LOGAN
Los miembros del consejo no me advirtieron; me ofrecieron una salida.
El director médico, el Dr. Yap, y la Dra.
Harmon me sentaron ayer, antes de hablar con Kristen, y me lo expusieron sin rodeos.
La denuncia contra la Dra. Portland es lo bastante grave como para justificar una revisión completa.
La denuncia contra mí, la supuesta amenaza a un visitante, es secundaria y, dadas las circunstancias, están dispuestos a dejarla pasar.
Pero la acusación de una «relación inapropiada» complica las cosas.
Nos vincula, y estar vinculados significa que nos investigarán juntos.
—Dr. Maxwell —dijo el Dr. Yap, con las manos entrelazadas sobre la mesa—, queremos ser transparentes contigo respecto a tus opciones.
Opciones. Ya sabía lo que significaba esa palabra antes de que terminara la frase.
—Puedes distanciarte profesionalmente de la Dra.
Portland. Reasignarla a otro servicio, limitar la supervisión directa, crear una separación clara que demuestre que esta acusación carece de fundamento.
—Hizo una pausa—. O puedes seguir implicado, y entonces te incluirán formalmente en la investigación junto con la Dra. Portland.
La Dra. Harmon se inclinó hacia delante.
—Logan, te conocemos. Sabemos que esa acusación de una relación inapropiada no tiene base.
Podemos desestimar por completo la denuncia contra ti.
Tu historial aquí habla por sí solo. —Miró al Dr. Yap—.
En cuanto a la Dra. Portland, si sirviera para resolver la situación limpiamente, podríamos suspender sus funciones clínicas hasta la vista.
Así no habría solapamiento ni apariencia de conducta impropia. Te protege a ti y al departamento.
Suspenderla. Me estaban ofreciendo sacarla de la planta, alejarla de sus pacientes, de su trabajo, para protegerme. Arrebatarle lo único que había luchado por recuperar, lo único que la mantenía en pie, y entregármelo envuelto como un favor.
Me recordaron, con delicadeza y cortesía, que la reputación de mi familia pesaba en esta institución. Que los nombres de mis padres estaban en la pared del vestíbulo principal y que sería una lástima poner todo aquello en peligro por la situación personal de una residente.
—Ella se queda —dije—. Se queda en mi servicio, conserva sus funciones y la acusación contra mí sigue en pie junto con la suya.
Colaboraré plenamente con la revisión. Los dos lo haremos.
Al fin y al cabo, no tenemos nada que ocultar.
Prefiero pasar por este caso con todas las garantías, porque sé que la justicia prevalecerá.
La Dra. Harmon asintió. El Dr. Yap me miró como si acabara de tomar una decisión de la que me arrepentiría. Dijo algo sobre que estaría disponible si cambiaba de opinión. Les di las gracias a ambos y me marché.
No me arrepentiré. Porque suspender a Kristen Portland para salvar mi nombre es algo que nunca haría. Aceptar algo así me convertiría exactamente en el tipo de hombre que es Miguel Cruz, y antes perdería el título que convertirme en eso.
Paso el resto de la mañana en quirófano, y la rutina me despeja la mente. Pero no es suficiente y, cuando me dirijo a la sala de descanso de los adjuntos, espero poder robar treinta minutos de calma antes de la ronda.
No los consigo.
Mitchell Jonas está sentado en mi sillón de siempre, bebiendo el peor café que ofrece la máquina y con un aire demasiado relajado para un hombre que acaba de volver de tres semanas en Denver.
—Oh, no —digo.
Sonríe.
—¿Me has echado de menos?
—Se acabaron mis días tranquilos.
—Tus días tranquilos eran aburridos, y lo sabes. —Empuja con el pie la silla que tiene enfrente—. Además, por lo que he oído, tus días no han tenido nada de tranquilos. Tenemos que hablar.
El Dr. Mitchell Jonas. Cirugía vascular.
Mi amigo más cercano en este hospital, lo que dice más sobre el estado de mi vida social que sobre Mitchell.
Ha pasado las últimas tres semanas en Denver, impartiendo un taller sobre técnicas de reparación endovascular, así que se perdió todo el asunto de Miguel, el incidente del espray de pimienta y, al parecer, todo lo interesante que ha ocurrido en este edificio en mucho tiempo.
Mitchell me llama la atención cuando soy demasiado duro, compra un café horrible y una vez me dijo que mi trato con los pacientes era «clínicamente adecuado, pero emocionalmente en bancarrota».
Somos amigos desde la residencia, sobre todo porque fue el único que no intentó impresionarme durante mi primera semana, y eso se ganó mi respeto.
Se inclina hacia delante y dice, sin ningún preámbulo:
—Me he enterado de lo que pasó. ¿Es verdad?
—¿Qué parte?
—Cualquiera. Todo. —Me estudia—. La parte en la que amenazaste a un tipo delante de todo tu departamento.
La parte en la que tú, Logan Maxwell, que no has hecho una sola cosa en tu vida que no estuviera calculada hasta el último decimal, por lo visto estás arriesgando tu carrera por una mujer.
