KRISTEN
Antes de ir al hospital, paro en la cafetería de enfrente.
Pido mi café de siempre y después pido otro.
Con hielo, leche de avena y dos chorritos de sirope de vainilla.
Compro también un sándwich de bagel, tostado, con queso crema y mezcla de semillas y especias.
Lo de siempre de Priya. Se lo he oído recitar tantas veces que me lo sé de memoria.
La encuentro en la sala de descanso. Le pongo el café y la bolsa delante. Los mira, luego me mira a mí y vuelve a mirarlos.
—¿Y esto a qué viene?
—Solo quería demostrarte cuánto te aprecio.
Se queda mirándolos un rato más, luego me mira y abre mucho los ojos.
—Dios mío. ¿Me has traído mi pedido? Kristen. —Se lleva una mano al pecho—. Voy a llorar. Este es el mejor día de toda mi vida.
—Solo son un café y un sándwich, Priya.
—No son solo un café y un sándwich. Son amor. Son amistad. Lo son todo. —Da un sorbo y gime de gusto—. Te has acordado de la leche de avena. Eres mi persona favorita de este hospital. No se lo digas a la Dra. Vance.
Le sonrío.
—Tu secreto está a salvo.
Da un mordisco al sándwich y me mira. Su expresión se suaviza.
—¿Estás bien? Sé que no ha sido fácil con lo que pasó.
—Creo que sí. O lo intento.
Asiente como si eso bastara y no insiste.
—Bien. No dejes que un imbécil te amargue. La próxima vez que irrumpa aquí, le lanzo la tablilla del historial como un bumerán.
Da otro mordisco y me río al imaginármelo.
Me señala con el sándwich.
—Pero, en serio, hoy tienes mejor cara.
—Me siento mejor.
Después de la ronda matutina con el Dr. Hills, voy a ver a la siguiente persona a la que debo una explicación.
Está sentado en la cama con cara de fastidio, que es su cara habitual, pero cuando entro su gesto cambia. Me mira como me miraba mi padre cuando llegaba a casa con una rodilla raspada. Como si quisiera enfadarse con quien me lo hubiera hecho, pero sobre todo estuviera aliviado de verme en pie.
—Doctora —dice—. Has vuelto.
—He vuelto. —Acerco una silla a la cama—. Sr. Hale, quería disculparme por lo del otro día. Podría haber resultado herido de gravedad, y eso nunca debería haber...
—Ni se te ocurra disculparte conmigo. —Lo dice con tanta brusquedad que me quedo a mitad de la frase—. Ese lunático irrumpe aquí, te agarra como si fueras de su propiedad, casi me tira al suelo, ¿y tú te disculpas? ¿Conmigo?
—Sr. Hale...
—El que debería disculparse soy yo. Tendría que haberle puesto la zancadilla con el andador.
Y lo habría hecho si no tuviera la cadera recién operada.
—Se cruza de brazos—. Soy un viejo. No tengo nada que perder.
Lo demandaré. Haré que mi sobrino llame a su abogado.
No es bueno, pero es agresivo, y eso ya es media victoria.
Me quedo paralizada un instante y luego me río por primera vez desde que Miguel volvió a mi vida. Él sonríe un poco y los nudos que tengo dentro se aflojan.
Este viejo gruñón que se queja de las marcas de pudin y escucha a escondidas lo que hablan los demás pacientes se ha puesto de mi parte sin hacer una sola pregunta.
No me ha preguntado qué hice para provocarlo ni ha especulado sobre cuál será la «verdadera historia».
Simplemente está furioso por mí y tiene al abogado mediocre de su sobrino a la espera.
—Gracias, Sr. Hale. De verdad. Pero nada de demandas. Usted concéntrese en ponerse bien.
—Está bien. Pero si vuelvo a ver a ese hombre, le doy con el andador. Cadera nueva o no. —Hace una pausa y me mira, y la voz se le vuelve más suave de lo que se la he oído nunca—. Pero ¿tú estás bien? ¿De verdad?
Asiento.
—Estoy en ello.
—Bien. Porque no te mereces nada de eso. ¿Me oyes? Nada. —Me señala con el dedo—. Y no dejes que nadie te diga lo contrario. Ni él ni nadie.
Le oigo. Le tomo las constantes, le ajusto la medicación y le aprieto la mano antes de irme. Él me la aprieta también. Fuerte.
Salgo de su habitación un poco más ligera que cuando entré y veo a Eleanor en el pasillo. Viene en mi dirección y se detiene al llegar a mi altura.
—Dra. Portland. —Me mira sin lástima ni curiosidad. Solo con... preocupación sincera—. ¿Cómo lo llevas?
—Estoy bien. Mejor que ayer.
Asiente.
—Bien. Me alegro. —Hace una pausa y se le forma una arruga entre las cejas—. La Dra. Harmon necesita hablar contigo. En su despacho.
Se me cae el alma a los pies.
—¿Sobre qué?
Me mira y veo que escoge las palabras, algo muy raro en Eleanor: ella siempre sabe exactamente qué decir. Me roza el brazo.
