EPÍLOGO
La luz del amanecer entra suave por los ventanales altos del dormitorio principal.
Alma está de rodillas sobre la alfombra gruesa.
Desnuda.
Las manos apoyadas en los muslos.
La mirada baja.
Exactamente como Helena le ha enseñado.
No se mueve.
No habla.
Solo respira.
Obediente.
Impresionada por el poder absoluto que emana de su ama.
Como si nunca hubiera desaparecido.
La dueña de la mansión, ya vestida con un traje blanco de corte impecable, camina alrededor de ella.
Pasos lentos y seguros.
Sus tacones resuenan contra el mármol.
Se detiene frente a Alma.
Levanta su barbilla.
—Mírate —dice Helena.
Esa voz calmada.
—Hace solo unas semanas eras la chica tímida del campo de golf.
Apenas te atrevías a mirarme.
Y ahora… ahora has dominado el látigo.
Has follado con hambre.
Has descubierto tu propio fuego.
Alma traga saliva.
Las mejillas ardiendo de vergüenza y orgullo al mismo tiempo.
Sus ojos brillan.
Esa mezcla de timidez y devoción absoluta que tanto excita a Helena.
—Has progresado más de lo que esperaba, mi joven sumisa —continúa Helena.
Pasa el pulgar por el labio inferior de Alma.
—Me has dado exactamente lo que quería.
Helena se inclina.
Besa la frente de Alma.
Ternura fría.
Se incorpora.
Camina hasta la ventana.
Mira los jardines y la piscina de borde infinito que brillan bajo el sol de la mañana.
—Mañana salgo de viaje de negocios a Dubái —anuncia sin girarse—. Una semana completa de reuniones, cenas y negociaciones con gente que mueve miles de millones. Y tú vienes conmigo.
Alma levanta la mirada un segundo.
Sorprendida.
Pero la baja inmediatamente al sentir el peso de la orden.
—Viajaremos en mi jet privado —prosigue Helena—. Dormirás a mis pies en la suite del hotel más exclusivo de la ciudad. Serás mi asistente personal, silenciosa y obediente.
Helena se gira.
Camina de nuevo hacia Alma.
Se detiene justo delante de ella.
Abre ligeramente las piernas.
Levanta la falda del traje con una mano.
Su coño, todavía ligeramente hinchado por la noche anterior, queda a centímetros de la cara de Alma.
—Besa —ordena.
Calma absoluta.
Alma se inclina hacia delante sin dudar.
Posa los labios con devoción sobre el sexo de su ama.
Lo besa con reverencia.
Helena acaricia su pelo con suavidad posesiva.
—Bienvenida de nuevo a tu lugar, mi sumisa perfecta —susurra.
Alma cierra los ojos.
El corazón le late con esa mezcla familiar de miedo delicioso y excitación total.
Helena sonríe satisfecha.
Mira el horizonte por encima de la cabeza inclinada de Alma.
—Prepárate, cariño —murmura—. Lo que hemos vivido hasta aquí solo es el comienzo.
FIN.