LOGAN
Siempre tuve la sensación de que Kristen Portland acabaría conmigo algún día.
Lo que daba por hecho era que sería con un bolígrafo clavado en el corazón o, como mucho, con un libro de texto bien dirigido al cráneo.
No con un bote de gas pimienta en plena acera, delante del hospital, a las nueve de la noche.
Estoy inclinado sobre el lavabo del baño del personal, enjuagándome los ojos con agua por tercera vez, bastante seguro de que me estoy quedando ciego.
El escozor ha pasado de insoportable a profundamente desagradable, lo que supongo que cuenta como progreso.
La única vez que me quito las gafas. La única vez.
Las llevo todos los días, turnos de catorce horas, cirugías una detrás de otra.
Pero esta noche me las quito cinco minutos porque he terminado el turno y tengo los ojos cansados, y es justo ese momento el que Kristen Portland elige para cometer un crimen de guerra contra mi cara.
Está detrás de mí. No ha dejado de disculparse desde que me roció, hace aproximadamente cuatro minutos, y a este paso llegará a las tres cifras antes de que pueda volver a ver con claridad.
—Lo siento muchísimo, Dr. Maxwell. De verdad que no quería. Pensé que era… No sabía que eras tú. Lo siento muchísimo, de verdad.
—Eso ya lo has dicho.
—Porque lo digo en serio. ¿Estás bien? ¿Puedes ver?
—No está claro. Pregúntamelo dentro de una hora.
Me enderezo y me giro. Por su cara, debo de tener un aspecto horrible.
Tengo los ojos rojos, hinchados y llorosos, como si acabara de ver un maratón de doce horas de películas tristes.
Aprieta los labios. Demasiado tarde. La risa se le escapa antes de que pueda contenerla.
Al instante se tapa la boca con la mano.
—Perdón. Lo siento. No tiene gracia.
—Claro que no. Al menos esfuérzate un poco más.
—Lo estoy intentando. No tiene gracia. No me estoy riendo.
Sí que se ríe. Se esfuerza muchísimo por no hacerlo y fracasa por completo.
Le tiemblan los hombros y se muerde el interior de la mejilla.
Parece completamente distinta de la mujer a la que encontré en aquel ascensor hace unas horas: relajada, presente de verdad, aquí y ahora, no en otro lugar.
Si lo que hacía falta para que se riera así era que me rociara con gas pimienta, puede que haya valido la pena.
Puede. Me miro en el espejo.
Un puede muy pequeño.
—Te lo compensaré —dice, ya más serena—. Te invito a cenar. Donde tú quieras.
—Si tu plan era invitarme a salir, Portland, no hacía falta rociarme primero. Con preguntarlo habría bastado.
La risa se le corta. Alza la barbilla, cruza los brazos y entrecierra los ojos. Me asombra lo rápido que le cambia el humor, pero me quedo con este antes que con el de hace un rato.
—Eso no es lo que… Hablo en serio. Déjame compensártelo.
—De acuerdo. Esta noche. Antes de que se me disuelvan las córneas.
—¿Esta noche?
—Acabas de agredirme con un arma química, Portland. Creo que cenar esta noche es razonable.
Abre la boca, la cierra y luego niega con la cabeza, como si yo estuviera diciendo una tontería.
—Vale. Conozco un sitio.
Me lleva a un restaurante mexicano a unas manzanas del hospital.
Es pequeño, un poco agobiante, con sillas desparejadas, guirnaldas de luces por el techo y un menú en una pizarra que alguien reescribe a mano todos los días, está claro.
No es el tipo de sitio que yo elegiría, pero sí exactamente el tipo de sitio que elegiría ella.
—A veces vengo aquí después de los turnos largos —dice cuando nos sentamos—. La comida está buena, nunca hay mucha gente y no te meten prisa.
—Criterios importantes.
—Cuando llevas catorce horas de pie, sí.
Pide como si no hubiera probado comida de verdad en una semana. Tacos, arroz, una ración de guacamole y, en el último segundo, añade queso fundido, como si acabara de recordar que tiene permitido disfrutar de las cosas. Yo pido algo sencillo y, cuando llega mi plato, ella lo mira y dice:
—¿Eso es todo?
—Soy un hombre sencillo.
—Eres un hombre aburrido. Un peligro para la diversión.
—Lo dice la mujer que acaba de cometer un delito contra mí.
—Ha sido en defensa propia.
—¿Contra qué? ¿Contra mi intento de devolverte la tarjeta identificativa que te dejaste en el control de enfermería?
Se queda inmóvil.
—¿Por eso me has seguido?
Saco la tarjeta del bolsillo del abrigo y la deslizo por la mesa hacia ella. La mira, luego me mira a mí, y después hunde la cara entre las manos y gime.
—Dios mío.
—Sí.
—Me has perseguido por una calle oscura para darme la tarjeta.
—No te he perseguido. He caminado deprisa.
Levanta la cara, completamente roja, y vuelve a reírse.
Esta vez no intenta ocultarlo. Es una risa auténtica, abierta y sin reservas, aunque un poco avergonzada.
Me quedo ahí mirándola sin decir nada, porque no quiero romper el momento.
Es la primera vez que veo reírse a Kristen Portland como lo hacía antes, y oírla me hace sentir, no sé por qué, más ligero.
