Obedeciendo LOGAN
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LOGAN

Kristen Portland me besó anoche y, desde entonces, actúa como si yo no existiera.

Y se le da de maravilla, además. Cada vez que doblo una esquina, ella ya se ha marchado.

Entro en la sala de residentes y ella sale.

Durante las rondas, cruzo la mirada con ella y la aparta tan rápido que ni que fuera un eclipse solar.

Ha perfeccionado el arte de estar en el mismo edificio que yo sin coincidir jamás conmigo en la misma sala, y me está volviendo loco.

No debería afectarme tanto. Soy el jefe de departamento.

Tengo un equipo quirúrgico que dirigir, casos que supervisar y una denuncia formal que preparar.

Tengo cosas más importantes que hacer que pensar en un beso de tres segundos dentro de un coche aparcado delante de su casa.

Pero no puedo dejar de pensar en él. El tacto de su mano en la cara, su sabor, incluso cómo se separó de mí sin ser capaz de articular una frase completa y luego casi se cayó al bajar del coche.

Me quedé allí sentado un minuto entero después de que entrara en casa, mirando el volante como un idiota.

Hoy la vi caminando por el pasillo y, en cuanto me vio, dio media vuelta y echó a andar en dirección contraria tan rápido que la bata ondeó tras ella. Habría sido impresionante si no resultara tan exasperante.

La ironía no se me escapa. Cuando apareció por primera vez en este hospital, se escondía de mí porque temía que la reconociera. Ahora se esconde de mí porque me besó.

Al menos algo hemos avanzado.

Como tarde con Mitchell, aunque en realidad no pruebo bocado. Vigilo la entrada de la cafetería y sé que parezco ridículo, pero no puedo evitarlo.

—¿Estás bien? —pregunta Mitchell, y echa un vistazo por encima del hombro hacia la puerta—. Parece que vas a abalanzarte sobre el primero que entre por ahí.

—Estoy bien. Solo busco a alguien.

Mitchell deja el tenedor sobre la mesa.

—¿Es la rival convertida en residente?

—No.

—Es la rival convertida en residente.

—He dicho que no.

—Tu boca dice que no, pero llevas mirando la puerta cada ocho segundos. Lo he cronometrado. —Bebe un sorbo de agua—. Bueno, ¿y qué ha pasado? La última vez que hablamos estabas «abordando una injusticia institucional». ¿Ha empeorado la injusticia?

No respondo. Mitchell me observa.

—Ah. —Alza las cejas—. Ha pasado algo.

—No ha pasado nada.

—Ha pasado algo, sin duda. Tienes esa mirada.

—¿Qué mirada?

—La que pones cuando un caso no sale según lo previsto y te toca recalcularlo todo. Solo que esto no es un caso. Es una mujer. —Se recuesta en la silla—. ¿Ha hecho algo? ¿Ha dicho algo? No me digas que os habéis liado o algo.

Su pregunta me pilla tan desprevenido que me quedo paralizado, y eso es todo lo que necesita.

Abre mucho los ojos.

—No me lo puedo creer. ¿Os habéis liado?

—No. Claro que no.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. No es eso.

—Entonces, ¿qué es? —Se inclina hacia delante—.

Porque las únicas razones por las que una mujer esquiva a un hombre como si esquivara un misil son que se haya liado con él, que le deba dinero o que él haya hecho algo imperdonable.

—Me escruta—. No tienes cara de culpable.

Ella no es de las que piden dinero, así que solo queda la primera opción.

—Mitchell, te digo que no ha pasado nada.

—Y yo te digo que tu cara dice una cosa y tu boca otra. —Sonríe—. Pero vale. No ha pasado nada. Solo te quedas mirando la puerta de la cafetería sin motivo. Un comportamiento de lo más normal.

Me froto la frente. Este hombre es agotador.

—Bueno, quienquiera que estés buscando no se te va a acercar con esa cara. —Hace un gesto hacia mi rostro.

—¿Qué?

—Tienes una cara muy intensa. Más de lo normal, que ya es decir. Igual podrías disimular un poco que la estás intentando pillar.

—No intento pillar a nadie. Hablas de mí como si fuera un depredador.

—Ahora mismo lo pareces.

Le lanzo una mirada.

—Vale. —Da un mordisco al sándwich—. Solo estás ahí mirando una puerta tan tranquilo, con la energía de un tío al que han dejado en visto. Muy sutil, Maxwell. Muy digno.

Mi mirada se vuelve a ir a la puerta.

—Ahora en serio, si te está evitando, perseguirla solo empeorará las cosas. Dale espacio. Deja que sea ella la que venga a ti.

—¿Desde cuándo eres experto en relaciones?

—Desde que llevo unos días viéndote actuar como un interno enamorado. Alguien tiene que intervenir. —Se levanta y coge la bandeja—. Cómete la comida. Deja de asustar a la gente en la puerta. Y, por el amor de Dios, cambia esa cara.

