KRISTEN
Tercer año de Medicina.
La sala de estudio de anatomía está en silencio.
Es esa hora particular de la noche en la que el edificio parece recogerse sobre sí mismo y el carro de la limpieza traquetea a lo lejos, dos plantas más abajo.
Casi todos los estudiantes se han ido ya a casa.
Pero yo no soy como los demás y, después de esta noche, voy a destrozar a Logan Maxwell.
Los dos nos estamos preparando para la evaluación de honores de la rotación de cirugía, que solo uno de nosotros puede ganar, y llevo aquí desde las seis, directa de clase, sin un descanso, mientras él ha entrado a las ocho con pinta de haber tenido tiempo de pasar por casa, ducharse, quizá cenar con los amigos, y al que encima aún le dará para dormir de un tirón antes de mañana.
Ni una arruga en la ropa, ni una pizca de estrés.
Solo irritantemente guapo y absolutamente imperturbable.
Capto el pensamiento y me corrijo. No es guapo. Eso implicaría que he pensado en ello, y no lo he hecho. Simplemente es objetivamente atractivo, igual que las personas altas son altas. Es un hecho.
En fin, eso es lo que pasa con Logan. Todo le sale como si fuera fácil, y nunca deja ver el trabajo que hay detrás, lo que me da aún más ganas de ganarle.
Ahora está al otro lado de la mesa, medio sepultado bajo un libro de texto, con las gafas resbalándole por el puente de la nariz.
Se las vuelve a colocar sin mirar, con ese pequeño gesto ausente que hace cien veces al día, y seguramente no debería fijarme en eso, pero lo hago, y eso también me irrita.
—¿Seguro que quieres desafiarme, Maxwell? —Paso las fichas sin levantar la vista—. Ya sabes lo competitiva que me pongo. Si hay algo que odio, son los guisantes y perder.
—Eso son dos cosas.
—Están empatadas en el primer puesto.
Sonríe. Odio esa sonrisa. Es pequeña, apenas se insinúa, y hace que las chicas de nuestro curso pierdan el hilo a mitad de una frase. Patético. Conmigo no funciona. En absoluto. Paso otra ficha.
Voy a destrozar a este ser humano que raciona sus expresiones como si costaran dinero.
Un asentimiento aquí, una ceja levantada allá.
Mientras tanto, yo estoy aquí con cada pensamiento escrito en la cara, algo que a él le encanta señalar porque provoca una reacción, y conseguir que yo reaccione es, al parecer, su pasatiempo favorito.
Más que estudiar y más que las seis tazas de café solo que se bebe todos los días «por diversión» y no porque necesite la cafeína.
Nos examinamos el uno al otro durante la hora siguiente, y es brutal.
Él me lanza preguntas, yo se las devuelvo, y cada vez que uno de los dos se equivoca, el otro se abalanza sobre el error como un tiburón sobre la sangre.
Es bueno, irritantemente bueno, pero yo también lo soy, y él lo sabe, porque a mitad de la sesión deja de apoyarse en el respaldo y se inclina hacia delante, con los codos sobre la mesa, las gafas bien colocadas y completamente concentrado.
Así sé que lo estoy apretando. Logan Maxwell no se endereza por cualquiera.
—Ramas de la carótida externa —dice.
Pongo los ojos en blanco y recito las ocho sin pestañear.
—Demasiado fácil. Dame algo más difícil.
—Las dos últimas las has dicho en el orden equivocado.
—No es verdad.
—Que sí.
—Maxwell, te lo juro por Dios—
—Mira el libro. —Lo desliza por la mesa y sus dedos rozan los míos y, durante un segundo de más, ninguno de los dos retira la mano. Cojo el libro, busco la página y, obviamente, tengo razón, así que se lo devuelvo de un empujón con una mirada que dice todo lo que mi boca se calla.
Lo lee, se ajusta las gafas y asiente una vez.
—Vale. Has tenido suerte.
