KRISTEN #2
Sé cuándo se abren las puertas, cuándo empiezan a cerrarse otra vez y cuándo una mano se cuela para detenerlas, pero cuando esa mano me roza el brazo doy un respingo tan brusco que me estrello contra la pared del ascensor.
Me escuecen los hombros por el golpe, se me levantan las manos y el cuerpo se me tensa entero.
Respiro demasiado deprisa, el ascensor es demasiado pequeño y yo ya no estoy aquí.
He vuelto a aquel piso. A la puerta con el agujero.
Al sonido de los nudillos atravesando la madera.
A la voz tranquila que explica por qué esto es culpa mía.
—Eh.
La voz de Logan. Baja, firme y cerca, pero no demasiado cerca.
—Eh. Soy yo. ¿Estás bien?
Intento responder, pero no me sale la voz, así que me limito a asentir. Sigo con las manos levantadas, así que me obligo a bajarlas, a separar los hombros de la pared, a convertirme en algo que parezca una persona que está bien.
—Kristen.
Mi nombre, no Portland. Mi nombre de verdad, pronunciado con tanta suavidad, con tanto cuidado, que me va trayendo de vuelta centímetro a centímetro. Miro el ascensor, luego la luz que zumba sobre nuestras cabezas y, por fin, su cara, preocupada pero serena.
—¿Estás bien?
Respiro hondo. Y otra vez. Su voz ayuda. Su cara también, familiar de una manera que no sabía que necesitaba justo ahora. Está ahí de pie, dos pasos atrás, con las manos a los costados, sin presionarme, simplemente presente.
Entonces me doy cuenta del aspecto que debo de tener. Los ojos desorbitados, encogida en la esquina de un ascensor, apartándome de una mano como un animal herido. Delante de mi adjunto. Delante de Logan.
—Sí. Estoy bien. Perdona, es que… —Niego con la cabeza—. Con permiso.
Lo esquivo y me alejo deprisa hasta encontrar un almacén vacío.
Cierro la puerta, me apoyo en ella y me limito a respirar.
Me tiemblan las manos, así que las aprieto contra los muslos hasta que paran.
El suelo está frío a través de los zapatos.
Las estanterías están llenas de gasas, bolsas de suero y vías intravenosas: filas ordenadas de objetos que tienen sentido, que tienen etiqueta y utilidad y que nunca hacen nada inesperado, y los cuento porque contar ayuda.
Porque contar es algo que mi cerebro sí puede hacer cuando todo lo demás es un caos.
Tardo dos minutos, quizá tres, en dejar de temblar. Se me regula la respiración y vuelvo a ser yo.
Y cuando el pánico empieza a remitir, aunque solo sea de momento, mi cabeza vuelve a la forma en que Logan me miró en aquel ascensor.
No había confusión, ni fastidio, ni exigencia de explicaciones.
Solo preocupación. Yo estaba en plena espiral, patética, y él no me miró como si estuviera rota, ni loca, ni como a alguien de quien tuviera que dar parte a la dirección.
Me miró como se mira a una amiga que necesita un poco de comprensión.
Y me ha llamado por mi nombre de pila. Nunca lo había hecho.
Cuando vuelvo a salir, soy funcional. A duras penas, pero funcional.
Cada sonido suena más fuerte de lo que debería y cada par de pasos a mi espalda me tensa los hombros.
Relleno historias clínicas, paso a ver a los pacientes y sonrío cuando alguien me habla, pero por dentro no dejo de rastrear cada habitación en la que entro, de repasar cada cara, de localizar todas las salidas.
Doblo una esquina demasiado deprisa y choco de lleno con Brennan. Sus historias salen volando y los papeles se esparcen por el suelo.
—Ay, Dios, lo siento muchísimo. —Ya me estoy agachando para recogerlos.
—No, no, ha sido culpa mía. —Él se agacha también y recoge las hojas a manotazos—. No miraba por dónde iba.
—He sido yo. Estaba distraída.
—No, en serio, estaba enterrado entre mis historias y ni te he visto…
—Brennan. —Le tiendo un montón de papeles—. No pasa nada. Los dos estamos bien. Nadie tiene la culpa.
Me mira parpadeando.
—Ya. Sí. Perdona.
—Acabas de disculparte otra vez.
—Perdón. —Hace una mueca—. Esa ha sido la tercera. Lo dejo ya.
—¿Estás bien?
Sonríe.
Le devuelvo la sonrisa. Se aprieta los papeles contra el pecho como si pudieran volver a escapársele y me dedica un pequeño gesto de asentimiento, avergonzado, antes de alejarse a toda prisa por el pasillo.
Algo en lo tremendamente incomodo de la escena me afloja el nudo del pecho, aunque solo sea un poco. No lo suficiente para arreglar nada, pero sí para seguir adelante.
Termina el turno. Me quito el pijama sanitario en el vestuario, me pongo la chaqueta y compruebo dos veces que llevo en el bolso las llaves, el móvil y el espray de pimienta.
Siempre lo compruebo dos veces. Me dirijo a la parada de autobús, a cinco minutos de allí, y el aire de la tarde me da en la cara, fresco y limpio, así que pienso: «Vale.
Lo has conseguido. Ya estás fuera. Solo tienes que llegar a casa».
Está oscuro y la calle, más tranquila de lo que me gustaría. Casi todo el turno de día se marchó hace una hora. Las farolas están encendidas, pero no llegan a todas partes, y los tramos entre una y otra se me hacen más largos de lo que deberían.
Apenas he dado unos pasos cuando los oigo. Pasos detrás de mí. Rápidos, como de alguien que acorta distancias.
Se me encoge el estómago. La acera está medio vacía, alguien viene hacia mí demasiado deprisa y mi cerebro no procesa quién es ni por qué. Solo procesa una amenaza.
Meto la mano en el bolso y cierro los dedos en torno al espray de pimienta. El pulgar encuentra el pulsador. Lo llevo encima todos los días desde que me marché, pero nunca he tenido que usarlo. Siempre creí que, llegado el momento, dudaría.
No dudo.
Cuando los pasos me alcanzan y una mano me agarra del hombro, me giro y aprieto a fondo.
Directo al blanco.
—¡AAAH!
Se me cae el alma a los pies.
Logan Maxwell está doblado por la mitad delante de mí, con una mano apretada contra los ojos y la otra agarrada a la rodilla. Lleva las gafas colgando del cuello de la camisa, donde debió de engancharlas al acabar la jornada, y tiene la cara crispada.
El único pensamiento que sobrevive al caos de mi cabeza es «Acabo de echarle espray de pimienta a mi adjunto».