CAPÍTULO 2 Caliente bienvenida en la cocina
La mujer de blanco empuja las puertas dobles de la zona de servicio.
Alma entra en un universo de actividad que la deja sin aliento.
La cocina principal es un espacio enorme.
El olor a pan recién horneado se mezcla con aroma de sudor femenino.
Cuatro mujeres trabajan con movimientos fluidos y exactos.
—Esta es Alma —anuncia Helena con voz clara y autoritaria—. Nuestra nueva residente.
Hoy vais a darle la bienvenida como corresponde.
Tenéis mi permiso para todo lo que queráis hacer.
Nadie deja de trabajar.
Solo cambian las miradas.
Todas se posan sobre la nueva, evaluándola con una curiosidad silenciosa.
Rosa, la jefa de cocina, una mujer robusta de cuarenta años, con brazos fuertes y pechos pesados, es la primera en actuar.
Abre las piernas ampliamente y señala el suelo entre sus muslos.
—Arrodíllate y come —ruje Rosa mirando a los ojos de la nueva.
Alma se queda paralizada.
Eleva la mirada hacia la mujer de blanco.
—Haz lo que te pidan —ordena Helena, con una voz pausada.
Alma cae de rodillas.
La boca abierta.
Los ojos clavados en el sexo depilado y sudoroso de la cocinera.
La jefa de cocina se levanta el delantal hasta la cintura.
El olor es intenso.
Almizclado.
Irresistible.
—Más te vale que tengas buena lengua —dice Rosa, clavándole una mano en el pelo para hundirle la cara contra sus pliegues calientes—. Si tu boca no sirve vas a estar lamiendo toda la noche hasta que aprendas.
Alma saca la lengua.
La hunde directamente entre los pliegues calientes.
Lame con avidez desde la base hasta el clítoris hinchado.
Rosa sigue en sus quehaceres con movimientos precisos.
Su cadera se mece contra la boca de Alma.
La lengua de la joven entra y sale del canal empapado.
Sorbe los jugos que fluyen.
Rosa aprieta los muslos alrededor de su cabeza, atrapándola, sin dejar de trabajar.
Helena observa con los brazos cruzados y una sonrisa satisfecha.
Hace un gesto a Lucía, la ayudante de cocina, joven delgada y risueña.
Lucía saca de un cajón un plug anal de silicona negra, pequeño pero grueso.
Lo lubrica con saliva.
Separa las nalgas de la joven sumisa con ambas manos, exponiendo el ano apretado.
—Relájate —susurra mientras presiona la punta del plug contra la entrada trasera.
Alma gime contra las entrepiernas de Rosa.
El juguete frío y resbaladizo fuerza su camino dentro de ella.
Le estira el esfínter.
Centímetro a centímetro.
Hasta que el borde más ancho queda encajado.
—¡AHHH!... ¡SÍ, ÁbrEME EL CULO!
Gime Alma, retorciéndose con los ojos en blanco.
—Mételo hasta el fondo... quiero estar bien tapada por detrás mientras le mamo el coño a la cocinera...
La ayudante de cocina bombea el plug dentro y fuera.
—Mira cómo se le dilata el agujero a la nueva —se burla Lucía, viendo el hueco que queda cuando saca el plug antes de volverlo a meter—. Está tan abierta que le cabría la mano entera.
Carmen, la jefa de sala, una mujer alta y elegante de cabello recogido, se acerca y se sienta en una silla cercana.
Levanta su falda.
Revela un coño ya hinchado y abierto.
Helena asiente.
Alma, aún con el plug moviéndose en su culo, es guiada por Carmen para alternar entre ambos sexos.
Su lengua pasa ahora del calor almizclado de Rosa a la humedad fresca de la jefa de sala.
Atrapada en un vaivén insaciable.
—¡MÁS RÁPIDO, MALDITA SEA! ¡TRÁGAME ENTERA!
Le ruge Carmen, agarrándole la cabeza por las orejas.
—Sí, y el otro coño también. Tranquilas que yo puedo con los dos —balbucea Alma con la lengua chorreando y cambiando su boca hacia el sexo de Rosa.
Isabella, la jardinera jefa, se coloca detrás de Alma.
Le da una palmada fuerte en el culo que resuena en toda la cocina.
