Obedece en la Mansión (Sumisa de Lujo nº 2) CAPÍTULO 5 Primera hora dentro del salón prohibido
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CAPÍTULO 5 Primera hora dentro del salón prohibido

Helena se despide de Sofía y Valeria.

Ellas aún se quedan un rato más en la piscina.

Luego abandonarán la mansión.

Helena sujeta la muñeca de Alma.

Presión firme.

Se la lleva por un pasillo lateral.

La luz del crepúsculo baña todo.

Un tono que hace brillar la piel desnuda de Alma.

Piel bronceada.

El suelo del pasillo es de mármol pulido.

Frío.

Resbaladizo bajo sus pies descalzos.

Alma camina con las piernas flojas.

Su cuerpo todavía vibra.

El día entero de negación bajo el sol.

Su sexo late con un vacío ardiente.

Le sube hasta las tetas.

Le seca la garganta.

Helena no dice una palabra.

Solo camina.

Tira de ella.

El tintineo de la cadena llena el pasillo.

Ambas avanzan.

Al final del pasillo se abre una sala de preparación privada.

Un baño de mármol blanco.

Una bañera hundida en el suelo.

Grifos dorados que brillan como joyas.

Helena la empuja dentro sin ceremonia.

Abre los grifos.

El agua caliente cae con fuerza.

Llena el aire de vapor.

Vapor perfumado con aceites esenciales.

Huele a vainilla.

Helena se quita el bikini blanco.

Dos movimientos rápidos.

Se mete en la bañera.

Su silueta esbelta y poderosa deslumbra bajo el vapor.

—Siéntate en el borde.

Voz baja.

Alma obedece.

El culo apoyado en el mármol caliente.

Las piernas abiertas al máximo sobre el borde de la bañera.

Helena se arrodilla en el agua entre sus muslos.

Coge una esponja natural empapada en aceite.

Comienza a frotar el cuerpo de Alma.

Lentitud deliberada.

Primero los pechos.

Aprieta las tetas firmes y jóvenes.

Pasa la esponja rugosa sobre los pezones.

Hasta que se ponen morados.

Duros.

Luego baja por el vientre.

Por los costados.

Llega al coño abierto.

La esponja pasa una y otra vez sobre los labios hinchados.

Presiona el clítoris con cada pasada.

Alma arquea la espalda.

Suelta un gemido gutural.

El aceite hace que todo resbale.

Su entrada palpita visiblemente.

Helena deja la esponja.

Usa las manos.

Separa los labios vaginales con los pulgares.

Mete dos dedos profundamente.

Explora las paredes internas.

Movimientos lentos.

Circulares.

Su pulgar masajea el clítoris hinchado.

Alma jadea.

Las uñas clavadas en el borde de la bañera.

El cuerpo entero temblando.

Helena añade un tercer dedo.

La estira.

La folla con lentitud cruel.

El agua caliente salpica sus muslos.

El placer sube rápido.

Helena se detiene.

Saca los dedos.

Un sonido húmedo.

Brillante.

—No te corres —susurra al oído de Alma—. Todavía no.

Coge un plug anal enorme.

Negro.

Silicona gruesa.

Base ancha en forma de corazón.

Lo lubrica con el aceite de su propia mano.

Lo presiona contra el ano de Alma.

Ya está sensible por el uso del día.

El objeto es mucho más grande que cualquiera que haya sentido antes.

La punta ancha fuerza la entrada.

Presión lenta.

Constante.

El músculo cede.

Lo traga entero.

Un chasquido audible.

Alma suelta un grito ronco.

El ano estirado al límite.

Lleno de una presión que le llega hasta el fondo del vientre.

Su clítoris palpita con más fuerza.

Helena gira el plug dentro de ella.

Lo empuja más profundo.

Lo gira.

Roza cada terminación nerviosa.

—Levántate —ordena Helena.

Le pone un collar de cuero blanco.

Una argolla de metal en el cuello.

Engancha una cadena fina.

—Ahora camina conmigo.

La conduce desnuda.

Aceitada.