—¿Suerte? —Me inclino sobre el caos de apuntes que hay entre los dos—. Soy mejor que tú y te duele físicamente admitirlo.
—Sigue diciéndotelo, Portland. Te dejaré ganar las pequeñas batallas.
Le lanzo una ficha a la cabeza y la atrapa sin mirar. Vuelve a sonreír con esa misma sonrisa estúpida e irritante, y lo odio un poco menos.
Da igual.
Eso fue hace diez años. Aquella chica era otra persona.
El recuerdo se desvanece como siempre, rápido en los bordes y despacio en el centro, y vuelvo al presente: estoy en el pasillo de un hospital donde ese mismo hombre es ahora mi adjunto. Donde llevo dos días asegurándome de que no me mire nunca de frente.
No es difícil. Durante la visita me quedo al final del grupo y levanto la tableta como si estuviera revisando historias clínicas.
La mantengo inclinada justo lo suficiente para taparme la cara, lo cual es patético y lo sé, pero funciona.
No me ha dirigido la palabra desde la activación de trauma en la que le pasé los instrumentos, seguí su ritmo y me quedé completamente paralizada cuando se bajó la mascarilla.
Llevo dos días así. Dos días escurriéndome detrás de residentes más altos, metiéndome en los cuartos de suministros cuando oigo su voz rebotar en las baldosas del pasillo y cronometrando mis escapadas a por café para no cruzarme con las rutas que hace entre el quirófano y su despacho.
Ayer lo oí venir por la esquina del control de enfermería y me desvié por el cuarto de sucio.
Me quedé entre un contenedor de riesgo biológico y un estante de ropa de cama sucia durante cuatro minutos, mirando al techo y oyendo sus pasos al pasar.
Entró una enfermera, me vio y abrió la boca para preguntar, y yo dije, sin mover un músculo:
—Comprobación de inventario.
Y me largué antes de que pudiera preguntar nada más.
Me he aprendido su horario más deprisa que cualquier material de rotación que haya estudiado nunca, y la ironía no se me escapa. Me pasé cuatro años intentando superar académicamente a este hombre; ahora uso esa misma concentración para no coincidir con él en el mismo pasillo.
Doy respuestas breves cuando los demás adjuntos preguntan. Me mantengo competente, pero callada. Hago mi trabajo, ayudo a mis pacientes, redacto mis notas a tiempo y trato al jefe de cirugía de trauma como si fuera un frente meteorológico que tengo que esquivar.
Porque, si Logan me reconoce, tendrá preguntas. Ya las veo venir, tan claras como un diagnóstico diferencial. ¿Dónde has estado? ¿Por qué hay un hueco tan grande en tu currículum? ¿Por qué eres PGY-3 con treinta y cinco años si te graduaste el mismo año que yo? ¿Qué te pasó, Portland?
Y las respuestas a esas preguntas conducen a habitaciones que tengo tapiadas.
Mi método funciona hasta el tercer día.
Hoy la visita la dirige él. El grupo lo seguimos de cama en cama, y la energía es distinta cuando va él delante.
Los otros adjuntos preguntan para enseñar; él pregunta para poner a prueba.
Con él, los residentes se yerguen un poco más y se quedan un poco más quietos, preparados para lo que sea que les lance.
Se detiene junto a una cama y pregunta cómo se trata una laceración esplénica.
Grado tres, estable hemodinámicamente. La pregunta queda suspendida en el aire mientras los demás residentes rebuscan en sus apuntes mentales.
Yo ya tengo la respuesta. La tengo desde antes de que terminara la frase.
Está ahí, entera, de principio a fin, y hace diez años la habría soltado antes de que nadie más llegara a abrir la boca.
Me quedo detrás de la tableta.
Espera y luego me mira directamente. Se me corta la respiración.
—Tú. La del fondo. Detrás de la tableta. ¿Cuál es la respuesta?
Se me hunde el estómago.