Después de eso, la conversación se suelta. Me pregunta por mi residencia, por cómo acabé siendo jefe de departamento tan rápido, y le doy la versión resumida. Residencia, especialización, adjunto junior, muchas noches hasta tarde y un apellido que trae expectativas consigo.
—¿Ha merecido la pena? —pregunta.
Me lo pienso.
—¿Sabes qué es lo gracioso? Cada vez que alcanzaba un hito, ya fuera terminar la residencia, la especialización o conseguir el puesto de jefe de departamento, la gente no se sorprendía.
Se limitaba a asentir, como si lo diera por hecho.
Como si estuviera marcando casillas de una lista que había escrito otra persona.
Hago girar el vaso sobre la mesa.
—Al cabo de un tiempo, dejó de parecerme un logro. Era como si solo cumpliera con el mínimo exigible.
No se burla de mí ni me devuelve la pulla.
Se limita a mirarme y asentir. Me escucha, me entiende, y caigo en que acabo de contarle a Kristen Portland algo que nunca le había dicho a nadie en voz alta.
Así, sin más, entre nachos y guacamole en un restaurante mexicano, después de que me haya rociado con gas pimienta.
Me aclaro la garganta e intento cambiar de tema.
—Bueno... ¿con qué frecuencia rocías a la gente con gas pimienta? ¿Es algo habitual en ti o soy especial?
—Uf. Ha sido un accidente, ¿vale? Y eres el primero. Te invito a comer mexicano. Con eso debería bastar.
—Ni de lejos. Si me quedo ciego, se acabó mi carrera. Y será por tu culpa.
—Ay, no seas dramático. No te vas a quedar ciego por un gas pimienta.
—Podría haberme quedado, con la puntería que has tenido, directo a los ojos. Vas a tener que mantenerme. —Hago una pausa—. De hecho, ¿recuerdas la apuesta que hicimos en la graduación? Pues ha llegado el momento. Me convertiré en amo de casa.
—Ay, Dios mío, por favor, no me lo recuerdes. —Se tapa la cara—. Dios, ¿siempre has sido tan insoportable o lo has cultivado en mi ausencia?
—Siempre he sido así de insoportable. Tú lo habías olvidado, sin más.
Seguimos picándonos un rato, y resulta fácil. Recordamos la facultad de Medicina: los profesores que odiábamos, los que nos caían bien, aquel adjunto que se quedaba dormido durante sus propias clases y al que nadie se atrevía a despertar.
—¿Te acuerdas del laboratorio de simulación? —pregunta.
—¿De cuál de todas?
—Del día que nos echaron.
—Eso lo empezaste tú.
—¿Que lo empecé yo? —Deja el tenedor sobre la mesa—.
Estábamos con la simulación de una laparotomía de urgencia.
Yo controlé la hemorragia y ligué el vaso.
De manual. Impecable. El profesor preguntó a la clase si el manejo era adecuado y todos dijeron que sí.
Estaba literalmente a punto de darme la razón cuando levantaste tu dichosa mano y dijiste que debería haber obtenido el control proximal antes de ligar.
—Porque deberías haberlo hecho.
—Mi manejo era correcto. La hemorragia estaba controlada. El paciente de la simulación sobrevivió.
—Tu manejo funcionó. El mío era mejor. No es lo mismo.
—Sí que lo es. El tuyo solo era distinto. Y lo propusiste porque antes te había criticado la tensión de los nudos delante de todo el grupo. Se te estaban soltando los nudos cuadrados y todo el mundo lo veía.
—Mis nudos estaban bien.
—Tus nudos estaban flojos, Maxwell. Podría haberlos deshecho con dos dedos. Hasta el profesor se paró a mirar. Te dio vergüenza y, cuando me tocó a mí, te buscaste algo que criticar porque no soportabas que yo tuviera razón sobre tus manos.
—No me dio vergüenza. Estaba proponiendo una alternativa clínica.
—Estabas siendo mezquino. —Pone los ojos en blanco, pero sonríe—. Dios, discutimos tanto rato que el profesor nos mandó salir.
—Sí. Por tu culpa.
—Por nuestra culpa. Siempre es por nuestra culpa.
Lo dice sin pensar, pero debe de darse cuenta, porque se queda callada un instante y vuelve a coger el tenedor. Yo no digo nada. Ella tampoco. Pero esa palabra se queda ahí, entre los dos. Nuestra.
Se recupera enseguida.
—En fin, sigues siendo igual de insoportable cenando que en aquel laboratorio de simulación, así que todo encaja.
—Y tú sigues sin ser capaz de admitir que otro pueda tener razón.
—Tu técnica no era mejor. Era distinta. Y lo mantengo.
—¿Y tu crítica sobre la tensión de mis nudos?
—Tus nudos estaban flojos. Eso también lo mantengo.
—No me vas a dejar olvidarlo nunca, ¿verdad?
—Mientras yo viva, no. —Me señala con el tenedor—. Y si me discutes una vez más, te vuelvo a rociar con gas pimienta.
—Recurrir a la violencia cuando no puedes ganar una discusión. Muy típico de una Portland.
Pone los ojos en blanco y, durante un segundo, todo parece exactamente como antes.
—Dios, de verdad que no has cambiado nada, ¿eh? —dice.
—Pues no. —Doy un sorbo a mi bebida—. Pero tú sí. Mucho, de hecho.
La ligereza se desvanece. No de golpe, sino como si alguien fuera bajando poco a poco el volumen. Mira su plato y mueve un grano de arroz de un lado a otro con el tenedor.