KRISTEN #2
Me lanza una mirada por encima del hombro. Solo una mirada. Una ceja ligeramente arqueada, las gafas resbalándole por la nariz, y tengo que apartar la vista porque la combinación de verlo cocinar y recibir esa mirada me está haciendo algo en el cerebro.
Se remanga hasta los codos. Le observo los antebrazos mientras trabaja y le doy un sorbo larguísimo al vino. Esta cabaña está llena de vistas preciosas, ¿verdad?
Cenamos en el balcón. El sol se pone sobre las montañas y lo tiñe todo de dorado y ámbar. Hace el fresco suficiente para que me apriete la chaqueta y recoja los pies debajo de mí en la silla. La comida está buena. Muy buena. Se lo digo y él contesta:
—Ya lo sé.
Pongo los ojos en blanco y él vuelve a sonreír a medias.
La conversación empieza fácil. Historias del trabajo, casos; me cuenta la vez que un interno se desmayó durante una operación y él atrapó el separador antes de que cayera sobre el paciente.
Yo le cuento que Walter amenazó con demandar a Miguel con el abogado mediocre de su sobrino.
Se ríe, igual que me reí yo cuando Walter lo dijo.
Luego se vuelve personal. Me habla de su abuelo, el hombre que construyó esta casa. Un médico de cabecera jubilado que vivió aquí arriba treinta años, dedicado a leer y al jardín, sin que le importara lo más mínimo el legado Maxwell.
—Fue la única persona de mi familia que me dijo alguna vez que estaba bien querer algo que no estuviera en el plan —me cuenta Logan con la mirada puesta en las montañas—.
Todos los demás me tenían la vida trazada antes de que yo naciera.
Pero él fue el que me preguntó: «¿Qué es lo que quieres de verdad? ».
—¿Qué le contestaste?
Se queda callado un instante.
—Le dije que quería ser piloto.
Lo miro con las cejas levantadas.
—¿En serio?
—Tenía doce años. Estaba obsesionado con los aviones. Me los quedaba mirando desde el jardín trasero y pensaba en lo que sería simplemente irme. A cualquier parte. Sin planes, sin horarios, solo hacia arriba.
—¿Por qué no lo hiciste?
Se encoge de hombros.
—Me interesaba, pero ya entonces sabía que no iba a pasar. Iba a ser médico. Nunca hubo ninguna duda. —Hace girar despacio la copa sobre la mesa—. Aunque no me arrepiento. Quizá en otra vida podría haber sido piloto. Pero estoy satisfecho con donde estoy. Si eso tiene sentido.
Asiento. De algún modo lo entiendo, aunque no pueda identificarme del todo. A mí nadie me planificó la vida; tuve que pelear cada paso. Pero lo de desear algo que nunca te dejaron elegir y aun así hacer las paces con ello... creo que eso lo entiendo mejor de lo que él cree.
—Bueno, creo que tu abuelo estaría orgulloso de ti.
—Gracias.
Sonríe, y mi corazón vuelve a hacer una de sus tonterías.
Le hablo de mi padre. De cómo me apoyó siempre.
De que era un hombre callado que nunca levantaba la voz, ni una sola vez, y de que, cuando yo estudiaba para los exámenes, me dejaba una taza al otro lado de la puerta de mi habitación sin llamar, porque no quería interrumpirme pero quería que supiera que estaba ahí.
—Todavía guardo la taza en el armario —digo—. No soy capaz de usarla, pero tampoco puedo tirarla.
—No tienes por qué tirarla —replica.
—Ya lo sé. Simplemente está ahí. Todas las mañanas abro el armario, es lo primero que veo y pienso en él; luego cojo otra y cierro el armario.
—Suena bastante lógico.
Nos quedamos callados un minuto, viendo desaparecer los últimos restos de luz. El sol casi se ha ocultado ya y solo queda una fina línea dorada sobre la cresta de la montaña. La vista es impresionante.
