CAPÍTULO 6 El salón prohibido la mazmorra del placer
Helena contempla unos segundos más a Alma.
Saborea la imagen de su sumisa atada y temblorosa en la cruz.
Se gira sin prisa hacia la mesa lateral.
Coge el vibrador enorme con la mano derecha.
El zumbido grave y profundo es una amenaza palpable.
Con el aparato en la mano, se coloca entre las piernas abiertas de su sumisa.
Las separa un poco más con las rodillas.
Baja el vibrador hasta rozar apenas los labios hinchados y brillantes de su coño.
El primer contacto hace que Alma dé un respingo contra las correas.
Helena sonríe con esa crueldad perfecta que lo domina todo.
Ajusta el ángulo.
Presiona el cabezal del vibrador directamente contra el clítoris hinchado de Alma.
Lo mantiene allí con firmeza.
El zumbido se transmite a través de su carne sensible.
La potencia del aparato es brutal.
Las vibraciones profundas y graves recorren toda la pelvis de la joven.
Los labios de su coño tiemblan.
Se abren más con cada pasada.
El plug alojado en su ano amplifica cada onda.
Convierte la sensación en algo doble.
Algo abrumador.
Cada vez que el vibrador presiona justo donde más duele de placer, su coño se contrae.
Se contrae con fuerza alrededor de la nada.
Su ano aprieta el plug con desesperación.
Los gemidos se transforman pronto en gritos guturales.
Resuenan en la mazmorra.
—¡AHHH!... ¡SEÑORA, ME VA A ROMPER EL CLÍTORIS... NO PUEDO MÁS...! ¡ME ESTÁ DESHACIENDO!
Su cuerpo se convulsiona contra las correas.
Las tetas se agitan violentamente con cada espasmo.
Los pezones duros rozan el aire frío.
Su voz empieza a quebrarse.
—¡POR FAVOR, DÉJEME CORRERME... SE LO RUEGO, SEÑORA...! —solloza Alma.
La cabeza echada hacia atrás.
—NO PUEDO AGUANTAR MÁS...
Helena afloja la presión.
La observa con esa sonrisa cruel que promete que esto es solo el comienzo.
Una noche entera.
La dueña de la mansión finalmente apaga el vibrador.
Lo aparta.
Se acerca a la cruz de San Andrés.
Desata las correas una a una.
Sostiene el cuerpo de Alma contra el suyo.
Con un movimiento lento y deliberado, extrae el plug de su ano.
Deja el orificio sensible.
Abierto.
Levanta a Alma sin esfuerzo.
La deposita frente a un arnés de suspensión que cuelga del techo.
Preparado para la siguiente etapa de su completa rendición.
El arnés de cuero ancho y acolchado se balancea ligeramente.
Como si ya supiera que Alma va a ocuparlo.
Helena la coloca dentro del arnés.
Ajusta las correas anchas bajo sus muslos y su espalda.
Alma queda suspendida en el aire.
Separa sus piernas al máximo.
Sujeta los tobillos con argollas.
Fija sus muñecas atándolas por encima de la cabeza.
Alma siente el arnés envolviéndola.
Como una jaula de cuero acolchado.
Las correas anchas le presionan la parte posterior de los muslos.
Le presionan la zona lumbar.
Sostienen todo su peso.
Flota en el aire sin que sus pies toquen el suelo.
El tirón constante en sus muñecas, atadas por encima de la cabeza, arquea su espalda hacia atrás.
Empuja sus tetas hacia delante.
Las deja expuestas.
Pesadas.
Sus piernas, separadas al máximo por las argollas en los tobillos, quedan abiertas sin posibilidad de cerrarse.
Siente la tensión en los músculos internos de los muslos.
El aire fresco roza directamente su coño hinchado y húmedo.
Su ano sensible y ligeramente abierto sin el plug.
Cada pequeña oscilación del arnés la mece como un péndulo vivo.
Le recuerda que ya no controla nada.
Ni sus piernas.
Ni sus brazos.
Ni la distancia entre su cuerpo y el suelo.