—Se recuesta—. En serio, me ausento tres semanas, ¿y esto es lo que pasa?
Es como si hubiera vuelto a un universo paralelo o algo así.
—No es una mujer cualquiera. Es una compañera a la que agredieron en mi departamento. No iba a quedarme de brazos cruzados.
Mitchell asiente despacio.
—Esa es una respuesta muy profesional. ¿Quieres intentarlo otra vez?
No digo nada durante un momento, y él espera. Se le da bien.
—La conocía. De la facultad de Medicina. Éramos… —Me quito las gafas y las limpio porque necesito hacer algo con las manos—. Rivales.
—Rivales. —Lo repite, claramente poco impresionado—. Estás volando tu carrera por los aires por una rival.
—No estoy volando mi carrera por los aires. Estoy haciendo frente a una injusticia institucional.
—Te gusta.
—Estoy haciendo frente a una injusticia institucional.
—Eso ya lo has dicho.
—Porque esa es la respuesta.
—No lo es, pero bueno. —Mitchell se frota la mandíbula—.
Vale, explícame una cosa. En todos los años que llevo conociéndote, no te he visto hacer nada sin un propósito estratégico.
Comes lo mismo todos los días porque es eficiente.
Te programas los cortes de pelo con tres meses de antelación.
Una vez me dijiste que la espontaneidad era un defecto de carácter.
¿Y ahora me dices que amenazaste a un hombre en público y que has decidido hundirte con el barco, todo por una injusticia institucional?
—Sí.
—Logan.
—¿Qué?
—Soy cirujano. Sé reconocer la negación cuando la veo. La he visto en pacientes que se niegan a creer lo que dicen sus pruebas. Tú tienes todos los síntomas.
—No tengo síntomas. Debería saberlo, yo también soy cirujano.
—Estás pilladísimo. —Se levanta, se alisa la bata y vuelve a sentarse, como si en realidad no hubiera terminado—. Por cierto, he hablado con la Dra. Vance. Tenía mucho que decir sobre tu residente.
Suspiro.
—Debería haber sabido que lo primero que harías al volver sería cotillear. ¿Cómo, si no, te habrías enterado de todo esto en tu primer día?
—No es cotillear. Se llama recopilar información. Ya te dije que, si no fuera médico, sería detective.
—Eres un cotilla, Mitchell. No lo adornes.
—No pienso aguantarte esto a ti, señor Injusticia Institucional.
—Se cruza de brazos—. Pero, en serio. He oído que es buena.
Muy buena. Y si alguien como ella fue de verdad tu rival en la facultad de Medicina, tiene que tener una mente brillantísima.
—Hace una pausa—. Si la junta la pierde por la venganza de un ricachón, son idiotas.
—Bueno, recemos por que no lo sean.
Por la tarde, Kristen y yo atendemos juntos un caso.
Un accidente de moto. El paciente llega con múltiples fracturas, una disrupción del anillo pélvico y una hemorragia interna que los paramédicos marcaron como abdominal, pero no lograron localizar.
Es el tipo de caso que separa a los residentes que se han memorizado el manual de los que de verdad saben pensar sobre la marcha.
La pongo al mando. Me mira unos dos segundos, asimilándolo: dirigir un trauma mayor con una investigación abierta sobre ella. Podría negarse o pedirme que lo lleve yo.
No lo hace.
Entra en acción. Lee las imágenes a toda velocidad, canta la clasificación de la fractura pélvica y pide un cinturón pélvico antes de que los demás hayan acabado de procesar el TAC.
Reorganiza al equipo, aparta a una enfermera de una tarea que puede esperar y la pone en otra que no.
Hace ella misma la ecografía FAST, mueve la sonda con mano firme y lee la pantalla sin titubear.
—Líquido libre en la bolsa de Morrison y en el receso esplenorrenal —ordena—. Preparad dos unidades y dejad el protocolo de transfusión masiva en espera.
Llega el TAC y aparece una laceración esplénica que el primer escáner había dejado ambigua. Algo que, sobre el papel, se podría defender en los dos sentidos. Ella no lo discute. Lo decide.
—Laceración esplénica de grado tres con extravasación activa. Quiero a Radiología Intervencionista preparada para una angioembolización y, si la tensión le baja de noventa, quiero el quirófano listo.
La sala entra en movimiento. No me busca para pedir permiso. No se anda con rodeos ni suaviza la indicación con un «creo» o un «quizá». Lo dice como quien lo sabe, porque lo sabe, y el equipo la sigue, porque cuando alguien habla con esa seguridad en un box de trauma, se le hace caso.
Brennan la está ayudando y la mira con la boca medio abierta. Una de las enfermeras me busca los ojos y me lanza una mirada que dice: «¿Dónde tenía escondido esto?»
Me echo atrás y observo. La veo trabajar, le miro las manos, la veo acertar en el momento justo sin vacilar mientras carga con la presión de una investigación formal, y el pecho se me hincha de orgullo por ella. La Kristen de antes está volviendo a asomar.
El paciente se estabiliza. Radiología Intervencionista emboliza la laceración esplénica y la hemorragia se detiene. Buen resultado. Trabajo limpio.