KRISTEN
Estoy lista veinte minutos antes de la hora, lo cual es ridículo.
Sigo en el salón, con unos vaqueros y una chaqueta, el bolso ya preparado; me he mirado el pelo dos veces y me he cambiado de camiseta una vez, y ahora voy y vengo de la cocina a la ventana que da a la calle como si esperara a que me recogiera mi pareja del baile de graduación.
Me obligo a parar. No hay ninguna razón para estar nerviosa.
Esto no es una cita. No voy a salir con Logan Maxwell.
Voy a un sitio privado con él para preparar la vista.
Una sesión de trabajo concentrada y profesional, en un lugar tranquilo donde podamos centrarnos sin que todo el hospital vigile cada uno de nuestros movimientos.
Vamos a estar solos. Juntos. Todo el día.
Vuelvo a caminar de un lado a otro.
Me veo reflejada en el espejo del pasillo y me río de mí misma. «Contrólate, Kristen. Ya tienes más de treinta años, no eres una adolescente. Has operado a personas. Puedes pasar un día entero en una habitación con un hombre sin perder la cabeza».
Probablemente.
Me vibra el móvil.
Logan
Fuera.
Cojo el bolso, cierro la puerta con llave y salgo.
Su coche huele a cuero, a café y a algo limpio y sutil que he empezado a asociar con él.
—¿Adónde vamos? —pregunto cuando se incorpora a la autopista que sale de la ciudad.
—A mi segunda casa.
—¿Tu segunda casa?
—Adonde voy cuando necesito no estar en el hospital.
—¿Logan Maxwell sale voluntariamente del hospital? —Lo miro—. Pensaba que te habían atornillado al suelo.
—Qué graciosa.
—Hablo en serio. Casi esperaba descubrir que duermes en tu despacho.
—A veces lo hago. Hay hasta un catre.
—Es lo más triste que he oído en mi vida.
—Es práctico.
—Es triste.
Me mira de reojo y se le curva la comisura de los labios, aunque intenta disimularlo. Miro por la ventanilla para que no se dé cuenta de que me he fijado.
Conducimos unos cuarenta y cinco minutos.
La ciudad se va diluyendo y los edificios dan paso a los árboles.
El aire que entra por la ventanilla entreabierta es más fresco de lo que debería en verano.
El nudo que tengo entre los hombros se me afloja con cada kilómetro que ponemos entre nosotros y el hospital, entre nosotros y Miguel, la vista y todas las miradas que me vigilan desde hace semanas.
Gira por un camino privado que serpentea cuesta arriba entre los árboles. La grava cruje bajo los neumáticos y las ramas cuelgan tan bajas que rozan el techo del coche. Entonces los árboles se abren y aparece una casa en lo alto de un claro.
Por fuera, parece sacada de una revista.
Una cabaña de montaña, pero no de las rústicas.
Paneles de madera teñidos de oscuro, un tejado inclinado con vigas vistas y un porche que rodea la casa, con dos sillas mirando al valle.
Todo está rodeado de árboles y lo único que se oye son los pájaros y el viento.
—¿Este es tu refugio? —digo, todavía mirándola a través del parabrisas.
—Todo el mundo necesita uno.
—Está claro que no estamos en el mismo tramo de Hacienda.
—Era la cabaña de mi abuelo. Me la dejó en herencia.
Salimos del coche. Abre la puerta principal con llave y, cuando entro, es aún mejor.
El salón es amplio y acogedor, con suelo de madera, una chimenea de piedra en una pared y una estantería que ocupa toda la pared de enfrente, abarrotada.
Libros de bolsillo muy manoseados junto a tratados de medicina y algunas novelas que reconozco.
Hay un sofá de cuero gastado frente a la chimenea, una mesa de comedor junto a la ventana y una cocina pequeña y limpia.
Toda la cabaña huele a cedro y a pino; a algo antiguo y habitado, como si llevara décadas de pie, respirando en silencio.
Pero lo mejor es la pared del fondo. Es casi toda de cristal, con paneles de suelo a techo y una puerta corredera que da al balcón. Camino hacia ella y me quedo quieta.
La vista es impresionante. Montañas cubiertas de espesos bosques verdes se extienden en todas direcciones y, al fondo, encajado entre dos crestas, hay un lago.
El agua, completamente inmóvil, es de un azul oscuro.
Todo parece un cuadro que alguien hubiera pintado y colgado al otro lado de su ventana.
He visto sitios bonitos antes, pero esto es otra cosa.
Es el tipo de vista que te deja sin palabras.
—Logan. —Me vuelvo para mirarlo—. Esto es increíble.
Está detrás de mí, con las manos en los bolsillos, mirándome mientras contemplo sus vistas, y tiene una expresión que no acabo de descifrar. Como si le alegrara que yo vea lo mismo que él.
Vuelvo a mirar por la ventana. Ya me encanta este lugar. No es mío, no tiene nada que ver conmigo, pero aquí de pie, contemplando esas montañas y ese lago, siento algo que no había sentido en mucho tiempo: paz. Si viviera aquí, no me marcharía nunca.
—Podría quedarme aquí para siempre —digo, más para mí que para él.
—Eso diría casi cualquiera. —Hace una pausa—. Y luego se aburriría a los dos días porque no hay cobertura.
—Pero eso no es un defecto. Es precisamente de lo que se trata.