Entonces empezamos a intercambiar recuerdos de la facultad de Medicina.
El profesor que siempre olía a caramelos para la tos, aquella vez que media clase se presentó en el aula equivocada para un examen final, las sesiones de estudio que terminaban en discusiones y por las que nos echaron de la biblioteca.
—Dios, ¿te acuerdas de aquel examen de farmacología? —pregunto—. ¿Aquel en el que sacaste la mejor nota porque hiciste trampa?
Me mira como si acabara de acusarlo de un delito.
—Perdona. En mi vida he hecho trampa.
—¡Sí que la hiciste! Saqué un diez, Logan.
Un diez. Contesté bien todas y cada una de las preguntas.
Y tú tuviste que levantar la mano y señalarle a la Dra.
Bellview que una de sus preguntas era clínicamente contradictoria.
Algo de que la interacción farmacológica no cuadraba con la dosis que ella había indicado.
—Porque no cuadraba. La pregunta estaba mal planteada.
—¡Y te dio dos puntos extra por darte cuenta! ¡Dos! Lo que te puso por encima de mí en un examen que yo había contestado perfecto.
—¿Y eso por qué es trampa? Corregí un error académico. Eso es integridad intelectual.
—Eso es que eres un fanfarrón que no soportaba que te hubiera ganado y buscaste un resquicio.
—Otra vez te equivocas de término, Portland. No era un resquicio. Era atención al detalle. —Se recuesta con los brazos cruzados—. Algo que un cirujano debería valorar.
—No me des lecciones sobre atención al detalle. Contesté bien todas las preguntas. Todas. Y. Cada. Una. Tú fallaste una y aun así quedaste por encima porque no podías dejármelo a mí.
—Te he cedido muchas cosas, Portland.
—Nombra una.
—Estoy pensando.
—Exacto.
—Sabes, Portland, el hecho de que sigas discutiendo esto diez años después me dice todo lo que necesito saber.
—¿Qué te dice?
—Que te molesta. Porque sabes que gané yo.
—No ganaste. Hiciste trampa.
—Hablas como si llevaras una década ensayando esta discusión.
—Puede que sí. —Me inclino hacia delante—. Porque en aquella asignatura era mejor que tú y me iré a la tumba diciéndolo.
—Pues te irás a la tumba estando equivocada.
—¿Sabes cuál es tu problema? —digo, y me levanto de la silla.
—Dímelo.
Él también se pone de pie.
—Que siempre tienes que tener razón.
Doy un paso hacia él.
—Porque la tengo.
Él avanza otro.
—Es insoportable.
Otro paso. Ahora estamos cerca. Lo bastante cerca para que tenga que levantar la barbilla para mirarlo.
—Que yo sepa —dice, y ahora su voz suena más grave—, tú eres igual que yo.
Estamos a apenas unos centímetros. Siento el calor que desprende su cuerpo y lo huelo, ese aroma limpio y sutil que llevo semanas fingiendo no notar. Ninguno de los dos retrocede. Su mirada baja hasta mi boca. La mía, hasta la suya.
No sé quién se mueve primero, pero mis manos le agarran el cuello de la camisa y tiran de él hacia abajo, y las suyas me sujetan la cintura y me acercan.
Su beso no es suave, es desesperado, hambriento.
Mis dedos se hunden en su pelo y él me aprieta más la cintura.
Estamos pegados el uno al otro, y no puedo pensar, no puedo respirar, y no quiero ni una cosa ni la otra.
Se aparta lo justo para mirarme. Tiene los ojos oscuros, la respiración irregular y las gafas torcidas. Se las quita y las deja caer en la mesa sin mirar, y entonces su boca vuelve a buscar la mía.
Me sujeta el cuello con una mano y yo le agarro la camisa con los dos puños. Lo beso como si llevara deseando hacerlo mucho más tiempo del que estoy dispuesta a admitir.
Porque así es. Y esta vez no me aparto.
Esta vez no quiero.