Se marcha. Me como la comida. Dejo de vigilar la puerta. Lo de mi cara ya no lo tengo tan claro.

Odio que tenga razón.

El resto de la tarde no la busco. Hago las rondas, dirijo el departamento, atiendo consultas, reviso a los pacientes posoperatorios y aguanto una reunión sobre la programación de quirófanos que me importa un comino.

No paso por delante de la sala de residentes con la esperanza de encontrármela por casualidad. Es una tortura.

A última hora de la tarde estoy en mi despacho revisando un montón de historias clínicas que necesitan mi firma y no consigo concentrarme, porque la cabeza se me va una y otra vez a los mismos tres segundos dentro de un coche aparcado.

Suena el teléfono. Miro la pantalla.

Papá.

Bueno. Esto sin duda me distraerá. Cojo el teléfono.

—Logan. Me ha llegado que estás metido en algún tipo de audiencia.

—¿Dónde has oído eso?

—No importa dónde lo haya oído. Lo que importa es que me ha llegado, lo que significa que es lo bastante gordo como para que la gente hable de ello.

Cómo no. El mundo de la medicina es un pueblo pequeño con títulos carísimos.

—¿Qué está pasando?

Me reclino en la silla y me quito las gafas.

—A una residente de mi servicio la estaba acosando su ex. Se presentó en el hospital y le puso las manos encima delante de los pacientes. Intervine. No le gustó quedar en ridículo, así que presentó una denuncia contra ella en la que también me incluía a mí.

—¿Qué tipo de denuncia?

—Que amenacé a un visitante y que tengo una relación inapropiada con una residente de mi servicio.

Mantengo un tono neutro.

—Las dos cosas son falsas. Él entró en mi departamento y se puso físicamente agresivo con una de mis residentes. Lo único que hice fue decirle que se marchara.

—¿Y la acusación de la relación?

—Inventada. Intenta desacreditarme porque intervine.

Mi padre guarda silencio un momento. Casi puedo oírlo calcular. Siempre calcula antes de hablar.

—¿Y el consejo sigue adelante con esto?

—Va a celebrarse una audiencia. He accedido a colaborar.

Otra pausa.

—Logan, quiero hablarte con franqueza. Meterse en los asuntos personales de otra persona no es propio de ti. Nuestro apellido está limpio. Nuestra familia lleva décadas construíndose una reputación en este campo. Verse arrastrado a una audiencia por los problemas domésticos de una residente…

—No se trataba de sus problemas domésticos. Un hombre agredió a alguien en mi departamento. Intervine. Eso no es una imprudencia, papá. Eso es el apellido Maxwell haciendo exactamente lo que debe: defender lo que es justo.

—Defender lo que es justo no suele acabar en una audiencia formal, Logan.

—Sí acaba así cuando la otra parte es un director ejecutivo con recursos y rencor. Ese hombre tiene dinero y contactos, y los está usando para saldar una cuenta personal.

Vuelve a quedarse callado. Oigo de fondo a mi madre decir algo que no alcanzo a distinguir. Mi padre tapa el teléfono, le responde y luego vuelve a ponerse.

—Tu madre quiere saber si estás comiendo bien.

—Dile que estoy bien.

—También quiere saber si esta denuncia es la razón por la que no nos has llamado.

—No. No os he llamado porque he estado ocupado.

—Ajá.

No me cree. Nunca me cree cuando uso esa excusa.

—Si necesitas que haga alguna llamada o que hable con el consejo, todavía conozco a gente allí.

—No. Voy a pasar por la audiencia porque mis actos estaban justificados y las denuncias no tienen fundamento. Ninguna de las dos. No necesito que nadie mueva hilos.

—Logan…

—Papá, agradezco que te preocupes, pero ya me encargo yo.

Suspira. El suspiro largo y pesado de un padre que sabe que su hijo ha tomado una decisión y no va a cambiarla.

—Ten cuidado.

No me está pidiendo que tenga cuidado por mí. Me está pidiendo que tenga cuidado con el apellido. Así que respondo.

—Lo tendré.

Y lo digo en serio.

—Tu madre dice que llames más a menudo.

—Lo haré.

Esta vez no lo digo del todo en serio.

Cuelga. Me quedo sentado, mirando la pared.

No se equivoca. Nunca se equivoca en lo práctico. El apellido Maxwell tiene poder, y verse arrastrado a una audiencia es un riesgo. Los Maxwell que me precedieron se pasaron la carrera entera construyendo algo, y aquí estoy yo poniéndolo en juego.

Pero si me hubiera dado la vuelta cuando Miguel la agarró, si hubiera dejado que pasara, si hubiera protegido el apellido en lugar de protegerla a ella, ¿qué valor tendría ese apellido?

Mi madre lo entendería. Jamás lo diría delante de mi padre, pero lo entendería. Se hizo cirujana en una época en la que a las mujeres en los quirófanos las trataban como visitantes de paso. Sabe lo que significa que alguien te defienda cuando el sistema está diseñado para mirar hacia otro lado.