—Creo que es mejor que te lo cuente ella misma. —Me sostiene la mirada—. Y, Kristen, si después necesitas algo, mi puerta está abierta.
Asiento. El pasillo hasta el despacho de la Dra. Harmon se me hace interminable. Paso por el control de enfermería, por la sala de los residentes, por el tablón con el programa de quirófanos, que todavía lleva mi nombre. Me pregunto cuánto tiempo seguirá ahí.
Una reunión con la directora del programa nunca es por buenas noticias.
Nadie te llama a su despacho y cierra la puerta para decirte que lo estás haciendo genial.
Quizá alguien haya dado parte de lo que pasó con Miguel.
Tal vez sea por lo de Walter, que corrió peligro cuando el andador resbaló.
Tendría sentido: un paciente estuvo en riesgo estando a mi cargo, aunque no fuera culpa mía.
O tal vez sea esto. Quizá sea a esto a lo que se refería Miguel en la parada del autobús. Quizá el infierno empiece antes de lo que esperaba.
Llego a su despacho y la puerta está abierta. Llamo de todas formas.
La Dra. Harmon lleva quince años aquí. Es justa, directa, y todos los residentes del programa la respetan; ahora mismo me mira con la expresión cuidadosa de quien va a dar una mala noticia.
—Siéntese, Dra. Portland, por favor.
Me siento. Tengo las manos sobre el regazo y aprieto los dedos entre sí con tanta fuerza que me estoy cortando la circulación.
—Voy a hablarle con franqueza porque creo que se lo merece —dice—. Se ha presentado una queja formal sobre su puesto en este programa.
Abre una carpeta sobre el escritorio y empieza a leer. Tiene una voz serena y profesional, como si estuviera exponiendo un caso, y yo me quedo ahí sentada, escuchando cómo desmantelan mi vida frase a frase.
—La queja alega que obtuvo su puesto de residente gracias a una relación personal con el director ejecutivo de Cruz Pharmaceuticals y que esa relación se utilizó para manipular su admisión en un programa de cirugía —pasa una página—.
También alega que su vida personal ha generado condiciones inseguras dentro del hospital, concretamente un incidente que puso en peligro directo a un paciente —pasa a otra página—.
Y, por último, que actualmente mantiene una relación inapropiada con su adjunto supervisor, el Dr. Maxwell, para asegurarse un ascenso profesional.
Alza la vista de la carpeta y yo me quedo paralizada.
Cada una de las acusaciones lleva dentro la dosis justa de verdad para sostenerse.
Miguel no ha mentido. Ha hecho algo peor: ha contado la verdad torcida.
Ha cogido los hechos de mi vida y los ha colocado en una historia en la que parezco exactamente lo que él quiere que vean los demás.
Una mujer manipuladora que utiliza a los hombres para salir adelante.
Es verdad que hizo llamadas y que un paciente estuvo en peligro.
En cuanto a la relación con mi adjunto, por supuesto que Logan y yo no estamos juntos, pero Logan se interpuso entre nosotros, me llevó a casa y me abrazó en un cuarto de material mientras yo lloraba.
Para cualquiera que lo mire desde fuera, parece exactamente lo que Miguel ha pintado.
—Dra. Portland, esto implicará un proceso formal de revisión.
Tendrá la oportunidad de exponer su versión en una audiencia ante el comité de revisión.
Mientras tanto, es posible que se modifiquen sus funciones clínicas durante la investigación —hace una pausa y cierra la carpeta—.
Quiero que sepa que este proceso pretende ser justo.
Tendrá todas las oportunidades de dar su versión.
—¿Cuándo será la audiencia? —pregunto.
—Todavía estamos organizándola. Tenemos que asegurarnos de que los miembros del comité de revisión, los miembros de la junta y todas las partes implicadas estén disponibles. Le enviaremos los detalles en cuanto haya fecha confirmada.
Asiento, le doy las gracias, me levanto y salgo.
El pasillo está demasiado iluminado. Es demasiado largo. La gente se mueve a mi alrededor y no veo a nadie. Paso por delante del control de enfermería; alguien dice mi nombre y no me detengo. Paso junto a Brennan, que sale de la habitación de un paciente, y él dice:
—Hola, Dra. Portland.
Yo saludo con la mano sin mirarlo, porque si miro a alguien ahora mismo me lo verá en la cara. Llego a la escalera, empujo la puerta y las piernas dejan de responderme en el escalón de arriba.
Me siento y apoyo las manos en las rodillas. Intento respirar. La escalera está fría, resuena y está vacía; agradezco las tres cosas.
Lo ha hecho. De verdad lo ha hecho. «Prepárate para el infierno, Kristen», dijo.
Creía entender lo que significaba, pero no era así.
No de verdad. Porque esto no es solo una amenaza.
Es una aniquilación. Cada prueba que está usando es algo que yo le entregué.
No ha tenido que inventarse nada. Solo ha tenido que reordenar lo que ya era cierto.
Y no solo a mí. También ha arrastrado a Logan.
—Kristen.
