7
Luego Alex entró en ella.
Paige emitió un gemido ahogado mientras sentía su cuerpo que se abría, que acogía su erección con una facilidad inesperada.
Era más grande de lo que había imaginado, más lleno, más cálido.
La sensación era totalizadora, el placer la envolvió mientras él comenzaba a empujar dentro de ella con movimientos lentos y mesurados.
—Así —le murmuró al oído, con voz vibrante de lujuria—. Estás tan apretada. Tan caliente.
Thomas estaba a su lado, su mole dominándola, mientras con las manos le acariciaba las caderas, el vientre, el pecho. Cada roce era un fuego, una chispa que alimentaba el deseo que crecía dentro de ella.
—Muévete con él —le susurró, rozándole el cuello con los labios—. Sigue su ritmo.
Paige, obediente, comenzó a mover las caderas en sincronía con Alex, sintiendo su cuerpo que se adaptaba al de él, que lo acogía cada vez más en profundidad. El placer crecía con cada movimiento, con cada embestida, con cada gemido que escapaba de sus labios.
Thomas la miraba fijamente, sus ojos color miel estaban llenos de un deseo que la hacía sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo.
Su mano bajó por el muslo de ella, lo tiró hacia sí, abriéndolo aún más para Alex. Ella secundó ese gesto en un acto de rendición total, un abandono completo que la asustaba y la excitaba más allá de toda medida.
—No pares —se le escapó de los labios—. Por favor.
Alex sonrió y aceleró el ritmo, las embestidas se hicieron más profundas, más rápidas.
Paige sentía su cuerpo que respondía, que se movía con él en una armonía que nunca había conocido. Sus dedos se aferraron a sus hombros poderosos, las uñas hundiéndose en su piel mientras el placer la arrollaba.
—Sí —gimió, sin preocuparse ya de ocultar lo que sentía—. Sí... así...
Thomas le rozó la oreja con la boca.
—Siente cómo te hace sentir bien —siseó apenas—. Siente cómo tu cuerpo te está diciendo que esto está bien. Que lo quieres.
Esas frases la golpearon como un puñetazo en el bajo vientre: era cierto, su cuerpo lo quería, lo deseaba.
A pesar de todo, a pesar de las amenazas, a pesar de la coacción, su cuerpo estaba respondiendo a la acción de Alex con un abandono que nunca había experimentado en toda su vida.
La vergüenza se mezclaba con el inevitable placer, creando un cóctel explosivo que la hacía sentirse viva como nunca antes.
Paige cerró los ojos y abandonó todo residuo de control, toda defensa, mientras Alex la poseía con una autoridad que la hacía sentirse protegida y dominada al mismo tiempo.
Cada embestida suya era un acto de poder, pero también de entrega, de comunión. Y ella, por primera vez, no quería oponerse. Solo quería rendirse.
Las manos de Thomas la adoraban, la acariciaban, tocándola en puntos que Paige ni siquiera sabía que existían; la hacían sentirse a salvo incluso mientras su cuerpo se abandonaba a sensaciones nuevas, fulgurantes.
Juntos, los dos hombres la estaban llevando a un lugar que no conocía, un territorio inexplorado del placer y el deseo.
—Yo... Estoy cerca... —murmuró con un gemido.
—Todavía no —ordenó Alex, con voz firme—. Espera. Tengo que correrme contigo.
Ralentizó el ritmo de las embestidas, alargando el placer, introduciéndose en ella con una lentitud agotadora, para llevarla al borde sin dejarla caer.
Paige sentía la tensión que crecía dentro de ella, cada vez más alta, a punto de arrollarla.
—Thomas —Alex no apartaba la mirada de los ojos extasiados de Paige—. Coge sus manos. Sujétalas firmes.
El otro obedeció, sus manos grandes agarraron las muñecas de Paige y las presionaron contra el colchón por encima de su cabeza.
Ella se encontró inmovilizada, expuesta, vulnerable. Y sin embargo, en esa postura de total sumisión, se sintió más libre que nunca.
—Ahora —dijo Alex, con voz casi un gruñido—. Ahora puedes correrte. Conmigo.
Comenzó a empujar en sus carnes empapadas de placer, penetrándola con embestidas profundas, rápidas, llevándola enseguida a traspasar ese límite que poco antes le había negado.
Y Paige se dejó llevar.
Thomas la sujetaba firme, sus manos que la anclaban mientras el placer la hacía volar. Sus dedos se apretaron en sus muñecas, y ella sintió la fuerza de su agarre que la sostenía en ese mundo que estallaba a su alrededor en mil fragmentos.
El orgasmo la arrolló, devastador, una explosión de sensaciones que partía desde lo profundo de su vientre y se extendía por cada fibra de su cuerpo.
Gritó, un sonido que nunca había emitido antes, un grito de liberación y de abandono total.
Sintió que Alex se corría con ella, los chorros calientes que le inundaban el sexo, su cuerpo tensándose, el gruñido animal del hombre que se mezclaba con su grito en una armonía perfecta.
Luego, gradualmente, el placer comenzó a disminuir, dejando paso a una sensación de paz, de satisfacción, de plenitud.
Paige permaneció tumbada en la cama, con la respiración agitada, el cuerpo temblando por las convulsiones del orgasmo recién pasado.
Alex se retiró de ella con gracia y se tumbó a su lado, el pecho subiendo y bajando con la misma rapidez que el de ella.
Thomas le soltó las muñecas, sus manos se posaron en su rostro, acariciándola con ternura.
—Bien, Paige, diría que nos hemos entendido —murmuró Alex, con voz aún ronca.
Ella abrió los ojos y lo miró. Su rostro, que hasta ese momento había sido una máscara de control, ahora estaba marcado por el placer, sus ojos verdes brillaban de satisfacción.
—¿Qué... qué quieres decir? —preguntó ella, con voz aún temblorosa.
Él sonrió, una sonrisa lenta y pícara que le aceleró el corazón.
—Quiero decir que la noche aún es larga. Y que ahora tenemos mucho más que explorar juntos.
Thomas se inclinó sobre ella, sus labios rozándole la frente.
—Pero antes descansa —le dijo, en voz baja—. Lo vas a necesitar.
Paige cerró los ojos, sintiendo la cercanía de los dos hombres a su lado, el calor de sus cuerpos que la envolvía como una manta.
Era extraño, surrealista, pero en ese momento, a pesar de todo, ya no se sentía sola. Ya no se sentía perdida.
Por primera vez en meses, Paige se sentía viva.