KRISTEN
Logan Maxwell me está haciendo algo, y no consigo averiguar qué pretende.
Todas las mañanas, durante la ronda, me encuentra.
Da igual dónde me coloque o detrás de quién esté; sus ojos recorren el grupo y se posan en mí como si fuera la única persona de la sala que le debe algo.
Me pregunta a mí primero. Siempre a mí. Y no las preguntas fáciles.
A los demás residentes les plantea casos directos, diagnósticos diferenciales estándar y materia de manual que podrían responder dormidos.
A mí me tocan los raros. Los casos límite.
Los que exigen pensar tres pasos por delante y defender hasta la última respuesta mientras él se queda mirándome con esos ojos gris verdosos detrás de las gafas, sin darme absolutamente nada a lo que agarrarme.
Llevamos una semana así. Una semana entera de Logan Maxwell tratándome como si fuera su examen sorpresa personal mientras los demás pueden confundirse con la pared.
Hoy se detiene junto a una cama y ni siquiera mira la historia clínica antes de hablar.
—Portland. Rotura esplénica tardía. Explícame cómo la tratarías.
Algunos de los otros residentes me miran. Ahora soy el espectáculo, la que observan para ver si se quiebra o responde. Lo odio y, al mismo tiempo, estoy acostumbrada.
Mantengo la voz firme.
—Depende del grado y de la situación hemodinámica.
Si el paciente está estable, optaría por un tratamiento no quirúrgico, con exploraciones abdominales seriadas y una nueva prueba de imagen a las cuarenta y ocho o setenta y dos horas para descartar un pseudoaneurisma o un hematoma expansivo.
Reposo en cama, grupo sanguíneo y pruebas cruzadas en reserva, y un umbral bajo para la angioembolización si hay cualquier cambio.
No reacciona en absoluto. Se limita a seguir mirándome, y lo veo dar vueltas a algo tras esa expresión neutra, decidiendo si me deja en paz o aprieta más.
Aprieta más.
—Bien. Ahora dime qué harías de otra manera si la TC no fuera concluyente y el paciente estuviera hipotenso.
Los demás residentes se remueven ligeramente. Brennan, que está a mi lado, suelta el aire como si agradeciera que el foco no esté sobre él. Se nota en el aire: ese alivio colectivo de que me toque a mí y no a ellos.
—Si la TC no es concluyente y el paciente está hipotenso, no espero a tener mejores imágenes.
Hago una ecografía FAST a pie de cama. Si hay líquido libre en la bolsa de Morrison, ahí tengo la respuesta.
El paciente va al quirófano para una laparotomía exploratoria.
No puedes quedarte de brazos cruzados mientras un paciente empeora solo porque la prueba no ha sido lo bastante clara.
Logan se ajusta las gafas, asiente una vez, apenas, y pasa a la cama siguiente como si acabara de decirle qué tiempo hace en lugar de responder a una pregunta que habría hecho tropezar a la mitad de los residentes de este programa.
Me quedo ahí de pie, con el pulso demasiado rápido, porque sigo sin saber si este hombre intenta hacerme más fuerte o hundirme.
Desde donde estoy, las dos cosas se viven exactamente igual.
Después de la ronda, encuentro a Priya en la sala de residentes. Ya tiene el bolso y la chaqueta, lo que significa que está pensando lo mismo que yo.
—¿Food truck? —dice.
—Por favor.
Compramos la comida en el camión aparcado delante del hospital, el de los tacos buenos que siempre tiene cola, y nos sentamos en un banco al otro lado de la calle porque necesito aire, y ella lo nota sin que tenga que decírselo.
—A ver. —Le da un bocado al taco como si esto fuera una conversación informal y no un interrogatorio—. ¿Qué pasa entre tú y el Dr. Maxwell?
—No pasa nada. Es que siempre me señala a mí.
—Sí, me he dado cuenta. Hoy te ha hecho cuatro preguntas. A Brennan, una. —Levanta un dedo—. Una. Y Brennan casi se echa a llorar.
—Entonces es duro con todo el mundo.
—Es duro con todo el mundo. Contigo es brutal. —Me mira de reojo—. ¿Le has hecho enfadar o algo?
Pienso en la facultad de Medicina. En cuatro años haciéndole enfadar todos los días. En las discusiones en las aulas y las sesiones de estudio que acababan a gritos, y en una ficha de estudio que le lancé a la cabeza y atrapó sin mirar.
—No —digo—. Apenas hablo con él.
Priya me estudia un segundo, masticando despacio, como si estuviera decidiendo si creerme. Después se encoge de hombros.
—Bueno, o te odia o ve potencial en ti. Con ese tipo no hay término medio.
—Sin duda es lo primero.
Se ríe, y yo casi hago lo mismo. Sentada aquí con Priya, comiendo tacos en un banco al sol y quejándonos de los adjuntos como si ese fuera el mayor problema del mundo, es fácil olvidar lo que ocurre durante la ronda.