Bajo la tableta unos centímetros y respondo en voz baja, apenas más alto que el pitido del monitor junto a la cama. Si mantengo la cabeza gacha y respondo lo bastante rápido, quizá le baste la respuesta y siga adelante.
—No te oigo.
Su voz no es áspera, pero sí cortante. Llena el pasillo igual que llena un quirófano, como si no tuviera que esforzarse.
—Baja la tableta.
La bajo y agacho la barbilla, porque todavía no puedo mirarlo de frente. Repito la respuesta, esta vez más alto.
—Tratamiento no quirúrgico con exploraciones abdominales seriadas, control de hemoglobina cada seis horas y una cama en la UCI para observación. Angio-TC si hay algún realce de contraste que sugiera extravasación activa.
El silencio pesa el tiempo justo para que sienta cómo todas las miradas del grupo se vuelven hacia mí.
—Correcto.
Hace una pausa y añade, más bajo, aunque lo bastante alto para que lo oiga todo el grupo:
—La próxima vez, responde como si te lo creyeras. No le haces ningún favor a nadie escondiéndote ahí detrás.
Sigue hacia la cama siguiente, los demás residentes avanzan y yo me quedo clavada en el sitio un segundo de más, hasta que las piernas recuerdan cómo funcionar y me devuelven al final del grupo, con la tableta ahora a un lado porque ya qué más da.
Creo que no me ha reconocido. Me ha llamado tú, no Portland. Pero me ha mirado, y que Logan Maxwell te mire es como plantarse delante de un escáner. Y aunque hoy no me haya visto del todo, ha captado lo suficiente para mirar con más atención la próxima vez.
Después de la ronda, intento quitármelo de la cabeza. Relleno historiales en el control de enfermería y mantengo la letra firme mientras el pulso se toma su tiempo en calmarse. Voy a ver a Walter, que me echa un vistazo y entrecierra los ojos.
—Tienes pinta de haberte tragado algo que te ha sentado mal —dice desde la cama, con los brazos cruzados como un hombre que no tiene adónde ir y dispone de todo el día para estudiar a quienes sí tienen cosas que hacer—.
Y no ha sido la comida de la cafetería, porque ni siquiera tú eres tan valiente.
—Buenos días para ti también, Walter.
—No me vengas con «buenos días». ¿Qué te pasa?
—No me pasa nada. ¿Qué tal la cadera hoy?
—La cadera está bien. Estás escurriendo el bulto.
—Soy tu médica. Tengo derecho a reconducir la conversación hacia tu salud.
—Y yo tengo setenta y tres años. Tengo derecho a ignorarte. —Me observa mientras le reviso la incisión y, a su pesar, se le suaviza la expresión—. Mi hija hace lo mismo, ¿sabes? Entra hecha un manojo de nervios por algo y luego finge que está bien hasta que se lo saco.
—Puede que simplemente tenga un padre muy cabezota.
—De eso no hay duda.
Termino la revisión y lo anoto en su historial. Se queda callado un minuto antes de decir:
—Eres una buena médica, Kristen. Lo que sea que te tenga con esa cara, no dejes que te coma por dentro.
Le sonrío porque no sé qué otra cosa hacer.
—No lo haré. ¿Mañana a la misma hora para el paseo?
—Como si tuviera elección.
Aguanto el resto del turno con la cabeza gacha y el ritmo alto, pero se me queda dentro: una corriente sorda que recorre todo lo que hago.
Me ha puesto en evidencia. Me ha mirado y, aunque no haya asociado la cara con el nombre, se ha fijado en mí, y para alguien que lleva los últimos años perfeccionando el arte de pasar inadvertida, eso basta para que el suelo parezca menos firme bajo mis pies.
No paro de pillarme recolocando la tarjeta identificativa para que el apellido quede hacia dentro.
¿Y si ya lo sabe? ¿Y si vio mi nombre en la lista el primer día y simplemente no le importa?
Han pasado casi diez años. La gente olvida.
