LOGAN #2
Pero yo había dicho que iba a ser el jefe, y cuando digo algo, lo cumplo.
Con ella o sin ella. Pasé como una exhalación por la residencia, la especialización y mis primeros años como adjunto, por la vía más rápida que había visto el programa, porque soy un Maxwell.
El único hijo del Dr. Theo Maxwell y la Dra.
Margaret Maxwell. Con ese apellido no puedes vivir de las rentas.
Tienes que demostrar cada día que te lo has ganado. Así que lo demostré.
Y, en algún rincón de mi cabeza, en cada noche en vela, en cada ascenso, en cada decisión que tomaba sobre cómo dirigir mi departamento, oía su voz: «Lo único que has hecho siempre es presentarte, sacar la mejor nota e irte.
Ser jefe de departamento no consiste solo en ser el mejor».
Quería demostrarle que se equivocaba. Quería demostrarme a mí mismo que no llevaba razón.
Ahora soy el jefe de departamento más joven que ha tenido este hospital. Y la mujer que me lo sacó a base de retos está en mi lista de residentes. Me recoloco las gafas.
Llama al marco de la puerta y ahí está, rígida, con los hombros encogidos y las manos agarradas una a la otra.
Se ha colocado justo en el borde de la entrada, como si hubiera dejado la mitad de sí misma en el pasillo por si necesita retirarse.
Da la impresión de estar preparándose para un pelotón de fusilamiento, no para una conversación.
Me echo hacia atrás en la silla y entrelazo los dedos sobre el escritorio, igual que me siento antes de comunicar un pronóstico difícil.
—Cierra la puerta.
Lo hace.
La miro, la observo de verdad por primera vez desde aquella activación de trauma, cuando estaba demasiado concentrado en mantener con vida a un paciente como para registrar nada salvo que quien me asistía era buena.
De esa clase de ayuda que no te da la mayoría de los residentes.
Después miré la lista y el nombre que aparecía junto al turno era Portland.
La observé como es debido tras dos días viéndola en las rondas, escondida detrás de aquella tableta, respondiendo con una voz tan baja que cualquiera diría que se disculpaba por saber cosas.
Dos días de pie al fondo de cada grupo, como si ese fuera su sitio.
La Kristen Portland que yo conocía no tenía su sitio al fondo de nada. Siempre se sentaba en primera fila y se ponía delante en los corrillos.
Ahora sigue de pie. No avanza más hacia el interior del despacho. Hay una silla frente a mi escritorio y no la ocupa. No le digo que lo haga, porque me estoy fijando en su postura, y me cuenta más de lo que ella querría.
—Kristen Portland. —Paladeo el nombre—. No esperaba verte aquí.
Guarda silencio un instante. Después, casi con cautela, como si escogiera cada palabra de una lista muy corta, dice:
—Son cosas de la vida. —Tras una pausa, añade—: Si quieres regodearte o reírte de mí, adelante. Esa te la regalo.
No hago ni lo uno ni lo otro. Me limito a mirarla: a esta mujer que antes respondía antes de que el profesor terminara la pregunta, que discutía conmigo a gritos en el laboratorio de simulación hasta que nos pedían que nos marcháramos, que me devolvió el beso el día de la graduación aunque jamás lo admitiría.
La mujer que está de pie en mi despacho no es ella.
Es más pequeña, más silenciosa, y se sostiene como si intentara ocupar el menor espacio que puede ocupar una persona sin dejar de estar en la habitación.
Algo le pasó. No sé qué. Pero la distancia entre la que era y la que es ahora no es de las que se explican solo con el paso del tiempo.
—No —digo—. Lo que quiero es que alces la voz.
Parpadea y alza la vista.
—No contestas a las preguntas en las rondas. Cuando hoy te he preguntado, nadie te ha oído. Sé que te sabes todas las respuestas que lanzo. Y tú sabes que te las sabes. —Le sostengo la mirada—. Así que deja de fingir que no.
Algo rápido y defensivo se le remueve detrás de los ojos. Un destello de la Kristen de antes, la que me habría contestado con algo lo bastante afilado como para dejar marca. Está ahí medio segundo y luego desaparece, sepultado bajo lo que sea que lleva años levantando sobre sí misma.
No discute. Se limita a asentir.
—Quiero oírte, Portland. Con claridad. ¿Entendido?
—Entendido.
Esta vez suena más alto. No se parece ni de lejos a la Kristen de antes, pero es más que el susurro que me ha estado dando. Me vale.
Tengo una docena de preguntas. ¿Dónde has estado?
¿Por qué hay un vacío del tamaño de un abismo en tu currículum?
¿Por qué desapareciste? ¿Por qué no contestaste a mis llamadas?
¿Quién te hizo esto? Todas y cada una se me quedan atravesadas en el pecho, y todas y cada una no son asunto mío ahora mismo.
Veo la tensión de sus hombros y la forma en que sus manos no se sueltan la una de la otra, y sé que, si aprieto demasiado y demasiado rápido, volverá a desaparecer.
Ya está junto a la puerta, medio dispuesta a salir huyendo.
Así que digo:
—Bien. Puedes irte.
Sale sin decir nada más. La puerta se cierra a su espalda con un suave clic y yo me quedo ahí sentado.
Vuelvo a abrir su expediente en el sistema y leo las palabras que ya me sé de memoria.
Portland, Kristen. PGY-3. Cirugía general, especialidad en trauma.
Dos años en el Hospital St. Andrew's antes de trasladarse aquí.
Y antes de eso, nada. Un vacío después de la graduación que se extiende cuatro años.
Ni un intento de hacer la residencia, ni un puesto de investigación, ni una solicitud para una beca.
Solo un espacio en blanco donde debería estar una carrera.
Todo ese tiempo. Perdido.
Cierro el expediente y me quedo mirando la pared. Hay una foto enmarcada de mis padres en alguna gala médica, los dos de etiqueta, con el aspecto exacto de las personas que siempre han sido. Al dorso está la letra de mi padre.
La excelencia no es opcional.
Me la dio cuando conseguí el puesto de jefe de departamento. Creo que él lo entendía como un regalo.
Pienso en Kristen Portland, que tenía tanto talento como yo, o más, que debería estar sentada en un despacho como el mío, en un hospital como este, y que en cambio es residente de tercer año a los treinta y cinco, escondida detrás de una tableta porque algo la rompió lo suficiente para hacerle olvidar que era brillante.
O peor: no lo olvidó; simplemente decidió que era más seguro no serlo.
No sé qué es. No voy a obligarla a contármelo. Pero sé lo que voy a hacer.
Ella me apretó durante la carrera de Medicina. Cuatro años negándose a dejarme atajar, negándose a dejarme estar cómodo, negándose a que me conformara con hacerlo bien cuando sabía que podía hacerlo mejor. Me convirtió en el cirujano que soy, me guste o no.
Ahora me toca a mí. Y voy a apretar aún más fuerte.