Luego mete tres dedos en el sexo de la sumisa.
Alma gime.
Isabella le folla el coño con los dedos mientras el plug sigue moviéndose.
Una doble sensación que hace que las piernas de Alma tiemblen.
Helena camina alrededor del grupo, observando cada detalle.
El miedo de Alma a no poder resistir todo esto se transforma en una obediencia babosa y desesperada.
Su cuerpo entero es el centro del placer colectivo.
Lamiendo.
Siendo follada.
Pellizcada y azotada.
El personal continúa trabajando como si follar a la nueva fuera la cosa más normal del mundo.
Helena chasquea los dedos.
Las trabajadoras tumban a Alma de espaldas sobre una superficie de granito.
El frío contra su espalda desnuda le arranca un grito ahogado que se transforma en gemido.
Rosa y Carmen le sujetan las muñecas por encima de la cabeza.
La estiran como un sacrificio expuesto.
Sus tetas quedan completamente expuestas.
Pezones erectos apuntando al techo.
La jefa de cocina se sube a ambos lados de la cabeza de Alma.
Baja su pelvis directamente sobre la boca abierta.
El coño de Rosa cubre otra vez toda la cara de Alma.
Aplasta nariz y labios contra la carne caliente y empapada.
A Alma solo le queda lamer y tragar los jugos espesos que inundan su garganta.
Rosa folla su cara con el sexo hinchado.
Carmen saca del cajón un dildo de silicona negro.
Grueso y con venas marcadas.
Lo lubrica con los propios fluidos que gotean del sexo de Alma.
Lo clava de un solo empujón brutal hasta el fondo del canal vaginal.
El grito de Alma queda amortiguado contra el sexo de Rosa.
—Mírala cómo se traga el juguete entero —se burla Carmen, bombeando sin piedad—. Está tan tierna que se va a romper antes de que lleguen las invitadas.
—No creo que se rompa —interviene Rosa—. La nueva está demostrando que es dura.
Lucía se arrodilla a un lado.
Comienza a chupar los pezones de Alma.
Dientes que rozan.
Succiones profundas.
Isabella, la jardinera, no se conforma con mirar.
Coge un cucharón de madera largo y plano.
Golpea el interior de los muslos de Alma.
La nueva gime de placer desesperado.
El granito bajo su espalda se vuelve resbaladizo por su propio sudor y los fluidos que escapan sin control.
Su coño se contrae alrededor del dildo grueso.
Carmen lo folla más rápido y más profundo.
—¡AY, DIOS... QUÉ PROFUNDO ME LO METEN!
Grita Alma, arqueándose sobre la piedra fría.
—Señora Helena, mire cómo me folla su servicio... ¡estoy empapando todo el granito, pero voy a aguantar para usted!... ¿Vendrán más invitadas?
El clítoris de la joven sobresale hinchado y palpitante, completamente expuesto.
Helena se inclina.
Sopla suavemente sobre él.
Luego le da un único y preciso latigazo con la palma abierta.
El golpe seco hace que Alma arquee la espalda con tanta fuerza que casi levanta a Rosa de su cara.
Su cuerpo entero se sacude como poseído.
Siente que el orgasmo se acerca como un tren desbocado.
Sus paredes vaginales aprietan el dildo con fuerza desesperada.
El ano latiendo con el plug dentro.
La boca llena del sabor salado del coño de Rosa.
Helena levanta la mano.
Todas se detienen al instante.
Rosa levanta las caderas.
Alma respira entre jadeos rotos.
La cara completamente empapada de saliva y jugos vaginales.
Los ojos vidriosos y suplicantes.
—Todavía no —dice Helena con voz baja y cargada de promesa—. Tu primer orgasmo en mi mansión no será aquí.
Las trabajadoras le sacan los juguetes con cuidado casi ceremonial.
La dejan acostada sobre el granito.
Alma solloza de frustración pura.
El cuerpo temblando.
El coño y el ano latiendo con un vacío insoportable ahora que todo ha salido.
La mujer de blanco se agacha frente a ella.
Levanta su barbilla para mirarla a los ojos.
—Pronto llegarán mis amigas —susurra Helena, la sonrisa oscura y peligrosa—. Y ellas van a jugar contigo hasta que no puedas ni caminar. Prepárate, porque esto solo ha sido el aperitivo.