LOGAN
El día de la graduación de Medicina
Estamos fuera del auditorio, ella lleva la birreta torcida porque la cogió mal al caer después de lanzarla y discute conmigo por algo, que es a lo que dedicamos más o menos el noventa por ciento del tiempo que pasamos juntos. No recuerdo quién empezó. Probablemente ella.
Habla de su plan a cinco años y de su plan a diez años, y de que va a dirigir un departamento antes de cumplir los cuarenta.
Yo estoy apoyado en la pared, mirando cómo habla con las manos, igual que siempre que se enciende.
Gestos amplios. El dedo apuntando. Usa todo el cuerpo para defender su argumento, como si las palabras solas no bastaran para contener lo que siente.
Llevo cuatro años viéndola hacerlo y todavía no me he cansado.
—Buen plan —digo—. Solo que yo llegaré a jefe de departamento antes.
Me separo de la pared y cruzo los brazos. Ella me imita al instante. Siempre hace eso: me copia. No creo que se dé cuenta.
—Olvidas que la que sabe dirigir a la gente de verdad soy yo, Maxwell.
—Empieza a enumerar cosas con los dedos, cada una como una prueba presentada ante un tribunal—.
Presidenta de la Sociedad Quirúrgica de Estudiantes durante dos años.
Organicé los laboratorios de prácticas, fui mentora de los de primero y coordiné el calendario de la clínica gratuita todos los semestres.
Tú lo único que has hecho es aparecer, sacar la mejor nota e irte.
Ser jefe de un departamento no va solo de ser el mejor.
Es una responsabilidad. Es cuidar de tu equipo.
—Alza la barbilla—. Algo que a ti te falta por completo.
Lo dice como un desafío. Y no se equivoca.
Nunca me importó nada de eso; me bastaba con ser el mejor estudiante.
Siempre fue suficiente. Pero Kristen Portland tiene el don de hacer que me importen cosas que nunca pensé que me importarían, y ahora mismo está ahí, con la barbilla alzada y la birreta ladeada, y yo estoy pensando de verdad en lo que significa dirigir a la gente en lugar de limitarme a superarlos.
Le encantaría saberlo. No pienso decírselo.
—Me subestimas, Portland. —Se me resbalan las gafas y me las ajusto—. Ya sabes que, cuando me propongo algo, lo consigo.
—¡Ja! Esa soy yo, no tú. —Me clava un dedo en el pecho—. Y además no es justo. No puedes hacerte jefe de cirugía solo porque sea mi objetivo.
—No veo qué tiene de injusto. Lo pintas muy apetecible. Y, además, jefe de cirugía es el puesto más alto. —Me encojo de hombros—. Y a mí siempre me ha gustado estar arriba.
Entrecierra los ojos. Ese rubor de irritación le sube por el cuello y tiene los labios apretados.
Voy a echar de menos esta cara. Pase lo que pase después de la facultad, sea como sea la residencia, voy a echar de menos la cara exacta que pone Kristen Portland cuando he conseguido sacarla de quicio y está decidiendo si discutir o tirarme algo.
—Bueno, da igual —dice, cruzando los brazos con más fuerza—. Porque está claro que llegaré yo primero. No tú.
—¿Quieres apostar?
—Lo dices en broma.
—¿Tienes miedo?
Vuelve a alzar la barbilla. Ahí está.
—Ni de coña. —Echa los hombros hacia atrás—. Vale. Si gano yo, tendrás que anunciarle al mundo entero que soy la mejor y que siempre he sido mejor que tú. —Hace una pausa y añade—: Y un coche.
Casi me río. Tengo que apretar los labios para contenerme, porque acaba de engancharle un coche a una declaración de superioridad intelectual como un niño que añade el postre a la carta a los Reyes, y es tan suyo que me recorre un calor extraño.
—¿Sabes qué? Te compraré un coche como premio de consolación cuando gane yo.
—No seas condescendiente, Maxwell. Ese coche lo voy a ganar a pulso.
Se me escapa la risa. No puedo evitarlo.
—Vale. Vale. —Hago una pausa y doy un paso adelante.
Lo justo para tener que inclinarme un poco para mirarla a los ojos.
Ella no retrocede, pero percibo el cambio, ese leve endurecimiento de los hombros al darse cuenta de lo cerca que estoy—.
Pero si gano yo, si llego antes a jefe de cirugía...
—Le sostengo la mirada—. Tendrás que casarte conmigo, Portland.
Abre mucho los ojos. Da un paso atrás y le sube a las mejillas un rubor que no estaba ahí hace diez segundos.
—¿Qué? —Parpadea—. ¿Lo dices en broma? ¿Por qué demonios iba a querer yo eso? —Vuelve a cruzar los brazos—. No me digas que te gusto.
Me encojo de hombros.
—Puede que sí. O puede que solo quiera fastidiarte el resto de tu vida. Las dos cosas me parecen igual de gratificantes.
Si tuviera que pintarla ahora mismo, le pintaría vapor salieéndole de las orejas. ¿Cuánto puede llegar a enrojecer una persona?
—¿Pasa algo? —Inclino la cabeza—. ¿Ya no te sientes tan segura, de repente?