Quizá yo solo fui cuatro años de su vida que no dejaron huella, y aquí estoy, escondiéndome en cuartos de suministros por alguien que ni siquiera recordaría en qué lado de la mesa de la biblioteca me sentaba.
Eso es casi peor. Sacudo la cabeza.
Para, Kristen. Eres una mujer adulta rayándose por un hombre al que antes le lanzabas fichas de estudio. Contrólate.
Mi descanso llega alrededor de las dos y voy camino de la cafetería cuando lo veo al fondo del pasillo, quizá a doce metros, caminando hacia mí.
La bata blanca le ondea, lleva un café en una mano y con la otra lee algo en el móvil; las gafas le reflejan la luz del techo. Todavía no ha levantado la vista.
Mi cuerpo decide antes que mi cerebro. Giro sobre los talones, bajo la mirada y echo a andar en dirección contraria, como si acabara de acordarme de algo urgentísimo en el extremo opuesto del edificio. Tranquila… normal. Solo una residente ocupada que tiene que estar en otro sitio.
Tres pasos, luego cuatro. Ya casi estoy en la esquina, el pulso apenas empieza a calmarse y mi cerebro ya está calculando qué escalera me llevará a la cafetería de la planta de abajo cuando llega su voz.
—Tú. Para.
Me detengo. Así, sin más. Ni siquiera ha dicho mi nombre y mi cuerpo le obedece: los pies clavados en el suelo, la espalda recta, como si su voz tuviera algún tipo de poder sobre mí que esquiva cualquier pensamiento racional de mi cabeza.
Dos palabras y me quedo congelada en mitad del pasillo de un hospital, como una residente de primer año a la que han pillado corriendo por los pasillos.
No me doy la vuelta. La planta zumba a mi alrededor; suenan los timbres de llamada y los monitores, y las suelas de alguien chirrían en el piso de arriba, pero nada de eso me da ganas de echar a correr. Sus pasos, constantes, tranquilos y cada vez más cerca, sí.
Se detiene justo detrás de mí, lo bastante cerca para que me llegue el olor de su café y algo limpio, su jabón quizá. Miro fijamente la pared del fondo como si fuera lo más interesante que he visto en mi vida. «Vaya, ¿qué es esa mancha? Parece una obra de arte»—
—A mi despacho. Ahora.
No espera respuesta. Pasa junto a mí y alcanzo a verle el perfil medio segundo: la mandíbula tensa, el destello de la luz en las gafas, ni una sola mirada hacia mí.
Luego me adelanta y avanza por el pasillo como si esta conversación ya estuviera terminada y lo único que faltara fuera que yo lo siguiese.
Me quedo allí plantada. Las piernas no me responden.
Listas, ellas. Lo sabe. Tiene que saberlo.
Ha visto mi nombre en la lista de residentes, o ha reconocido mi voz durante la ronda, o lo ha atado todo en cuanto he contestado a la pregunta de la laceración esplénica con la misma precisión que él me inculcó a fuerza de repetirla hace casi diez años.
Y ahora va camino de su despacho y yo, por lo visto, tengo que entrar detrás de él y…
¿qué? ¿Dar explicaciones? ¿Explicar los últimos años?
¿Explicar por qué la chica que le sacaba mejores notas que él se esconde detrás de una tableta y susurra las respuestas?
Cada nervio de mi cuerpo me dice que eche a correr. Dar media vuelta, bajar por las escaleras, llamar mañana para decir que estoy enferma, cambiar de rotación y no volver a coincidir nunca más en la misma sala que Logan Maxwell.
Pero no puedo. Es mi adjunto, este es mi servicio y acaba de darme una orden directa en medio de un pasillo del hospital. Si no la cumplo, el problema será de otro tipo: uno que acaba en un expediente en lugar de quedarse a vivir en mi pecho.
Echo un vistazo al pasillo que lleva a la cafetería, suspiro y lo sigo. Un pie, luego el otro, preparándome para lo peor.