Aquí fuera, con ella, solo soy otra residente en su descanso, y quiero quedarme un rato más en esa sensación antes de tener que volver dentro y enfrentarme a eso en lo que Logan Maxwell me está convirtiendo.
—¿Sabes lo que he oído? —Priya se inclina hacia mí como si estuviera a punto de compartir información clasificada—. Jameson le preguntó a una de las enfermeras si Maxwell había sonreído alguna vez. O sea, alguna vez en toda su vida.
—¿Y qué le dijo la enfermera?
—Que una vez lo vio a punto de sonreír. Durante una anastomosis impecable. Pero que no pudo confirmarlo porque llevaba mascarilla.
Aprieto los labios con fuerza porque no pienso reírme de eso. No pienso.
—Estás sonriendo —dice Priya, señalándome con el taco.
—No.
—Que sí. Al final resulta que eres humana.
Pongo los ojos en blanco y ella sonríe, y durante los quince minutos siguientes me dejo llevar por la sensación de ser una persona normal, con un trabajo normal y una amiga normal que no conoce ni la mitad de la historia.
Perdí a casi todos mis amigos cuando tuve que renunciar a mi vida, y hacer amigos nuevos todavía me parece una habilidad que olvidé que necesitaba.
Pero con Priya es fácil. No me mira como a un rompecabezas.
Simplemente me habla como a alguien que está aquí y ahora, y con eso basta.
De vuelta en la planta, hago la ronda de mis pacientes.
La señora Dart, en la 408, se está recuperando bien de la colecistectomía; está despejada y de buen humor, y pregunta cuándo podrá volver a comer sólidos.
Compruebo el débito del drenaje, reviso sus análisis y le digo que, si mañana por la mañana todo tiene buen aspecto, lo más probable es que se vaya a casa.
Me da las gracias tres veces. Le digo que con una basta.
Me las da una cuarta vez de todos modos.
Estoy actualizando su historia clínica en el control de enfermería cuando una voz me llama justo a mi lado.
—¿Dra. Portland?
Es Ramírez, una de las enfermeras de planta, y trae una cara que no acabo de descifrar. No es urgencia ni nada médico. Más bien parece que busca la forma diplomática de decirme algo.
—Es el Sr. Hale. No quiere hacer los ejercicios. Le ha dicho a la fisioterapeuta que, y cito textualmente, le estaba «haciendo perder el tiempo, a él y a ella». Rodríguez está a cinco minutos de poner una queja formal.
—Voy.
Walter Hale está sentado en su sillón, con los brazos cruzados, como un hombre que ha decidido que el mundo puede venir a él porque él ya ha dejado de ir a buscarlo.
—Sr. Hale. Me dicen que les está dando guerra a todos.
—No les doy guerra. Les doy sinceridad. Hay una diferencia.
—Su sinceridad ha hecho que a Rodríguez se le caiga el pelo.
—Rodríguez me habla como si tuviera cinco años. Tengo setenta y tres. Me he ganado el derecho a ser difícil.
Cojo una silla y me siento a su lado, porque a Walter la autoridad no le hace efecto. Le hace efecto la gente que se sienta y lo mira a los ojos.
—Desde luego que sí. Y también se ha ganado el derecho a salir de aquí por su propio pie, no en silla de ruedas. Así que ¿qué me dice?
Guarda silencio un momento y luego dice en voz baja:
—Me recuerdas a mi hija, ¿lo sabías? Ella tampoco me pasa ni una.
Me lo dice siempre. Dejé de corregirlo hace tres visitas.
—Una mujer lista —digo, igual que siempre.
—Una mujer testaruda.
Hace todos los ejercicios, despacio, con algún refunfuño y un comentario continuo sobre lo frío que está el suelo del hospital y sobre que el agarre del andador está «diseñado para alguien con manos de bebé».
Y cuando acabamos, y ya le he comprobado la amplitud de movimiento y anotado la mejoría en el historial, se recuesta en el sillón y me mira con una expresión más tierna de lo que admitiría jamás.
—Mañana a la misma hora, Portland. No me mandes a Rodríguez.
—Rodríguez es un profesional cualificado. Es su fisioterapeuta, Walter.
—Rodríguez me pone de los nervios. —Me despacha con un gesto de la mano—. Vete. Salva unas cuantas vidas o lo que sea que hagas cuando no estás de canguro conmigo.
Salgo de su habitación sonriendo y tardo un segundo en darme cuenta, porque sonreír ya no es algo que me salga en piloto automático.
Es algo que tengo que recordar, como un idioma extranjero que antes hablaba.
Pero con Walter es fácil. Es testarudo, borde e impaciente, y me recuerda a mi padre de un modo que duele.
El resto del turno transcurre sin incidentes hasta que, sobre las cuatro, nos llega un caso de trauma.
Accidente de tráfico, un solo vehículo; los bomberos han tenido que excarcelar al conductor.