Alzo la vista. Logan está al pie de la escalera, mirándome, y por su cara sé que ya lo sabe.
—¿Cómo...? —empiezo, pero la voz no me sale bien. Me aclaro la garganta—. ¿Cómo lo sabes?
—A mí también me lo han dicho —sube los escalones y se sienta a mi lado—. La queja me menciona.
—Ah, sí. Harmon me ha leído el documento entero —lo miro—. Logan, lo siento muchísimo. Te ha arrastrado a esto porque me ayudaste.
—Amenazas a un visitante. Relación inapropiada con una residente de mi servicio —repite las acusaciones que le han leído—. Está dando la vuelta a toda la historia. Intervengo para que no te agredan en la planta y él lo convierte en una prueba de que estamos juntos.
La culpa me golpea con más fuerza todavía.
—Lo siento muchísimo, Logan. Nunca quise que tú...
—Para. No te disculpes por algo que ha hecho él.
Cierro la boca.
—¿Qué te han dicho? —pregunta—. Todo.
Se lo cuento. Me escucha con esa expresión inmóvil y concentrada que ahora sé interpretar: está furioso y mantiene la rabia encerrada tras una puerta.
Cuando termino, digo:
—Puedo con esto. Es mi problema. Limpiaré tu nombre. Yo...
—Me ha nombrado en la queja, Portland. También me ha acusado a mí. Está intentando hundirnos a los dos —me mira—. Yo estaba allí. Soy testigo. Tengo todos los motivos del mundo para implicarme.
—Logan...
—Además, ese maldito cabrón me cae fatal.
Me pilla desprevenida. Casi me río, lo cual es absurdo porque nada de esto tiene gracia. Pero la forma en que lo dice, seca, rotunda y absolutamente inexpresiva, atraviesa el pánico lo justo para que pueda respirar hondo.
—Nunca quise verte metido en esto —digo—. Tu nombre, tu puesto, todo lo que has construido...
—Es mío, y lo arriesgo como me dé la gana.
Me quedo callada. Él también. La escalera está fría, iluminada por fluorescentes, y es uno de los sitios menos acogedores que existen, pero en ese silencio algo cambia entre nosotros. No estamos compitiendo. No estamos dando vueltas el uno alrededor del otro. No estamos llevando la cuenta.
—Por primera vez en nuestra vida —digo en voz alta—, estás proponiendo que trabajemos juntos de verdad.
—Aterrador, lo sé.
Lo miro.
—¿Somos capaces siquiera de trabajar juntos?
¿Te acuerdas de cuando la facultad nos mandó a los dos a aquella competición interuniversitaria?
Podríamos haber ganado a los otros equipos sin problema, pero perdimos porque nos pasamos todo el rato discutiendo sobre cuál era el mejor enfoque y se nos acabó el tiempo.
Sonríe con suficiencia.
—Exacto. Pero ahora las cosas son distintas. Por aquel entonces no me importaba el premio. Me importaba tener razón frente a ti. —Me mira—. Ahora lo que me importa es hundir a ese cabrón.
Parpadeo.
—No sabía que dijeras tacos.
—No los digo. Solo cuando toca. Y ahora toca, y mucho, ¿no te parece?
Asiento.
—De acuerdo. ¿Ves? Ya nos llevamos de maravilla.
—¿Quién lo habría dicho?
Casi sonrío, pero la sonrisa se me apaga antes de llegar a cuajar.
—Gracias por ayudarme. Lo digo en serio. Pero dejemos una cosa clara: esta es mi lucha. Tú ayudas, no diriges.
—Entendido. —Se ajusta las gafas—. Pero que sepas que ya le he dado vueltas a esto. La denuncia está diseñada para aislarte. Para que te sientas sola, para que te entre el pánico, para que lo dejes antes incluso de la vista. Eso es lo que quiere. Quiere que vuelvas a huir.
Lo miro.
—No voy a huir.
—Bien. Porque tenemos que construir un caso y preparar una vista, y voy a necesitarte al cien por cien, no escondida detrás de una tableta.
Hago un gesto con la mano.
—Eso fue hace semanas. Ahora planto cara.
Sonríe, satisfecho con mi respuesta. Yo también lo estoy. Vuelvo a sentirme yo misma.
Nos quedamos ahí otro minuto, codo con codo en un escalón frío de la escalera. Después se levanta y me tiende la mano.
—¿Empezamos la fiesta?
Miro su mano y pienso en lo extraño que resulta todo esto: la persona en la que más confío de todo el hospital es la misma a la que me pasé cuatro años de la carrera de Medicina intentando destruir.
Logan Maxwell. La última persona a la que habría imaginado confiarle mi vida, mi carrera, todo lo que me queda.
Pero ahora mismo no hay nadie a quien prefiera tener a mi lado en esta lucha.
Porque he visto de lo que es capaz su mente cuando trabaja en mi contra.
Y si esa misma mente trabaja conmigo, apuntada a Miguel y no el uno contra el otro, Miguel no tiene nada que hacer.
Le cojo la mano y tira de mí hasta ponerme en pie.
—Vamos.