Me mira. Lo miro. Durante un instante, ninguno de los dos dice nada. El silencio de esta casa es distinto del silencio del hospital. Es más suave y más seguro.
Pero no hemos venido a relajarnos. No del todo.
Nos sentamos a la mesa del comedor y nos ponemos a trabajar.
Él ha traído expedientes y notas. Yo he traído todo lo que tengo sobre Miguel: extractos de nuestras cuentas conjuntas, fechas, detalles, mensajes de los que hice capturas de pantalla antes de irme, aquellos en los que me amenazaba, me recordaba lo que le debía y me decía que no sería nada sin su ayuda. Lo he conservado todo. Cada palabra.
Lo desplegamos todo entre los dos y, por primera vez, ya no me limito a sobrevivir a esto. Estoy trazando una estrategia.
Repasamos la denuncia punto por punto. Con cada acusación, Logan hace de abogado del diablo. Me rebate sin piedad.
—La acusación sobre tu residencia —dice—. Dirán que Miguel Cruz movió hilos para meterte en St. Andrew's. ¿Cuál es tu respuesta?
—Que estaba cualificada. Mi expediente de la facultad de Medicina era excelente. El problema era el vacío en mi historial, no mi capacidad.
—Pero sí que hizo llamadas.
—Las hizo, sí. Yo no se lo pedí. Estaba solicitando plazas por mi cuenta y me rechazaban, y él actuó a mis espaldas y lo consiguió. No me enteré hasta que me lo contó.
—¿Puedes demostrarlo?
—Tengo los correos de rechazo de otros programas, todos con fecha y hora anteriores a que St. Andrew's me aceptara. Eso demuestra que intentaba entrar por mis propios méritos.
Asiente y luego anota algo.
—Bien. ¿Y qué hay de la acusación de relación inapropiada? Entre tú y yo.
—No hay ninguna relación.
Levanta la vista de sus notas y me sostiene la mirada.
—Cierto. No la hay. Pero señalarán que te llevé a casa, que intervine en el enfrentamiento con Miguel y que me he implicado personalmente en tu situación más allá de lo que se espera de un jefe de departamento.
—Entonces, ¿cómo lo explicamos?
—Diciendo la verdad. Que un visitante se mostró físicamente agresivo con una residente de mi departamento y que yo respondí como lo habría hecho cualquier adjunto. Todo lo que vino después fue apoyo profesional durante una crisis.
—¿Y lo de llevarme a casa?
—Un compañero que se asegura de que otro esté a salvo tras un suceso traumático. No tiene nada de romántico. Es simple decencia humana.
Rebato sus argumentos y él rebate los míos.
Detecto una laguna en su razonamiento sobre la acusación de haber puesto en peligro a un paciente, y él arquea una ceja y me concede el punto.
A regañadientes. Descubro un fallo en mi propia cronología y me ayuda a reorganizarla.
Seguimos así durante horas, y resulta estimulante de una forma que no esperaba.
Dos mentes tan acostumbradas a competir entre sí, por fin apuntando al mismo blanco.
Sobre las cinco, se aparta de la mesa, se quita las gafas y se frota los ojos.
—Basta por hoy, o vamos a acabar echando humo los dos.
Me río porque tiene razón. Tengo el cerebro frito.
Me recuesto en la silla y lo miro al otro lado de la mesa, entre papeles desplegados y tazas de café.
Hay algo en este momento que me resulta tan familiar que duele: los dos sentados a una mesa, rodeados de trabajo, negándonos a rendirnos antes que el otro.
—Esto me resulta familiar —digo.
—Sí, es verdad. Solo que esta vez estamos en el mismo bando. ¿Quién lo habría imaginado?
—Es raro, ¿verdad?
—Profundamente incómodo. —Cruza los brazos—. No paro de querer discutir contigo.
Me río.
—Sí que has discutido conmigo. Durante tres horas.
—Eso era una prueba de presión estratégica. No es exactamente lo mismo.
—Eso era discutir, Logan.
Casi sonríe. Yo casi le devuelvo la sonrisa. Y durante un segundo nos quedamos ahí sentados, agotados, mirándonos por encima de una mesa llena de pruebas. Sienta bien. Somos nosotros.
Prepara la cena, algo que me sorprende y no me sorprende, porque Logan Maxwell no hace nada a medias. Se mueve por la cocina como si lo hubiera hecho mil veces, abre los armarios sin mirar y encuentra las especias al tacto.
—Sabes cocinar —digo desde la encimera, donde estoy sentada con mi copa de vino.
—No te sorprendas tanto.
—Pues lo estoy. Daba por hecho que crecer siendo un Maxwell significaba tener a alguien cocinando para ti toda la vida.
—Lo teníamos. Mi madre contrató a un chef privado cuando yo tenía siete años. Mis padres no tenían mucho tiempo para cocinar.
—Entonces, ¿cómo aprendiste?
—Mi abuelo. —Saca una sartén y la coloca sobre los fogones—. Me enseñó cuando tenía quince años. Decía que un hombre que no sabe cocinar para sí mismo es un hombre que no sabe cuidar de sí mismo. Daba igual que tuviéramos un chef en casa. Aquí arriba, cocinabas o no comías.
—Me cae bien tu abuelo.
—Te habría caído bien. Y tú a él también le habrías gustado. Tenía debilidad por la gente cabezota.
—Yo no soy cabezota.