Obedece (Historias Eróticas Hot 13) 8
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El silencio después del orgasmo duró unos segundos, un intervalo de respiraciones agitadas y corazones que se ralentizaban, pero Paige sabía que no había terminado.

Alex había sido claro, esa sonrisa calculadora suya no prometía tregua: se levantó de la cama y caminó hacia la ventana, pasándose las manos entre el pelo oscuro, el cuerpo desnudo grabado en la luz tenue que se filtraba a través de las cortinas de seda.

Paige lo observó, notando la perfección de sus formas, la seguridad en sus movimientos, el aire de quien sabe tener todo el control.

—Paige —pronunció sin volverse—. Ven.

Ella dudó, aún entumecida por el éxtasis, su mente confusa por lo que acababa de suceder, pero Thomas la animó con una ligera presión en la espalda, guiándola hacia el borde de la cama.

—Ve —le sugirió—. No le hagas esperar.

Ella se levantó despacio y caminó, sintiendo el calor de la mirada de Thomas que la seguía como una caricia.

Alex se giró cuando estuvo lo bastante cerca, sus ojos verdes la examinaron con esa misma intensidad que la había hecho sentir desnuda desde el primer momento.

Levantó una mano y le acarició el rostro, los dedos trazaron el contorno de sus labios, de su mandíbula, de su cuello.

—Eres hermosa —murmuró, con voz baja y ronca—. Perfecta. No tienes idea de cuánto te hemos deseado.

Paige sintió sus palabras golpearla por dentro como un arma de doble filo. Por un lado, la halagaban, la hacían sentirse deseada, poderosa. Por otro, le recordaban que estaba allí solo porque no tenía elección, porque ellos tenían el poder de destruirla.

—Ahora —continuó Alex, con su mano descendiendo por su cuerpo hasta sus caderas—, quiero que te apoyes aquí, con las manos en el cristal.

Señaló con la mano derecha el gran ventanal que se asomaba a la ciudad.

Paige miró la ciudad de Chicago que se extendía a lo lejos como una alfombra de luces y sombras.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda ante la idea de estar tan expuesta, tan visible, pero ahí fuera nadie podría verla, el Hotel Imperial Grand era demasiado alto, los cristales demasiado reflectantes.

Y sin embargo, la sensación de ser observada, de estar desnuda y en exhibición, añadía algo a la situación, una emoción que no lograba definir.

Se acercó al cristal y apoyó las manos en él. El contacto con el material brillante y frío la hizo estremecerse, los brazos se cubrieron al instante de piel de gallina.

Detrás de ella, sintió a Alex que se acercaba, el calor de su cuerpo que la envolvía, turbador.

—Thomas —llamó, con voz vibrante de autoridad.

Paige percibió al otro que bajaba de la cama y se acercaba; sus manos grandes se posaron en sus caderas, descendiendo por sus muslos. Su roce era cálido, seguro, ella se dejó guiar, inclinada hacia adelante, mientras sus manos la exploraban.

—Relájate —murmuró Thomas—. Confía en mí.

Sus dedos encontraron su humedad, acariciando su cuerpo con una lentitud que la estaba volviendo loca.

Paige gimió, sintiendo que el placer comenzaba a crecer de nuevo dentro de ella, a pesar de todo, a pesar del miedo que aún rondaba en su mente.

—Así —murmuró el hombre, con los dedos preparándola con movimientos lentos y circulares—. Estás tan lista. Tan caliente.

Paige sintió una presión diferente, más intensa, cuando el índice y el corazón de él se desplazaron más abajo, explorando un territorio para ella nuevo, desconocido.

Los dedos expertos llegaron a su rosquete y comenzaron a jugar con el tierno anillo, bien cerrado y a la defensiva.

Su cuerpo se tensó, presa de un temor que se mezclaba con el placer.

—No tengas miedo —susurró Thomas, acercándose a su oído—. Te hará sentir bien, te lo prometo.

Sus dedos prosiguieron su labor, sabios, embriagadores, y con delicadeza se introdujeron en su intimidad más oculta para prepararla, dilatándola sin reparo.

—Mmh... —Un gemido involuntario se le escapó de los labios cuando un segundo dedo se insinuó en su rosquete.

—¿Ves? —Thomas comenzó a girar los dedos en sus carnes, dejando que se acostumbrara a esa presencia invasora—. Es mucho mejor si te dejas llevar.

—Pero yo, ahí...

Paige sabía que no podía oponerse, pero era precisamente el conflicto entre el pudor y el deber lo que la estaba empujando a ir más allá.

Alex le levantó ambos brazos del cristal y se colocó frente a ella, su cuerpo cerniéndose sobre el de ella y oscureciéndole la vista de la ciudad; sus ojos verdes la miraron con intensidad.

—Mírame —ordenó—. No apartes nunca la mirada.

La levantó agarrándole los glúteos y se la puso a horcajadas; el miembro erecto se introdujo sin esfuerzo en su sexo, empapado de placer.

—Quiero mirarte mientras lo hacemos, y quiero que tú me mires a mí.

La penetró en profundidad, llenándola con su cálida dureza, y al mismo tiempo, Thomas presionó el miembro detrás de ella, contra su rosquete, empujando apenas para prepararla para lo que estaba por suceder.

—Ahora —ordenó Alex, con voz vibrante de excitación—. Juntos.

Thomas empujó las caderas hacia adelante, su falo duro traspasó el umbral inviolado de la mujer.

—¡Uh! —Para Paige fue como si se rompiera un dique, ese límite que siempre le había impedido ir más allá; un escalofrío le recorrió la espalda de abajo arriba hasta el cuello, con una intensidad que nunca había experimentado.

—Eso es, ahora relájate. —Él se adentró entre las carnes apretadas, haciendo entrar toda la punta, luego se detuvo para que se acostumbrara a su tamaño—. ¿Sientes cómo te deseamos?

Paige escuchó esas palabras susurradas al oído con ambos hombres dentro de ella que la colmaban desmesuradamente, poseyéndola de forma total, alma y cuerpo. La sensación fue arrolladora.

Sintió su cuerpo abrirse, mientras acogía a los dos hombres en una unión que nunca había imaginado posible. El dolor y el placer se mezclaron en un torbellino que la hizo gritar, sus dedos se aferraron a la espalda de Alex, mientras ambos comenzaban a follarla al unísono.

—Bien —gruñó Alex, extasiado—. Así... eres perfecta.