KRISTEN
Me tiembla todo el cuerpo.
Tengo la espalda contra la pared y no puedo moverme.
Está justo delante de mí, tan cerca que le veo palpitar la vena del cuello.
Este hombre que una vez me miraba como si yo fuera todo su mundo me mira ahora con algo para lo que no tengo nombre.
No es rabia; la rabia acaba consumiéndose.
Esto es más frío que la rabia. Es un sentido de posesión puesto en entredicho, y es la versión más peligrosa de él que he visto nunca.
—Así que esto es lo que vas a hacer, ¿eh?
—Su voz suena baja y controlada, lo que lo hace mucho peor, porque gritar significa que ha perdido el control, pero este control significa que lo está eligiendo—.
Como no voy a dejarte marchar, ¿vas a preparar comida fría?
¿Vas a faltarme al respeto en mi propia casa?
Echa el puño atrás y me preparo para el dolor. Se me agarrotan todos los músculos, aprieto los ojos con fuerza y siento el aliento caliente dentro del pecho.
El dolor no llega.
El puñetazo cae justo al lado de mi cabeza. La puerta se resquebraja. Me llueven astillas y polvo de madera sobre el hombro y en el pelo, y el estruendo es tan fuerte que se traga todos los demás sonidos de la habitación.
Grito.
Y abro los ojos.
Estoy en la cama. En mi cama. En mi habitación. El techo está oscuro y me resulta familiar, la cortina medio abierta y el móvil de la mesilla iluminado por una notificación cualquiera.
Otra pesadilla. O más bien un recuerdo convertido en mi pesadilla. Mi cuerpo sabe diferenciarlas, porque las pesadillas se desvanecen al abrir los ojos; los recuerdos solo se vuelven más nítidos.
No me incorporo. Me quedo tumbada, con una mano apretada contra el pecho, sintiendo el corazón acelerado bajo la palma. Me concentro en la respiración. Despacio. Inspiro por la nariz, espiro por la boca.
—Estoy bien —susurro a la oscuridad—. Estoy bien. Estoy a salvo.
Lo repito una y otra vez, hasta que las palabras empiezan a parecer menos una mentira y más algo que quizá pueda creerme para cuando me levante de la cama.
En el móvil son las 4:53, así que desisto de dormir y me levanto.
Me ducho hasta que el agua se queda templada, porque el calor ayuda a aflojar la tensión que se me ha anudado entre los hombros.
Me visto, preparo café y me lo bebo yendo de un lado a otro de la cocina, porque esta mañana quedarme quieta me incomoda.
Repito los gestos de siempre hasta que los gestos vuelven a parecer normales, hasta que las manos ya no me tiemblan, la respiración se me acompasa y el recuerdo queda otra vez relegado al rincón donde vive cuando no estoy durmiendo.
Cuando me marcho al trabajo, ya ha amanecido y estoy bien. Siempre estoy bien. Ese es el trato que hice conmigo misma cuando me marché. Te levantas, vas a trabajar, haces tu trabajo y no dejas que las noches se te filtren en los días.
Priya ya está en la sala de descanso cuando llego, con dos cafés en la mano, lo que significa que ha tenido una buena mañana o que la ha tenido horrible y lo está compensando.
—¿Estás bien? —me pregunta mientras me pasa uno—. Se te ve cansada.
—Estoy bien. Me he despertado temprano.
Me observa un segundo, decide dejarlo pasar y dice:
—Vale, a ver. Buenas o malas noticias, según cómo te lo tomes. Se han cancelado las rondas con el Dr. Maxwell. Tiene una operación de urgencia, así que lo cubre el Dr. Hills.
Asiento. Debería sentirme aliviada. Nadie que me interrogue antes de las ocho de la mañana, ni unos ojos severos que me encuentren entre la multitud.
Pero no me siento aliviada. Una parte de mí quería distraerse hoy con él.
Quería sentir ese tirón familiar, eso que solo ocurre cuando me pregunta algo y espera que esté a la altura.
Después de la noche que he pasado, quería algo contra lo que empujar.
Algo que sonara más fuerte que el recuerdo que aún me ronda el pecho.
En cambio, me toca el Dr. Hills, que es perfectamente amable y perfectamente olvidable, y le hace al grupo una pregunta sobre el manejo del íleo posoperatorio que respondo en piloto automático.
Me vuelco en las historias clínicas, en pasar visita a mis pacientes, en el ritmo constante de las tareas matutinas que normalmente consigue sacarme de mi propia cabeza.
A la Sra. Delgado, de la 401, le dan el alta después de la apendicectomía, y le repaso dos veces las indicaciones del posoperatorio porque está nerviosa por volver sola a casa.
Me siento con ella cinco minutos más y le explico qué debe vigilar, qué es normal y cuándo tiene que volver.
Me coge de la mano cuando me levanto para marcharme y dice:
—Es usted un encanto, doctora. Me ha ayudado muchísimo. Muchísimas gracias.
