Obedece (Historias Eróticas Hot 13) 9
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Thomas empujaba detrás de ella con movimientos lentos y profundos, el miembro duro llenándole el esfínter, mientras sus manos le apretaban las caderas, guiándola, sosteniéndola.

Paige se estremecía con cada movimiento, con cada embestida, con cada respiración, y su cuerpo respondía a cada gemido que escapaba de sus labios.

Era como si se hubiera convertido en un puente entre los dos hombres, un lugar donde el deseo se mezclaba con el poder, donde la sumisión se transformaba en un acto de liberación. El placer comenzó a hincharse dentro de ella como una ola que avanza cada vez más alta.

—Sí... así... —murmuró, con voz quebrada por el clímax inminente—. No paréis...

Alex hundió los dedos en los firmes glúteos de la mujer y aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron más profundas, violentas, cada vez más rápidas.

Detrás de ella, Thomas lo secundó, alternando sus embestidas con las de Alex; los dos hombres se movían en una armonía perfecta, como si fueran una única entidad.

Paige tuvo la sensación de que su cuerpo se derretía, completamente abandonado a la experiencia, sin más barreras que pusieran límites.

—Córrete —le ordenó Alex, con voz como un gruñido—. Córrete con nosotros.

Y Paige se dejó llevar por completo.

El orgasmo fue devastador.

Una explosión de placer brotó desde lo profundo de su vientre y se extendió por cada fibra de su cuerpo, haciéndola vibrar atravesada por mil descargas eléctricas.

—¡Dios mío! ¡Sí! —Gritó, sellando esa unión entre el dolor y el placer, que tanto le estaba regalando, con una gratificante sensación de liberación y rendición.

Ante ese grito, los dos hombres se apretaron aún más contra ella y, con sonidos animalescos, se corrieron dentro de sus entrañas, en su sexo, derramando con cálidos chorros su orgasmo en su cuerpo.

El mundo a su alrededor desapareció. Ya no existían el Hotel Imperial Grand, ni Chicago, ni las deudas, ni la desesperación.

Solo existían el placer, el abandono, la sensación de estar completamente poseída y al mismo tiempo completamente libre.

Luego, poco a poco, la tormenta comenzó a calmarse, dejando paso a un vacío idílico.

Paige sintió a los dos hombres que se retiraban de ella, sus cuerpos que se apartaban, dejándola sola frente a la ventana, las manos que se apoyaban de nuevo en ella en busca de sostén.

Se derrumbó de rodillas, con el cuerpo temblando, la respiración que no lograba calmarse. Lágrimas embriagadas comenzaron a caer, silenciosas, mezclándose con el sudor que le surcaba el rostro, sellando una emoción que nunca había sentido antes.

Thomas se arrodilló a su lado, la levantó con sus manazas fuertes, y la apretó contra su robusto torso. Ella se abandonó al calor de su cuerpo, a la fuerza de sus brazos, apoyando la cabeza contra su pecho.

—Todo está bien —le murmuró el hombre, acariciándole la nuca—. Has sido buena, has hecho un excelente trabajo.

Alex se acercó y se inclinó sobre ella, le rozó la mejilla con los nudillos.

—Has sido magnífica —dijo, con voz cálida—. De verdad.

Paige levantó la mirada hacia él, los ojos aún llenos de lágrimas, la boca entreabierta y jadeante. Estaba confundida, todo lo que sabía era que la experiencia que acababa de vivir la había cambiado, transformado, de maneras que aún no lograba comprender.

—Ahora —dijo Alex, tomándole la mano—, es momento de descansar. La noche ha sido larga.

Paige acogió su invitación, lo siguió, sintiendo las piernas inseguras bajo su peso.

El hombre la guio hacia la cama, haciéndola tumbarse sobre las sábanas de raso, agradablemente frescas y limpias, y se tumbó a su lado, su cuerpo elegante envolviéndola como un abrazo. Thomas se tumbó al otro lado, macizo, protector.

Durante un largo momento, permanecieron así, en silencio, apretados, las respiraciones que se mezclaban.

El corazón de Paige comenzó por fin a ralentizarse, el cuerpo a relajarse, la mente a aquietarse.

Por primera vez en meses, no pensaba en las deudas, en el despido, en la desesperación. Ya no pensaba en nada. En ese momento, solo existían el silencio después del clímax y el calor de los dos hombres a su lado.

Y por primera vez, Paige ya no se sentía vacía.