LOGAN #2
No le doy nada. Está sola en esto. Y necesito que recuerde lo que se siente.
Repasa la historia, estudia las analíticas y se queda callada.
Reconozco ese silencio.
Es el mismo silencio que guardaba en la facultad de Medicina justo antes de detectar algo que a los demás se les había pasado por alto.
La sala podía estar cayéndose a pedazos a su alrededor y Kristen Portland no se daría ni cuenta, porque su cabeza ya iría tres pasos por delante, conectando detalles que a nadie más se le había ocurrido relacionar.
Entonces se pone en marcha.
Pide una angio-TC de abdomen y pelvis con contraste.
Vuelve junto a la cama del paciente y empieza a hacer preguntas que a los demás ni se les habían ocurrido.
No solo las de la anamnesis habitual. Pregunta por viajes recientes, episodios de mareo o desmayo, medicación nueva, fármacos sin receta, suplementos y productos de herbolario.
Pregunta por aleteos en el pecho o episodios de taquicardia que el paciente haya podido descartar por insignificantes.
Es meticulosa, pero rápida.
La observo mientras le explora el abdomen. Palpa cada cuadrante con precisión y control, con una presión constante, mientras vigila la cara del paciente en busca de esas reacciones sutiles que la gente no sabe que está delatando.
Los demás residentes también miran.
Dos de ellos siguen con los brazos cruzados, fingiendo que no toman notas mentales.
Brennan no finge. Lo apunta todo.
Entonces lo encuentra.
Un detalle sepultado en el fondo de la anamnesis que a todos los demás se les había pasado por alto.
El paciente menciona que ha tenido breves episodios de taquicardia en las últimas semanas. Supuso que era ansiedad y nunca pensó que tuviera importancia suficiente para mencionarlo.
Kristen consulta de inmediato los registros del monitor y pide un electrocardiograma.
Unos segundos después, estudia el trazado.
Fibrilación auricular.
Vuelve a mirar las analíticas. El lactato elevado. El dolor abdominal intenso que no concuerda con la exploración física. Por fin encajan las piezas.
Levanta la vista.
—Creo que se trata de una isquemia mesentérica aguda causada por un evento embólico derivado de una fibrilación auricular paroxística no diagnosticada.
El dolor es desproporcionado con respecto a los hallazgos abdominales y el lactato elevado sugiere hipoperfusión intestinal.
Quiero una angio-TC para evaluar los vasos mesentéricos, en concreto la arteria mesentérica superior.
La sala queda en silencio.
Dos de los residentes me miran, esperando a ver si tiene razón.
La tiene. Al detalle. Es un diagnóstico que a la mayoría de los adjuntos les costaría un momento armar, y ella lo ha hecho de pie junto a una cama, como residente de tercer año, razonándolo en tiempo real.
Porque Kristen Portland lee patrones. Ve la imagen completa mientras los demás siguen mirando el marco, y me costó lo indecible mantener la cara neutra mientras la veía hacerlo.
Asiento.
—Pídela.
Se acerca al ordenador, mete la petición y, mientras teclea, se le va la tensión de los hombros, sustituida por algo que la hace parecerse mucho a la que era antes. Segura de sí misma, firme, presente.
Y mientras la veo trabajar, dejo de fingir que esto es solo interés profesional.
Porque no lo es. A los demás residentes no los miro así.
No busco el cambio en sus hombros cuando recuperan la confianza, ni me fijo en cómo les cambia la voz cuando dejan de dudar de sí mismos. Con ella sí lo hago, y tengo que parar.
Así que, cómo no, veinte minutos después voy a buscarla.
Está en el control de enfermería, actualizando historiales en uno de los ordenadores, tan concentrada que no me ve hasta que estoy justo detrás de ella.
—Buena observación. El detalle que has pillado en la historia clínica. A la mayoría se le pasa.
Alza la vista y recorre con la mirada el control vacío, como si buscara a alguien más con quien yo pudiera estar hablando. Cuando se vuelve hacia mí, tiene una arruga entre las cejas.
—¿Me hablas a mí?
—No, hablo con la pared.
A la cara le baja esa expresión de fastidio que conozco demasiado bien, y tengo que contener la sonrisa, porque no sabía cuánto echaba de menos esa cara.
La mirada inexpresiva, la mandíbula un poco apretada, los ojos entornados como si estuviera calculando si lo que acabo de decir merece una respuesta profesional o un historial a la cabeza.
—Bueno, perdona por querer aclararlo. Como últimamente no haces más que interrogarme delante de todo el mundo…
—No te estoy interrogando. Te hago preguntas cuya respuesta ya sabes.
Me cruzo los brazos.
No responde. Se queda ahí plantada, en guardia, con el bolígrafo todavía en la mano, como si esperara el remate de un chiste que le va a salir caro.
Y me fastidia que esta mujer, que antes me habría dicho exactamente dónde podía meterme el cumplido, las gafas y el ego, se quede ahí callada, aguantando el golpe.
—Lo digo en serio, Portland. Lo de ahí dentro ha estado bien. Sigue así.
Le sostengo la mirada.
—Los dos sabemos que eres mejor de lo que aparentas. Demuéstralo.
La sorpresa le cruza la cara, como si hubiera olvidado cómo suena que alguien le diga eso y lo diga en serio. Sus ojos buscan los míos y luego aparta la vista.
—Gracias.
Lo dice en voz baja. Casi con cautela.
Me quedo ahí un momento. Hay algo más que quiero decir, pero no hay manera de darle forma de palabras que tengan sentido en boca de un jefe de servicio hablando con su residente en el pasillo de un hospital a las tres de la tarde. Así que me limito a asentir, me doy la vuelta y me marcho.
Y lo único que me ronda la cabeza mientras doblo la esquina es que a Kristen Portland le ha pasado algo. Algo lo bastante grave para convertir a la persona más lista, más escandalosa y más brillante sin pedir perdón por serlo que he conocido en mi vida en alguien que busca trampas en los cumplidos.
Y necesito saber qué fue.