Sonrío; una sonrisa de verdad. Momentos como este son la razón por la que luché tanto por estar aquí.
Por la que peleé con uñas y dientes para volver a la medicina después de tantos años.
Porque ayudar a alguien a curarse y verlo salir por la puerta mejor de lo que entró hace que todo lo demás merezca la pena.
Esta tarde tenemos rondas con la Dra. Eleanor Vance; las suyas siempre las espero con ganas.
Es una adjunta veterana, solo unos años mayor que yo, pero tiene el aplomo de alguien que ya ha resuelto lo que a los demás todavía nos hace tropezar y ha decidido no darle ninguna importancia.
Es serena y habla bajo, pero cada palabra pesa y no desperdicia ninguna.
Y es de una belleza que no parece costarle ningún esfuerzo.
Las residentes la admiran y los residentes apenas consiguen articular una frase cuando la tienen delante.
Priya se inclina hacia mí y murmura:
—De mayor quiero ser como ella.
Asiento porque estoy de acuerdo.
Eleanor nos va desgranando un caso y se detiene para preguntarle a Rathbone por el diagnóstico diferencial. Él tartamudea y luego se queda completamente en blanco, con la boca abierta, sin que le salga una palabra. Eleanor espera tres segundos, paciente pero sin piedad, y después sigue adelante.
—¿Dra. Anand?
Priya se endereza y contesta sin un titubeo. Eleanor le sonríe, cálida y aprobadora, y a Priya se le ilumina toda la cara.
Me agarra del brazo mientras nos alejamos.
—Me ha sonreído. ¿Lo has visto? La Dra. Eleanor Vance me ha sonreído. Esta mujer está haciendo que me replantee mi sexualidad.
Me río, y lo necesitaba, porque la mañana que he tenido es de las que suelen acompañarte todo el día, pero con Priya cuesta seguir en la oscuridad.
Más tarde, voy camino del vestíbulo para comprar algo de comer en la cafetería de enfrente cuando veo una cara conocida.
No es nadie de este hospital. Es una cara del pasado.
David Kaplan. Era residente de segundo año en St. Andrew's cuando yo estaba allí.
No éramos amigos íntimos, pero nos movíamos en círculos que se solapaban, y sabía de mi relación porque en aquel hospital lo sabía todo el mundo.
La empresa de mi ex era uno de los principales inversores.
El nombre de su padre figuraba en el muro de donantes del atrio.
Cuando mi ex venía a visitarme al trabajo, la gente se daba cuenta, y cuando dejó de venir, también.
David tenía buena relación con algunos de los socios de mi ex: la suficiente para comidas y favores, la suficiente para descolgar el teléfono cuando alguien llamaba preguntando por una antigua compañera.
Está de pie en el vestíbulo, con la bata blanca puesta y la tarjeta identificativa prendida al bolsillo.
Quizá esté aquí por una consulta. Quizá por un congreso.
O tal vez solo haya venido a ver a un amigo.
Da igual, porque en cuanto le veo la cara, todo lo bueno de este día se desmorona.
El calor de haberme reído con Priya hace cinco minutos, la calma que había ido construyendo toda la mañana, paciente a paciente, sonrisa a sonrisa, diciéndome que estaba bien, que la pesadilla solo había sido una pesadilla, que hoy iba a ir todo bien. Todo eso, esfumado. Esfumado sin más.
Cruzamos la mirada. Su expresión cambia al reconocerme. Abre la boca, empieza a llamarme por mi nombre y no pienso: me doy la vuelta, voy a paso ligero hacia el ascensor y pulso el botón.
Me giro y lo veo intentando cruzar el vestíbulo, pero hay un grupo de visitantes entre nosotros: una familia con una silla de ruedas, gente registrándose en el mostrador. Las puertas se abren, me meto de un salto y pulso el botón frenéticamente, como si eso fuera a cerrarlas más deprisa.
«Date prisa. Cierra, cierra, cierra».
Se cierran.
Me apoyo en la pared del fondo y el corazón me late con tanta fuerza que lo siento en la garganta, en las muñecas, detrás de los ojos.
Me ha visto. Seguro que me ha visto. Y si me ha reconocido, sabe que estoy aquí; y si sabe que estoy aquí, puede decírselo a alguien; y si se lo dice a alguien, entonces él sabrá exactamente dónde estoy. Y todo se habrá acabado.
Todo, perdido en el tiempo que tarda una persona en enviar un mensaje.
Ya estoy redactando el mensaje en mi cabeza.
El que enviará David. «A que no adivinas con quién me he encontrado».
Puro cotilleo. Ni se lo pensaría dos veces.
No sabe lo que significa. No sabe que un mensaje así es un mapa con mi ubicación marcada, entregado a un hombre que me busca desde que me fui.
El ascensor se pone en marcha. No sé qué planta he pulsado. Sigo de espaldas contra la pared, y el frío del acero no me calma en absoluto. Tendré que volver a trasladarme. A otro hospital, quizá a otra ciudad, y empezar de cero.