La suspensión la atraviesa entera.
No es solo la falta de apoyo.
Es la conciencia constante de estar colgada.
Ofrecida.
Completamente accesible.
Siente cómo la gravedad tira suavemente de su pelvis hacia abajo.
Las correas la mantienen en alto.
Crea una tensión erótica que recorre su columna hasta su clítoris palpitante.
Su coño queda expuesto sin pudor.
Los labios separados por la postura forzada.
Húmedos y brillantes bajo la mirada de Helena.
El cuero acolchado le aprieta la carne con firmeza.
Sin dolor.
Esa presión constante, unida a la imposibilidad de moverse o protegerse, le produce una mezcla de vértigo, vergüenza y excitación profunda.
Está suspendida en el aire.
Indefensa.
Flotando entre el suelo y el techo.
Lista para ser follada sin poder hacer nada más que balancearse y gemir.
—La tengo tan abierta para usted, señora... —gime Alma, balanceándose sin poder evitarlo.
Helena se coloca un strap-on.
Del que cuelga un miembro grueso.
Largo.
Ligeramente curvado hacia arriba.
Ya brillante de lubricante.
Se acerca entre las piernas abiertas de Alma.
Agarra las caderas suspendidas.
Alinea la cabeza ancha contra la entrada del coño empapado.
Empuja con todo el cuerpo.
El miembro se hunde de una sola embestida profunda.
Abre las paredes internas con una presión lenta y total.
Alma suelta un gemido largo.
Gutural.
El arnés comienza a balancearse con cada embestida.
Crea un movimiento pendular.
El miembro de Helena entra y sale en un ritmo hipnótico.
Devastador.
La millonaria folla con fuerza controlada pero creciente.
Clava el miembro hasta el fondo con cada balanceo.
Golpea ese punto interno que hace que los ojos de Alma se pongan en blanco.
Sus manos fuertes sujetan las caderas de la sumisa.
Guían el vaivén.
El sonido es crudo.
Húmedo.
El chapoteo constante del strap-on entrando y saliendo.
Los gemidos rotos de Alma rebotan contra las paredes.
El crujido suave del cuero del arnés.
Los jugos de Alma caen en hilos gruesos y brillantes desde su coño abierto.
Gotean al suelo de goma.
Forman un charco que crece con cada embestida.
El placer sube rápido.
Imparable.
Alma siente cómo su interior se contrae alrededor del miembro grueso.
Cómo cada golpe la llena por completo.
No hay negación.
No hay espera.
Helena acelera.
La folla más profundo.
Más fuerte.
Deja que el arnés la balancee como un péndulo de placer.
—¡ME CORRO!... —grita Alma.
La voz quebrada.
—¡ME ESTOY CORRIENDO, SEÑORA!... ¡NO AGUANTO MÁS!...
El coño de Alma se contrae violentamente alrededor del miembro grueso.
Lo aprieta como un puño caliente y húmedo.
Un chorro claro y potente sale disparado de su interior.
Salpica el vientre y los muslos de Helena.
Cae en cascada al suelo.
Su cuerpo entero se sacude dentro del arnés.
Las piernas tiemblan contra las correas.
Los pechos rebotan con cada espasmo.
El orgasmo la atraviesa en oleadas largas y brutales.
Le arranca sollozos de alivio y placer puro.
Helena sigue follándola sin detenerse.
Prolonga cada contracción.
Exprime hasta la última gota de éxtasis.
Helena sonríe contra su cuello.
Muerde suavemente la piel sudorosa.
El cuerpo de Alma sigue convulsionando.
—Te lo mereces —susurra con voz ronca de triunfo—. Y esto es solo el principio de la primera noche.
El arnés sigue balanceándose suavemente.
Alma cuelga exhausta y brillante de sudor y fluidos.
El coño todavía late alrededor del miembro enterrado.
La mazmorra parece respirar con ella.
Lista para devorarla durante la noche entera.
La joven, colgada e inerte, siente el cosquilleo del próximo comienzo.
Incluso antes de que Helena se mueva de nuevo.