KRISTEN
Esta noche, algunos residentes celebran el cumpleaños de Brennan. Insistieron en que fuera y dije que sí, porque ahora intento ser de las que dicen sí a las cosas. De las que tienen amigos, salen y no se pasan todas las noches solas comprobando las cerraduras.
El bar está a reventar y hay mucho ruido: todo el mundo ríe y se bebe chupitos, y yo lo intento.
De verdad que lo intento. Sonrío. Brindo.
Brennan sopla las velas de una tarta que alguien ha colado en el local y todo el bar le canta el cumpleaños feliz, desafinando.
Se pone rojo, y yo aplaudo con los demás y me siento casi normal.
Priya me arrastra a la pista para una canción, que graba con el móvil y que mañana haré que borre.
—Bailas fatal —grita por encima de la música, sonriendo de oreja a oreja—. Me encanta.
—Por desgracia, todo mi talento se me ha ido al cerebro.
Se ríe e intenta enseñarme un paso, algo con las caderas que mi cuerpo es incapaz de reproducir.
Lo intento igualmente y ella me jalea. Brennan se une y, por un minuto, me lo estoy pasando bien.
Bien de verdad. La música suena fuerte, muevo los pies, me río de lo mal que lo hago y la sensación es buena.
Entonces alguien me choca por detrás, con las manos en los hombros mientras se cuela para pasar.
—Cuidado, perdona.
Tiene una voz grave y suave y, por una fracción de segundo, suena exactamente igual que la de Miguel. Me giro en redondo. Es un desconocido. Un tipo con camisa azul que va hacia la barra.
Suelto el aire, me doy la vuelta otra vez y, por el rabillo del ojo, veo a alguien de pie junto a la entrada.
Alto, con el pelo engominado hacia atrás, observando la sala.
Se me para el corazón. Me giro del todo y no es más que un tipo que busca a sus amigos con la mirada. Nadie que conozca. Nadie peligroso.
Pero ahora estoy paranoica. Cualquier hombre del bar que se le parezca un poco podría ser él. Cualquier voz demasiado suave, cualquier figura al borde de mi visión. La música sigue sonando, la gente sigue bailando, pero ya no puedo seguir aquí.
Me siento ridícula. Me siento cansada. Ahora mismo pasan demasiadas cosas en mi vida para soltarme y salir de fiesta.
Miro a los demás residentes, que ríen y se beben chupitos, y envidio lo fácil que les resulta aparecer, pasarlo bien y volver a casa.
No recuerdo la última vez que algo fue así de sencillo para mí.
Priya se da cuenta. Se inclina hacia mí.
—¿Estás bien?
—Sí. Es que hay demasiada gente.
Me mira un segundo de más. Lo sabe. Pero no lo dice.
Intento volver a meterme en el ambiente.
Me quedo otra canción. Aplaudo cuando Brennan hace su brindis de cumpleaños, que consiste sobre todo en dar las gracias a todos por venir y en derramar su copa sin querer.
Pero la diversión se ha esfumado. Cada vez que alguien pasa demasiado cerca, me tenso.
Cada vez que se abre la puerta, se me van los ojos hacia allí.
No dejo de escrutar caras, preguntándome si estará aquí, si alguien me estará vigilando.
Así que me voy pronto. Le digo a Brennan que me marcho y lo felicito una última vez por su cumpleaños. A Priya le digo que me duele la cabeza. No me cree, se le nota en la cara, pero me deja ir. Me aprieta la mano y dice:
—Escríbeme cuando llegues a casa.
Se lo agradezco. Por saber cuándo insistir y cuándo dejarlo estar.
El aire de la noche se agradece más que el bar. Camino unas manzanas hasta que la música se apaga y las calles vuelven a ser solo calles, y sigo andando hasta llegar al café.
Está a cuatro manzanas del hospital y lo encontré por casualidad hace unas semanas.
Queda escondido entre una lavandería y una librería, y pasarías de largo si no lo estuvieras buscando.
El café es decente, pero no vengo por eso.
Los sillones son enormes, prácticamente te engullen al sentarte, la luz es tenue y nunca hay más de una docena de personas a la vez.
Parece un sitio escondido, seguro. Y ahora mismo, lo único que busco es estar a salvo.
Estoy acurrucada en uno de esos sillones, con las manos alrededor de una taza caliente y la mirada perdida en la ventana, cuando se abre la puerta y entra Logan.
Al principio no me ve. Va al mostrador, pide y, mientras espera, se sube las gafas y recorre la sala con la mirada. Sus ojos se posan en mí. Se le iluminan.
Recoge su café y se acerca.
—Dra. Portland.
—Dr. Maxwell.
—De todos los cafés de esta ciudad...
—Está a cuatro manzanas del hospital, Logan. No es precisamente cosa del destino.
—Yo no he dicho que lo fuera. Pero si quieres llamarlo así, no voy a discutir.
Pongo los ojos en blanco. Es tarde y está claro que ha tenido un día largo, pero aún le quedan fuerzas para tomarme el pelo.
Se contiene para no sonreír. Miro alrededor. Esta noche el café está más lleno de lo habitual, todas las mesas ocupadas, y ahí está él, de pie, con su café y sin un sitio donde sentarse. Señalo el sillón vacío que tengo enfrente.
—Siéntate. Antes de que te quedes ahí plantado.
—Yo no me quedo plantado.