Mi padre ve el riesgo. Mi madre vería a la persona.

Me vuelvo a poner las gafas. Necesito café. Y necesito dejar de pensar en la aprobación de mis padres como si todavía tuviera veinte años e intentara entrar en el cuadro de honor.

Me dirijo a la sala de descanso. Estoy removiendo el café, mirando al vacío, cuando se abre la puerta y entra Kristen.

Me ve y se queda clavada, con un pie dentro y otro fuera, calculando si puede dar marcha atrás sin que se note.

No me muevo. No la persigo. Me limito a mirarla y sonreír. Una sonrisa leve y tranquila, como si que esté aquí fuera lo más normal del mundo. Porque lo es, y es ella la que se comporta como si estar los dos en la misma habitación fuera a hacer estallar el mundo.

Se queda ahí un segundo, sopesándolo. Luego entra y deja que la puerta se cierre a su espalda.

Coge una taza del estante, se sirve café de la cafetera y se apoya en la encimera, frente a mí.

No quiere mirarme directamente. Tiene los ojos clavados en el café, como si contuviera las respuestas a todas las preguntas que se ha hecho en la vida.

—Pensaba que volverías a salir corriendo —digo.

—Me lo planteé.

—¿Qué te lo impidió?

—El café de aquí está mejor que el del tercer piso.

Casi sonrío.

Ella respira hondo y se vuelve hacia mí.

—Siento lo de la otra noche. Fue inapropiado. No sé por qué lo hice. Creo que, con todo lo que está pasando, me está afectando, y no pensaba con claridad, y fue un momento de, no sé, locura temporal, supongo, y no debería haber…

—Portland.

Se detiene.

—Está bien.

Parpadea.

—¿Está bien?

—Está bien.

Doy un sorbo al café e intento parecer tranquilo, porque uno de los dos tiene que estarlo y ella claramente no lo está.

—Tienes muchas cosas en la cabeza. Lo entiendo.

Exhala y rodea la taza con las dos manos, aunque el café está demasiado caliente para beberlo. Se queda mirando dentro, dándole vueltas, tratando de decidir si «está bien» significa que le quito importancia o si significa algo completamente distinto.

Significa algo completamente distinto, pero ahora mismo no necesita saberlo.

El silencio se alarga. Aprieta la taza como si fuera lo único que la mantiene con los pies en la tierra.

—Que quede claro: no tienes que evitarme. No voy a hacer que esto se vuelva raro.

—Fui yo la que lo volvió raro.

—¿Me fallan los oídos? ¿Kristen Portland consciente de sí misma?

—Siempre he sido consciente de mí misma, Maxwell. No te pases.

—Ahí está.

Doy un sorbo al café. —¿Lo ves? Así es más divertido. Cuando plantas cara en vez de salir corriendo.

Baja la guardia y sonríe. Una sonrisa pequeña, pero sincera.

—Tienes razón.

Asiente y, cuando vuelve a hablar, le sale la voz más firme.

—Y ya que hablamos de plantar cara, he estado pensando en empezar a preparar mi réplica contra Miguel. Todavía no hay fecha definitiva para la vista, pero quiero estar lista.

—De acuerdo. Deberíamos prepararnos a conciencia.

Dejo la taza. —¿Cuándo tienes el próximo día libre?

Kristen me mira, intrigada.

—¿Por qué?

—Déjate el día libre. Conozco un sitio al que podemos ir. Un lugar tranquilo y privado. Lejos del hospital y de cualquier distracción.

Hago una pausa. —Podremos concentrarnos. Tú podrás relajarte y pensar con claridad. ¿Te parece bien?

Lo pregunto porque pasó tres años con un hombre que nunca se lo preguntó, y no voy a ser la segunda persona que tome decisiones por ella.

Me escudriña la cara un segundo. Lo que ve debe de bastarle, porque asiente.

—De acuerdo.

—Paso a recogerte a las nueve.

Vuelve a asentir, da un sorbo al café y hace una mueca porque sigue demasiado caliente. Y, durante un segundo, se le curva la comisura de los labios. Me mira por encima del borde de la taza con esos ojos castaño oscuro y vuelvo a pensar en cómo me besó.

Puede que esté metido en un buen lío.

—El jueves —dice.

—El jueves.

Se separa de la encimera y sale. Me quedo ahí, con el café enfriándose en la mano, mientras la veo marcharse.

Mitchell estaría orgulloso de mí unos cinco segundos, más o menos, antes de echarse a reír.

Doy un sorbo al café frío.

El jueves. Un día entero con Kristen Portland lejos del hospital. Lejos de los residentes, de los cotilleos, de la investigación y de todas las razones por las que se supone que debemos mantener las distancias. Solo dos personas en una habitación, armando un caso, preparando una batalla.

Eso es todo. Estrategia. Preparación. Trabajo.

Esto va a ser una idea buenísima.

O malísima.