—Segurísima. Lo que pasa es que estás como una cabra.
Pero no ha dicho que no. Está alterada y molesta, y tiene los brazos tan apretados contra el cuerpo que va a cortarse la circulación, pero no ha dicho que no.
—Te das cuenta de que para eso faltan años. Podrías olvidarlo. O podríamos estar los dos con alguien.
Suspiro. Siempre tan lógica.
—De verdad que a veces no tienes ninguna gracia.
—Me ajusto las gafas, fingiendo que me lo pienso—.
Vale. Enmienda. Si para entonces los dos estamos solteros, te casas conmigo.
Y no, no se me va a olvidar, porque vamos a seguir en contacto.
Obviamente. —La miro—. ¿Ante quién voy a presumir de mis logros?
¿A quién le voy a contar que ya soy el jefe y que tú todavía vas detrás?
Debería mandarme al infierno. En vez de eso, sonríe, despacio.
—Vale —dice—. Trato hecho.
—Trato hecho. —Le tiendo la mano. Ella la acepta y nos damos un único apretón—. En realidad, no. Un apretón de manos es aburrido.
Entrecierra los ojos.
—¿Cómo que aburrido? Un apretón de manos es perfectamente—
La atraigo hacia mí y la beso.
Es rápido. Mi mano libre le descansa en la espalda y su cuerpo se tensa de sorpresa durante un segundo, más o menos, antes de ablandarse, solo un poco. Entonces me aparto.
Tiene la boca abierta, pero no le sale nada.
El calor le trepa agresivamente por el cuello y se le extiende por las mejillas, y parpadea demasiado deprisa.
Por primera vez en los cuatro años que llevo conociendo a Kristen Portland, no tiene absolutamente nada que decir.
No está enfadada. Si lo estuviera, ya estaría sangrando.
Está azorada. Y quizá, con suerte, le haya gustado.
—¿Te has vuelto loco, pervertido? ¡¿A qué demonios ha venido eso?!
—Para sellar la apuesta. —Doy un paso atrás—. Un apretón de manos me parecía poca cosa. Un pacto de sangre, excesivo. Esto me parecía el término medio.
Abre la boca, la cierra y vuelve a abrirla.
—Yo… vale. —Se aclara la garganta, se recoloca el birrete y vuelve a aclararse la garganta, con las mejillas aún encendidas—. Entonces queda sellada.
—Bien.
—Bien.
Se da la vuelta y se aleja demasiado deprisa, así que la observo marcharse con las manos en los bolsillos y una sonrisa de idiota en la cara, porque a Kristen Portland se le acaban de cruzar los cables, y he sido yo quien lo ha provocado.
Resulta que una persona sí puede ponerse roja como un tomate.
Lo primero que pensé al ver el nombre de Kristen Portland en la lista de residentes fue que alguien me estaba gastando una broma.
Estaba en mi despacho, sin las gafas, apretándome el puente de la nariz porque llevaba desde las cinco leyendo historiales y tenía los ojos destrozados.
La lista había llegado aquella mañana. Nueva rotación, una nueva tanda de residentes, nombres que memorizaría antes de que acabara la semana y olvidaría antes de que terminara el año.
Lo de siempre. Hasta que llegué a las P y me topé con un nombre que creía que no volvería a ver jamás.
Después de graduarnos, seguimos en contacto. Nos escribíamos para contarnos en qué hospitales nos habían asignado, comparábamos apuntes y poníamos a parir a los que no habíamos elegido. Acabamos en el mismo programa. Cómo no. Aquella noche me mandó un mensaje.
Kristen
Genial, cuatro años más de tu cara
Yo
Te encanta mi cara.
Respondió con un emoji de dedo corazón, y me quedé mirándolo más tiempo del que ninguna persona razonable miraría un emoji de dedo corazón.
Pero cuando empezó la residencia, no apareció.
El primer día busqué su nombre en la hoja de registro.
No estaba. Supuse que sería un retraso: papeleo, algún trámite administrativo.
Le escribí y no obtuve respuesta. La llamé al día siguiente y saltó el buzón de voz.
Llamé una semana después y el número ya no daba línea.
Lo intenté durante un tiempo. Más tiempo del que admitiría ante nadie.
Incluso la busqué por internet, cosa de desesperados, pero no había nada.
Ni redes sociales, ni publicaciones, ni una dirección de contacto a través de la facultad.
Kristen Portland había desaparecido sin dejar rastro, como si alguien la hubiera borrado, y llega un momento en que tienes que aceptar que, cuando una persona quiere que la encuentren, lo hace posible.
Y ella lo había hecho imposible.
Hice la residencia sin ella. Estuvo bien.
Todo el mundo era competente y predecible.
Nadie discutía conmigo durante las rondas ni me obligaba a defender respuestas que yo consideraba obvias.
Nadie me lanzaba cosas a la cabeza cuando tenía razón.
Nadie me miraba durante una simulación y me decía «eso está mal, y puedo demostrarlo» con todo el cuerpo antes siquiera de abrir la boca.
Estuvo bien, pero había un silencio al que nunca llegué a acostumbrarme.