Obedeciendo LOGAN #2
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LOGAN #2

Después del caso, cuando baja la adrenalina, acabamos en la sala de descanso. Está vacía salvo nosotros, algo raro. Normalmente hay al menos un residente dormido en un rincón o una enfermera calentando sobras. Pero esta noche solo estamos Kristen y yo.

Está redactando las notas en la mesa. Yo estoy enfrente, fingiendo que leo una historia clínica. La sala está en silencio, salvo por el rasgueo de su bolígrafo, el zumbido de la máquina expendedora y el reloj de la pared, que va marcando segundos más largos de lo que deberían ser.

Está sentada lo bastante cerca para que me llegue el olor de su champú. Algo cálido. Quizá vainilla.

La miro escribir un minuto largo antes de darme cuenta de que lo estoy haciendo.

Está igual. A pesar de los años, a pesar de todo lo que ha pasado, apenas ha cambiado.

Ha perdido la redondez de las mejillas y tiene unas líneas alrededor de los ojos que no estaban a los veinticinco, pero parece más sabia. Incluso más guapa.

Lleva el pelo recogido detrás de una oreja y tiene una mancha de algo en el cuello de la bata, del caso, que no parece haber notado. Está completamente absorta, con el bolígrafo volando sobre el papel, y no tiene ni idea de que la estoy mirando.

Y entonces caigo. Yo hacía esto mismo. En la facultad de Medicina.

Ella se sentaba enfrente de mí en la mesa de la biblioteca, sepultada entre apuntes, y yo dejaba de estudiar solo para mirarla.

Cómo movía los labios en silencio cuando memorizaba algo, o cómo golpeaba la página con el bolígrafo cuando se atascaba.

Nunca me pilló. Estaba siempre demasiado concentrada.

Y aquí estoy, haciendo exactamente lo mismo años después, en la sala de descanso de un hospital. Hay costumbres que no se pierden.

Me endereza en la silla.

—Has estado muy bien ahí dentro.

—Lo sé.

Alza la vista, con la sombra de una sonrisilla burlona en los labios, y por un segundo volvemos a tener veintipocos años.

—Ahí está. —Sonrío.

Su sonrisa burlona se ablanda hasta volverse algo más dulce.

—Aparece y desaparece.

—Debería quedarse.

Me sostiene la mirada un instante. Luego dos. La sala parece más pequeña de lo que es, y el zumbido de la máquina expendedora es el único sonido que supera mis latidos. Ninguno de los dos mira ya su trabajo.

Tengo la mano sobre la mesa y la suya está al lado. Cerca. Alargo la mía. Mis dedos le rozan el borde de la mano. Apenas la tocan. Una pregunta, no una afirmación.

No se aparta. Se queda mirando nuestras manos como si fueran algo ajeno y entonces mueve un dedo. Despacio. Lo desliza sobre el mío, muy leve, como si comprobara si esto es real. Si es seguro.

Durante unos segundos, ninguno habla. Nos quedamos mirando la yema de su dedo sobre mis nudillos, el punto de contacto más pequeño y, aun así, lo más ruidoso de la sala.

Entonces se frena. Veo el momento exacto en que pasa: el dedo se le tensa. Lo retira, pero no la mano, y me mira.

—Logan. —Pronuncia mi nombre, y suena distinto de como sonaba antes—. Esto es complicado.

—Lo sé.

—La denuncia. La investigación. Si alguien nos viera…

—Lo sé. Lo siento.

—No lo sientas.

Hace una pausa.

—Solo… necesito que sepas que ahora mismo no puedo hacer nada al respecto. Con lo que sea esto. No con todo lo que está pasando.

—No te lo estoy pidiendo.

—Entonces, ¿qué estás haciendo?

Miro nuestras manos, que siguen apenas rozándose.

—No lo sé —digo. Y es la verdad. Puede que sea lo más sincero que he dicho a nadie en años.

Ella no aparta la mano, y yo tampoco. Nos quedamos así unos segundos más que se hacen eternos, y le noto el pulso bajo las yemas de los dedos —o quizá sea el mío—, y el reloj sigue con su tictac, la máquina expendedora zumba y ninguno de los dos respira.

Entonces Kristen se aparta. Con suavidad. Vuelve a sus notas, y yo vuelvo a mi historial. Ninguno de los dos dice nada más.

Pero hemos cruzado una línea. En silencio y con cuidado. Y los dos lo sabemos.

Ella se marcha primero. Dice buenas noches, y yo se las devuelvo. Luego se detiene en la puerta, como si quisiera decir algo más, pero no lo hace, y se va.

Me quedo allí solo, en la sala de descanso, con un historial del que no he leído ni una sola palabra.

Tiene razón. Esto es complicado. Me aprieto el pecho con la mano para calmarme. Complicado, pero no consigo detenerme.

Kristen Portland no es un proyecto. No es un rompecabezas que resolver, ni una residente a la que orientar, ni una obligación profesional que pueda archivar bajo «responsabilidad departamental».

Es la única persona que ha conseguido que desee algo que no figura en la lista de los Maxwell, algo que mis padres no planearon.

Algo que no puedo controlar, ni optimizar, ni diseñar para que dé un resultado perfecto.

Mi teléfono vibra y le echo un vistazo.

Papá

Me he enterado de la situación en el hospital. Llámame cuando puedas.

Las noticias vuelan en el mundo de la medicina. Y vuelan aún más rápido cuando tu apellido es Maxwell.

Me quedo mirando el mensaje. Sé exactamente cómo será esa llamada.

Me preguntará qué está pasando, se lo contaré y guardará silencio un momento, como siempre que está haciendo cálculos.

Después me dirá que proteja el apellido.

Que mantenga las distancias. Eso es lo que hacen los Maxwell.

Nosotros calculamos. No apostamos por las personas.

Dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Toda mi vida he hecho todo bien. Y ahora mismo, sentado a solas en esta sala de descanso, estoy a punto de hacer algo que mi padre jamás entendería.

Todas las batallas que he librado han sido por un título, un puesto, un apellido.

Esta es la primera que es mía.

Y no voy a echarme atrás.