Logan lleva el caso y la sala se llena de movimiento controlado: monitores pitando, enfermeras montando vías, el técnico de radiología colocando el portátil en posición.
Yo ayudo, con los guantes y la bata puestos, y durante unos minutos no existe nada más que el trabajo, el cuerpo que tenemos delante y el ritmo de un equipo que hace aquello para lo que se ha formado.
Las imágenes aparecen en la pantalla. Logan las mira un instante y luego me mira a mí.
—Portland. Lee la imagen.
Me acerco al monitor y la repaso rápido.
—Fracturas costales izquierdas, de la cuarta a la séptima. Neumotórax izquierdo, pequeño pero presente. Sin desplazamiento mediastínico evidente. Hay un hemotórax que se extiende por el ángulo costofrénico posterior izquierdo.
—Fracturas costales —dice con la mirada en el paciente, no en mí—. ¿Y el desplazamiento de la cuarta?
—Lateral.
—¿Estás segura?
Vuelvo a mirar la imagen y luego abro el corte coronal. El trazo de fractura es limpio y el fragmento está desplazado lateralmente. No anterior, ni posterior. Lateral. Ya la he leído dos veces y estoy segura.
—Sí.
—¿Estás segura? —vuelve a preguntar, esta vez más alto, y ahora hay un filo en su voz, un empujón.
Todas las miradas de la sala se vuelven hacia mí: la enfermera que sostiene el aspirador, el interno a los pies de la cama, el técnico de respiratorio.
Todos esperando a ver qué pasa cuando el jefe de cirugía traumatológica cuestiona a la misma residente a la que lleva toda una semana machacando a preguntas.
—Estoy segura. —Mi voz sale más alta de lo que pretendía y más firme de lo que esperaba—. He leído la imagen dos veces. El desplazamiento es lateral, no anterior, y, si abre el corte coronal, lo verá con claridad. No estoy adivinando.
Lo miro directamente a los ojos.
—Si no me cree, ábralo usted mismo.
Salvo los monitores y el suave siseo de la línea de oxígeno, la sala se queda tan en silencio que oigo mi propia respiración.
Al instante quiero retirar cada palabra.
Tragármelas. Pedir perdón. Al margen de nuestra historia, él es el jefe de cirugía traumatológica y yo una residente de tercer año que acaba de plantarle cara delante de todo su equipo.
Yo ya no hago estas cosas. No replico. No levanto la voz.
No me mantengo firme en una sala llena de gente que está por encima de mí, porque aprendí por las malas lo que pasa cuando te enfrentas a alguien que tiene poder sobre ti.
Me tiemblan las manos a los costados y ya estoy redactando la disculpa en la cabeza, preparándome para la corrección, el rechazo frío, la reprimenda pública que le deje claro a todo el mundo cuál es mi lugar.
Pero me mira, me sostiene la mirada y asiente.
—Bien. Fíate de tus lecturas. —Se vuelve hacia el paciente—. Que alguien me traiga una bandeja de tubo torácico.
La sala vuelve a ponerse en marcha. Yo me quedo ahí, con las manos temblando, pero no es miedo.
Es algo que no sentía desde hacía tanto tiempo que apenas lo reconozco.
Porque durante unos cinco segundos no fui la mujer que iba con la cabeza baja, la voz baja y las opiniones dobladas hasta caber en un bolsillo.
Fui la mujer que sabía que tenía razón y lo dijo en voz alta delante de una sala llena de gente.
Y Logan Maxwell me miró como si fuera exactamente lo que llevaba esperando.
Vuelvo al trabajo. Estabilizamos al paciente. El tubo torácico entra limpio, el hemotórax drena y el pulmón se reexpande en la radiografía de control.
El equipo se va marchando por turnos. Yo me quedo a terminar de documentar el caso, escribiendo hasta que dejan de temblarme las manos y apretando el bolígrafo más de lo necesario, porque la presión ayuda.
No sé qué pretende Maxwell. No sé por qué me aprieta más que a nadie, por qué me elige a mí cada mañana y me hace preguntas que no le hace a nadie más. No sé por qué ha hecho lo que ha hecho antes.
Pero sé que hoy he salido de esa sala de trauma más despierta de lo que me he sentido en meses. Y ha sentado bien. Peligrosa, aterradoramente bien.
Y por eso tengo miedo. La última vez que la atención de un hombre me hizo sentir así, como si importara, como si valiera la pena mirarme, me lo creí. Y me costó todo.
Así que termino las notas, dejo el bolígrafo, me quito los guantes y los tiro a la basura. Y aun así, mientras salgo del hospital, mientras el corazón me martillea con el miedo de siempre, sigo notándolo: ese fuego en el pecho de cuando le planté cara.
Sé por qué lo ha hecho. La mujer que enterré hace mucho tiempo, la que discutía, la que peleaba, la que nunca se achicaba ante nadie, sigue ahí dentro. Me pasé años enterrándola porque ser ella no era seguro.
Y Logan Maxwell está intentando desenterrarla.