Obedece en la Mansión (Sumisa de Lujo nº 2) CAPÍTULO 8 La prueba final juego de intercambio
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CAPÍTULO 8 La prueba final juego de intercambio

Helena y Alma entran desnudas al dormitorio principal.

La dueña de la mansión cierra la puerta.

Un clic definitivo.

La luz es baja y dorada.

Velas blancas colocadas en pedestales altos.

Proyectan sombras largas sobre una cama king-size.

Un ventanal enorme muestra la noche estrellada.

Los jardines de la piscina brillan a lo lejos.

Helena se detiene en el centro de la habitación.

Su cuerpo perfecto y tenso bajo la luz de las velas.

Sus pezones ya están duros.

Su coño depilado, ligeramente hinchado.

Anticipación.

Mira a Alma directamente a los ojos.

Sin una palabra, le entrega un látigo de cuero.

—Esta noche no mando yo —dice Helena.

Voz baja, casi suave.

—Hazme tuya. Quiero sentir lo que tú sientes.

Alma coge el látigo.

El peso del mango le golpea la palma como una descarga eléctrica.

Su corazón late tan fuerte que lo nota en la garganta.

Helena, la dueña de la mansión, se arrodilla frente a ella.

Alma queda inmóvil.

Siente que algo se le encoge dentro del pecho.

¿Realmente puede hacer esto?

Baja la mirada hacia Helena.

Permanece arrodillada, esperando en silencio.

—Helena… ¿seguro que puedo hacer esto?

La voz de Alma es vacilante.

—¡HAZLO YA! —gruñe la millonaria—. Quiero sentir lo que tú sientes. Demuéstrame lo que puedes hacer.

Alma traga saliva.

Aprieta el mango del látigo con fuerza.

Intenta ordenar el caos de emociones que le revuelven por dentro.

Da un paso adelante.

Ha hecho tantas cosas que comprende que esto no será tan difícil.

Mira fijamente a Helena de rodillas.

Su mente se transforma.

—¡LA GRAN HELENA DE RODILLAS PARA MÍ! —gruñe, casi sin reconocerse—. ¡Abre más esas piernas, quiero ver ese coño que siempre me ha controlado!

Helena obedece.

Separa los muslos.

Expone los labios brillantes y ya mojados.

Alma levanta el látigo.

Lo descarga con un chasquido seco sobre los pechos firmes.

La dueña de la mansión suelta un gemido agudo.

El cuerpo se le sacude.

Otro fustazo, más fuerte.

Deja una línea roja perfecta cruzando un pezón.

Helena jadea.

Sigue arrodillada, ofreciéndose.

Alma siente el coño palpitar de puro poder.

Agarra a Helena por el pelo.

Tira de ella hacia delante.

—¡LÁMEME! —ordena Alma.

La voz rota de deseo.

—¡Quiero tu lengua dentro de mí mientras te miro a los ojos y te hago mía!

Helena se inclina.

Hunde la cara entre las piernas de Alma.

Su lengua entra profunda.

Lame con hambre.

Succiona el clítoris hinchado de la joven.

Como si quisiera devorarlo.

Alma gime alto.

Las caderas se mueven contra la boca de Helena.

Pero no se deja llevar.

Levanta el látigo.

Lo descarga sobre la espalda arqueada de Helena.

Mientras esta la come.

Cada golpe hace que la lengua de Helena se hunda más fuerte.

Más rápido.

Dentro de su coño.

Los jugos de la joven corren por la barbilla de Helena.

Caen en gotas gruesas sobre la alfombra.

Alma tira más fuerte del pelo.

Folla literalmente la cara de su ama.

Los muslos le tiemblan.

Placer y poder.

—¡ASÍ, JODER! ¡CHÚPAME MÁS FUERTE, MI REINA! —jadea Alma.

La voz entrecortada y feroz.

—¡Quiero correrme en tu boca mientras sientes el látigo!

Helena gime contra su sexo.

La vibración envía descargas directas al clítoris de Alma.

El látigo cae otra vez sobre su culo levantado.

Deja marcas rojas que brillan bajo la luz de las velas.

Alma siente el orgasmo subir rápido.

Imparable.

Se corre con un grito ronco.

Aprieta la cara de Helena contra su coño.

Chorros calientes brotan y mojan la boca y el cuello de la dueña de la mansión.

—¿Te gusta cómo te castiga tu puta, Helena? —gime Alma.

Le tira del pelo hacia arriba.

—¡MÍRAME MIENTRAS TE TRAGAS MIS JUGOS!... ¡Quiero oírte tragar con cada fustazo!

—¡AHHH... SÍ, MI AMOR... S-SÍ! —gime Helena entre sus piernas.

La mirada encendida.

—Destrózame... hazme pagar por cada hora que te tuve amarrada...

Helena traga todo.

Lame sin parar.

Alma se aparta temblando.

El pecho agitado.

Los muslos brillantes.

Alma mira hacia abajo.

Helena sigue de rodillas.

La cara empapada de jugos.

Los ojos brillantes de una sumisión elegida y absoluta.

Alma sonríe con una ferocidad nueva.

Apunta el látigo hacia la cama.

—Levántate y túmbate en esa cama con las piernas bien abiertas —ordena.

La voz baja y cargada de promesa.

