lo que me gustaría tener en ese rinconcito.

—Tina, tendrás que saber primero los modelos que quieres mostrar en el escaparate, ¿no?

—Uy, eso lo tengo claro. Tan solo tengo que encontrar los tejidos apropiados y de calidad para llevarlos a cabo y que se hagan realidad.

—Pues entonces, vamos a por ellos.

Tenía un colchoncito económico gracias a la herencia de mis abuelos, pues, cuando fallecieron, nos dejaron, a mi hermano y a mí, un dinerito en el banco y una casa, que mi hermano decidió quedarse y abonarme a mí la mitad de lo que estaba valorado.

Yo continuaba viviendo con mis padres, pues no tenía ninguna necesidad de salir de allí, puesto que tenía la independencia y libertad necesarias para hacer mi vida.

Álvaro, mi hermano mayor, había terminado de estudiar psicología industrial y trabajaba en una gran multinacional.

Vivía con su pareja, Carla, que trabajaba de abogada en la misma empresa, y estaban pensando en ampliar la familia, aunque mi madre insistía en que antes se casaran, y ellos no estaban por la labor.

Encontré los tejidos perfectos y llegué a un acuerdo con la chica: si todo salía como esperaba y necesitaba más cantidad, me pondría en contacto directamente con el proveedor, y ella se llevaría la comisión de ventas.

Metí los rollos de tela en el maletero del coche y nos pusimos rumbo hasta la tienda de mi madre para dejarlo todo en el almacén.

Tenía todo el día por delante, así que dejé a mi amiga para que se marchara a casa, ya que tenía turno de tarde.

Mi amiga Valeria había terminado enfermería, y se había especializado en pediatría, y trabajaba en uno de los hospitales de la ciudad, cuidando de sus tan adorados niños.

—¿Ya has encontrado todo lo que necesitabas? —me preguntó mi padre, ayudándome a descargar todo.

—Tan solo me faltaban las telas; lo demás, lo tengo en casa. Pero bueno, ahora subo un momentito y lo voy bajando poco a poco.

—No tienes que bajar nada, tu madre y yo hicimos un pedido a un proveedor que no solo tiene género ya confeccionado; lo tienes todo en el almacén.

Salí corriendo, porque, para mí, que me dijeran que me habían comprado algo para ejercer mi sueño, era como si el día de Reyes le dijeran a un niño que tenía una sorpresa.

Entré en el almacén y me tuve que llevar las manos a la boca, de lo que había allí y que no me esperaba para nada.

—¿Te gusta? —preguntó mi madre, que había entrado detrás de mí.

—¿Que si me gusta? Me fascina, pero no deberíais haber gastado tanto dinero; lo podría haber comprado yo, de verdad.

—Cualquier cosa que te demos no será nada si, con ello, podemos ayudarte a cumplir tu sueño —me dijo mi padre, dejando los rollos de tela en el suelo.

La sorpresa que me esperaba era una máquina de coser industrial, un último modelo al que yo le había echado el ojo hacía unos días, así como toda clase de hilos, botones y demás, que me ayudarían muchísimo.

Mis padres volvieron a la tienda, pues había entrado una clienta y yo no me lo pensé, saqué mi portafolio y cogí uno de mis diseños.

Era un vestido de fiesta, de color champán, con una gasa a modo de chal, que sabía que tendría mucho éxito, porque lo mismo servía para una ceremonia importante que para una invitada de un evento.

Lo primero que hice fueron los patrones. Tenía las medidas de Valeria, que era la que me servía de modelo para confeccionar mis vestidos, y fueron las que utilicé, también, en esta ocasión.

Me llevaría un par de días o tres tener terminado el vestido; además, también tenía que acondicionar el escaparate en el que se mostrarían mis diseños, que sería el que daba directamente a la fachada principal.

—No le des más vueltas y haz el diseño de tu marca, tu propio logo, que vamos a enviar a la imprenta para las etiquetas y para que hagan el rótulo que pegaremos en el cristal —me dijo mi padre.

—¿Cómo puedes adelantarte a todo siempre?

—Ay, hija mía, tu padre siempre ha tenido ese don de saber lo que necesitábamos, antes, siquiera, de que lo sepamos nosotras mismas —me contestó mi madre.

—Son los años, no es nada fuera de lo normal —respondió él, riendo.

—No son los años, Miguel, porque lo has hecho desde que éramos novios.

Mi padre negó con la cabeza mientras yo me iba hasta mi portátil para diseñar todo lo que mi padre me había pedido.

Quería un logo fácilmente reconocible, pero que no fuera algo manido, llamativo, pero sin colores estridentes, elegante, pero que no resultara aburrido.

En resumen, tenía un arduo trabajo por delante.