El plug enorme clavado en el culo.

La cadena tintineando.

Hasta el final del pasillo.

Allí está la puerta lacada en rojo y negro.

Alta.

Imponente.

Manilla de hierro forjado que parece una garra.

Helena se detiene frente a ella.

Su mano libre acaricia la mejilla de Alma.

Baja.

Aprieta uno de sus pezones todavía sensibles.

—Detrás de esta puerta no hay piedad.

La voz cargada de promesas oscuras.

—Solo yo, tú y todo lo que siempre has temido desear.

Vas a entrar rota de anticipación.

Vas a suplicar que te destruya.

Alma tiembla entera.

El corazón latiéndole en la garganta.

El coño chorreando aceite y fluidos por los muslos.

Helena agarra la manilla de hierro.

La puerta lacada se abre por completo.

Un susurro grave.

Reverbera en el pecho de Alma.

Helena tira de la cadena.

La obliga a cruzar el umbral.

El mundo cambia de golpe.

El salón prohibido se revela en una penumbra roja y negra.

Parece respirar.

Luces tenues de neón carmesí recorren las paredes de piedra pulida.

Crean sombras que se mueven solas.

Muebles de madera oscura.

Metal brillante.

El olor golpea primero.

Cuero recién aceitado.

Sudor femenino viejo.

Cera de vela derretida.

Un almizcle espeso de coños usados y corridos.

Flota denso en el aire.

El suelo es de goma negra antideslizante.

Frío.

Ligeramente pegajoso bajo los pies descalzos de Alma.

Diseñado para que los cuerpos se deslicen.

Para que se queden exactamente donde se los coloca.

Helena la guía hasta el centro exacto de la sala.

Suelta la cadena.

La deja de pie.

Brazos a los costados.

Alma tiembla visiblemente.

Sus pezones están tan duros que duelen con cada respiración.

El plug anal gigante sigue clavado en su interior.

Presiona contra puntos que nunca supo que existían.

Su clítoris palpita solo con el latido de su propio corazón.

Helena camina alrededor de ella.

Círculos lentos.

Como un depredador antes del primer mordisco.

—Aquí no hay escapatoria —murmura Helena.

Se detiene detrás de Alma.

Pega su cuerpo desnudo contra la espalda aceitada de la sumisa.

—Aquí solo existes para obedecer.

Sus manos bajan por los costados de Alma.

Se detienen en las nalgas.

Separa las mejillas con fuerza.

Expone el plug negro que sobresale.

Helena lo empuja más adentro.

La palma de la mano.

Luego lo saca apenas un centímetro.

Lo vuelve a clavar.

La folla analmente con el juguete.

Sin prisa.

Saborea cada contracción del músculo.

Alma siente que las rodillas le fallan.

Helena la sostiene por la cintura.

La empuja hacia adelante.

Sus tetas chocan con una cruz de San Andrés.

Madera negra.

Se alza en el centro.

La superficie es lisa.

Fría.

Helena levanta los brazos de Alma.

Uno a uno.

Los asegura con correas de cuero grueso a las argollas superiores.

Luego separa sus piernas.

Las fija también.

La sumisa queda completamente abierta.

Expuesta.

El coño y el ano ofrecidos sin ningún pudor.

Helena se para frente a ella.

Su aliento caliente roza los labios de Alma.

—Una noche entera estarás aquí dentro.

Sin descanso.

Sin piedad.

Voy a follarte hasta que tu voz se rompa.

Hasta que tu coño y tu culo queden abiertos para siempre.

Alma gime.

La cabeza echada hacia atrás.

El cuerpo entero temblando en la cruz.

Helena da un paso atrás.

Contempla su obra.

La sumisa atada.

Aceitada.

El plug clavado.

El coño brillante y abierto.

Los ojos vidriosos de desesperación absoluta.

Luego se acerca a una mesa lateral.

Coge un vibrador enorme.

Lo enciende.

El zumbido grave llena el salón prohibido.

Como una promesa.

Helena sonríe.

Esa crueldad perfecta que lo domina todo.

—Empezamos ahora.