—Porque ahora te voy a follar hasta que grites mi nombre como yo grito el tuyo.

Helena se levanta.

Camina hacia la cama.

Se tumba boca arriba.

Abre las piernas al máximo.

Las mantiene abiertas con las manos.

Se ofrece por completo.

Alma coge un strap-on colocado sobre una mesita.

El miembro más grande que ha visto nunca.

Grueso.

Largo.

Venas marcadas, superrealistas.

Se lo ajusta con manos temblorosas de excitación.

La joven se sube a la cama.

El strap-on XXL se balancea pesado entre sus piernas.

La silicona gruesa y venosa brilla bajo la luz de las velas.

Helena yace completamente abierta.

Las rodillas dobladas contra sus hombros.

Las manos sujetan sus propios muslos.

El coño expuesto y palpitante.

Alma se coloca entre esas piernas abiertas.

Empuja la cabeza ancha contra la entrada empapada de su ama.

El grosor fuerza las paredes internas.

La abre con un sonido húmedo y profundo.

Helena suelta un gemido largo.

—¡MÍRATE, JODER! —gruñe Alma.

La voz rota de pura lujuria animal.

—¡La reina de la mansión abierta como una puta para mí!

Empieza a follarla con embestidas largas y brutales.

Cada golpe hace que las tetas de Helena reboten.

Su coño traga más profundo el miembro enorme.

Alma agarra las muñecas de Helena.

Las clava contra el colchón por encima de su cabeza.

La inmoviliza.

Acelera el ritmo.

El sonido de caderas chocando con carne húmeda llena el dormitorio.

Mezclado con los gritos de Helena y los gruñidos salvajes de Alma.

Sin salir de ella, Alma coge el látigo con la mano libre.

Lo descarga sobre las tetas expuestas de Helena.

Las tiras dejan marcas rojas brillantes.

Contrastan con la piel pálida.

—¡GRITA PARA MÍ, HELENA!... ¡Quiero oír cómo te revienta este bicho por dentro! —brama Alma.

Le azota las tetas con el cuero.

—¡Dime quién es la que manda en este colchón ahora!

—¡TÚ... AHHH... TÚ MANDAS, ALMA!... ¡Rómpeme entera... fóllame más duro, mi puta! —grita la dueña de la mansión.

Los ojos desorbitados.

Helena arquea la espalda.

El coño aprieta el miembro de la joven con fuerza.

Alma no para.

Folla más duro, más profundo.

El látigo cae una y otra vez sobre sus tetas.

Su vientre.

Sus muslos internos.

—¡Quiero que sientas todo! —jadea Alma.

El sudor cae de su frente sobre el pecho de Helena.

—¡Quiero que te corras gritando mientras te destrozo!

Helena se rompe.

Su orgasmo es explosivo.

El cuerpo se convulsiona violentamente.

El coño se contrae alrededor del miembro grueso.

Espasmos visibles.

Chorros calientes salen a presión.

Empapan el vientre y los muslos de Alma.

La joven no se detiene.

Saca el miembro con un sonido obsceno.

Se desabrocha el strap-on.

Lo deja tirado en el suelo.

Otra vez se tumba encima de Helena.

Presiona su coño contra el de ella.

Un tribbing salvaje y desesperado.

Sus clítoris hinchados se frotan con furia.

Los labios vaginales resbalan uno contra el otro.

Fricción caliente y resbaladiza.

Alma mueve las caderas con movimientos cortos y brutales.

Su boca busca la de Helena.

Se encuentran en un beso violento.

Se muerden los labios y las lenguas.

La millonaria, aún temblando, empieza a empujar hacia arriba con las caderas.

Encuentra el ritmo de Alma.

Sus cuerpos se mueven juntos.

Una sola máquina de placer.

Piel sudorosa deslizándose.

Pezones rozándose.

Clítoris chocando una y otra vez.

Alma mete dos dedos en el ano de Helena.

Mientras siguen frotándose.

La folla por detrás al mismo tiempo que sus sexos se devoran.

El segundo orgasmo llega al mismo tiempo para las dos.

Alma grita contra la boca de Helena.

Su coño se contrae y suelta un chorro caliente.

Se mezcla con los fluidos de Helena.

Helena se arquea con tanta fuerza que casi levanta a Alma del colchón.

Su cuerpo entero se sacude.

Otro orgasmo la atraviesa.

Más largo y profundo que el anterior.

—¡DIOS... NOS FUNDIMOS, HELENA... NOS ESTAMOS CORRIENDO JUNTAS! —jadea Alma.

Le muerde los labios húmedos.

—Siente mi lengua... siente cómo te dejo preñada de mis fluidos...

Las dos mujeres permanecen inmóviles durante varios segundos.

Entrelazadas.

Jadeando.

Sudorosas y brillantes de jugos y saliva.

Helena se aparta ligeramente.

Mira a Alma a los ojos.

Sonríe, exhausta.

Besa suavemente los labios hinchados de su sumisa.

Sus ojos ya brillan con esa chispa oscura que siempre la ha definido.

—La próxima vez… jugaremos con algo mucho más peligroso —susurra al oído de Alma.

La noche se cierra sobre la mansión.

El intercambio de roles entre ama y sumisa ha terminado.

Pero el verdadero juego acaba de comenzar.