—Ahora mismo estás plantado ahí.
Se sienta. El sillón se lo traga a pesar de que mide más de un metro ochenta y, durante un segundo, el jefe de cirugía traumatológica resulta vagamente ridículo, hundido en un cojín enorme, con las piernas demasiado largas y la taza de café demasiado pequeña en la mano. Aprieto los labios.
—Ni se te ocurra —dice.
—No estoy diciendo nada.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando que pareces muy cómodo.
—Parece que me está comiendo un mueble.
Dejo escapar la risa. Sus ojos se quedan en mi cara un segundo de más, pero no aparto la mirada.
Hoy no hemos hecho la ronda juntos. Lo han metido en reuniones una detrás de otra, asuntos administrativos, esa parte de dirigir un servicio de cirugía que no tiene nada que ver con operar.
—¿Qué haces por la calle a estas horas? —pregunta.
—El cumpleaños de Brennan. El grupo ha salido.
—Ah. Lo he visto hoy. No he llegado a saludarlo. —Hace una pausa—. Aunque, cuando me ha visto en el pasillo, se ha quedado petrificado.
—Brennan te tiene terror.
—Soy consciente de ello.
—Pero te admira. De hecho, todos lo hacen.
Bebo un sorbo de café.
—La mayoría de los residentes sienten miedo y admiración por ti a la vez. Resulta bastante divertido de ver.
Se ajusta las gafas.
—Sé que la gente piensa que soy demasiado duro.
—No creen que seas duro. Te respetan. Hay una diferencia.
Me encojo de hombros.
—Y no me hagas hablar de lo que dicen las chicas de ti. Sinceramente, no es muy distinto de la facultad de Medicina. El mismo efecto, solo que en otro entorno.
Me mira.
—¿Qué dicen las chicas de mí?
—Ni hablar. No voy a alimentarte el ego.
—Yo no tengo ego.
—Tienes el ego más grande de este hospital, y lo sabes.
—Eso no es ego. Eso se llama autoconocimiento.
Pongo los ojos en blanco y se le contrae la comisura de la boca. Está disfrutando. Lo noto porque se recuesta un poco, se relaja en el sillón y no me aparta la mirada.
Luego baja la vista a mi brazo. Llevo chaqueta aunque estemos en verano. No he dejado de llevarlas desde que Miguel dejó su marca.
—¿Cómo va el brazo?
Me bajo la manga por instinto, aunque ya lo tengo cubierto.
—Curándose. Los moratones se van borrando.
Asiente y se queda callado un momento, pero mira mi manga como si quisiera ver a través de ella. Está enfadado por mí. Y hay algo en eso —en que alguien se enfurezca porque me han hecho daño sin convertirlo en algo sobre sí mismo— que me reconforta más que el café.
—Quiero preguntarte si estás bien —dice—, pero me parece una pregunta estúpida.
—No, adelante. Pregúntalo. Así, por fin, Logan Maxwell hará una pregunta estúpida. Quiero presenciar ese momento histórico.
Se ríe. Una risa grave, sorprendida. Llevo semanas ganándome sus casi sonrisas, y una risa entera sabe a victoria en una competición en la que no sabía que participaba.
—De acuerdo. ¿Estás bien?
—No.
Me sale más sincero de lo que pretendía. Miro el café.
—No estoy bien. O sea, dije que me defendería y lo haré.
Ya no voy a huir. Pero sigo teniendo miedo.
La denuncia, la investigación… Es todo lo que dijo que haría, y no puedo impedirlo.
Cada cosa cierta de mi vida me hace parecer culpable.
Él pagó cosas y me consiguió la plaza en el programa.
Aparecí de la nada, con un hueco en el currículum y una historia que suena demasiado conveniente.
Hago una pausa.
—Sobre el papel, soy exactamente lo que él dice que soy.
—No eres lo que él dice que eres.
—El consejo no lo sabe.
—Pues nos encargaremos de que lo sepa.
Lo dice como si ya estuviera decidido. Lo miro desde el otro lado de la mesita y la luz cálida de la cafetería lo suaviza todo, incluida su cara. Por debajo, percibo la tensión que lleva en los hombros. Parece cansado. Y no solo del trabajo.
—¿Puedo preguntarte algo? —digo.
Se rasca la barbilla.
—Vas a hacerlo de todos modos.
—¿Por qué haces esto? Ayudarme. Tienes poder y, si algo he aprendido de la gente con poder, es que siempre tiene una salida. Podrías desentenderte, dejar que pelee sola, pero no lo haces. Me ayudas a pesar del riesgo.
Se queda callado mucho rato. Tanto que creo que no va a responder.
Entonces dice:
—Porque la última vez que desapareciste de mi vida no hice nada. Dejé que pasara.
Hace girar el vaso de café sobre la mesa.
—No quiero que te enfrentes a esto sola. Lo que hace Cruz es patético, y cuando te dije que lo pararíamos juntos, lo decía en serio.
La cafetería se queda más silenciosa. O quizá no. Quizá es solo que todo lo demás se desvanece y los únicos sonidos que importan son su voz y mi corazón, y la distancia entre ambos, que se va acortando.
—Es una decisión estratégica terrible —digo en voz baja—. Muy poco propia de un Maxwell.
—Lo sé. Me está dando quebraderos de cabeza.
—Deberías hablarlo con alguien.
—Estoy hablando contigo.