Obedece en la Mansión (Sumisa de Lujo nº 2) CAPÍTULO 1 La entrada en la mansión, desnuda
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Obedece en la Mansión (Sumisa de Lujo nº 2)

Obedece en la Mansión (Sumisa de Lujo nº 2)

Por Ariana Belrose

© inepub.com

CAPÍTULO 1 La entrada en la mansión, desnuda

Alma avanza por el sendero de grava que corta los jardines como una cicatriz perfecta.

El pulso le retumba en la garganta.

El miedo le aprieta el estómago.

Pero debajo de ese miedo, una excitación eléctrica ya le moja las bragas antes de siquiera ver a Helena.

La mansión se alza ante ella con una imponencia que roba el aliento.

Los jardines se extienden hasta donde alcanza la vista.

Setos altos que forman pasillos secretos.

Fuentes de agua que caen en cascadas silenciosas sobre estatuas de mujeres desnudas en posición obscena.

La piscina de borde infinito brilla al fondo.

Tumbonas blancas alineadas como altares esperando cuerpos dispuestos.

El edificio principal es una construcción de cristal y mármol negro.

Ventanales del suelo al techo que reflejan el cielo como ojos vigilantes.

Columnas gruesas que custodian la entrada.

Helena está de pie en el centro del pórtico.

Inmóvil.

Dueña absoluta del espacio.

Su vestido blanco se pega a cada curva como pintura húmeda.

Sus ojos recorren a Alma de arriba abajo.

Una sonrisa lenta, peligrosa, curva sus labios.

—Quítatelo todo.

Ahora.

Alma intenta abrir la boca, pero solo le sale un susurro que apenas ella misma escucha.

—¿Aquí, señora? ¿En la misma entrada?

Sus manos tiemblan sin control mientras busca los botones de su ropa.

La camiseta cae primero.

Luego la falda y las bragas.

El aire roza sus pezones ya duros.

Su coño se contrae de puro nerviosismo.

Queda desnuda en el inmenso hall de mármol negro.

Pies descalzos sobre la piedra fría.

Pechos subiendo y bajando rápido.

Los nervios le secan la boca, pero su clítoris palpita, hinchado, traicionándola.

Por fin puede pertenecer a esto.

A ella.

Helena se acerca despacio.

Tacones resonando como latigazos.

Se detiene a un palmo.

Su perfume envuelve a Alma como una cadena invisible.

—Manos en la nuca. Piernas abiertas.

Alma coloca los dedos entrelazados detrás de la cabeza.

Separa los muslos.

Su sexo queda expuesto.

Labios hinchados y brillantes por la humedad que ya empieza a escaparse.

Helena desliza una mano entre sus piernas.

Sus dedos recorren la cara interna de los muslos.

Se detienen justo donde la humedad comienza a brillar.

—Estás empapada.

Miedo y ganas.

Me encanta esa mezcla en ti.

La millonaria traza, con la yema de un dedo, un círculo lento alrededor de la entrada de la joven.

Sin presionar.

Sin entrar.

Bordea el borde de sus pliegues.

Alma jadea.

Empuja las caderas hacia adelante buscando más.

Helena aparta la mano con un movimiento seco.

—Yo decido cuándo te toco.

Cuando entro

Cuando te corres.

Vas a aprender a esperar.

—¡AHHH!... POR FAVOR, SEÑORA HELENA... SIGA Y NO PARE, SE LO RUEGO...

Alma suplica, con el cuerpo ardiendo y los muslos temblorosos sobre el mármol.

Helena le da un suave golpe con dos dedos en el interior del muslo, justo donde la piel es más sensible.

—La mansión tiene sus reglas y hay que cumplirlas. Tu placer ya no te pertenece.

Alma respira entrecortada.

El cuerpo ardiendo.

Helena da un paso atrás y la contempla.

Los espejos del hall reflejan el cuerpo desnudo y tembloroso de Alma desde todos los ángulos.

Pechos enrojecidos.

Muslos brillantes de humedad.

Cara de pura desesperación excitada.

La mujer de blanco extiende la mano.

Alma la toma sin dudar.

Helena entrelaza sus dedos con los de Alma y tira de ella con suavidad implacable.

La guía por el pasillo que se abre como una garganta de lujo.

Los tacones de Helena repiquetean contra el mármol pulido.

Los pies desnudos de Alma se deslizan en silencio, dejando huellas húmedas que brillan bajo las luces empotradas.

El corredor parece no terminar nunca.

Techos altos.

Lámparas de cristal.

Tapices en las paredes de cuerpos femeninos entregados.

A cada lado, puertas entreabiertas revelan salas de riqueza infinita.

Bibliotecas.

Salones con muebles de terciopelo.

Un comedor con una araña de diamantes que centellea como un cielo estrellado.

El dinero aquí no es solo riqueza.

Es poder.

Es un mundo entero construido para dominar y poseer.

Alma camina con las rodillas flojas.

El sexo todavía latiendo con un vacío ardiente que le sube por el vientre como lava.

Los pensamientos de la joven se atropellan en su mente.

¿Podrá resistir todo esto?

Helena es mucho más que la mujer que se la folla.

Es una fuerza que ha construido este imperio de placer y control.

¿Y si su cuerpo se rompe antes de llegar al final?

¿Y si su mente se rinde demasiado pronto?

El pánico la envuelve.

Pero al mismo tiempo una fascinación salvaje la mantiene avanzando.

Cada estancia supera a la anterior.

Todo le recuerda que ahora puede formar parte de esto.

Que ya no será más la empleada del campo de golf.

Ahora puede ser la nueva en la mansión de Helena.

Helena nota el temblor en su mano y sonríe sin mirarla.

Desliza la palma libre por la espalda desnuda de Alma.

Baja con lentitud deliberada hasta ahuecar una nalga.

Sus uñas se clavan ligeramente en la carne suave.

Separa las mejillas con un movimiento posesivo que expone el ano y el coño todavía hinchado al aire fresco del pasillo.

El contacto es eléctrico, directo, sin la brusquedad anterior.

Alma suelta un jadeo entrecortado.

Pero en sus labios se dibuja una sonrisa diminuta, apenas una curva temblorosa.

Porque esas cosas de Helena le encantan.

La mujer mayor aprieta y suelta, masajeando la carne con ritmo lento mientras siguen caminando.

Cada paso hace que los muslos de Alma se rocen entre sí.

El roce constante y húmedo se extiende a su clítoris inflamado.

—Siente la mansión.

Cada rincón fue diseñado para que cuerpos como el tuyo se entreguen.

La joven recorre con la mirada la opulencia de las paredes, abrumada por el lujo.

Se detienen frente a un ventanal alto que da al jardín lateral.

La piscina brilla ahora más cerca, sus aguas turquesas iluminadas desde abajo.

Alma ve su propio reflejo superpuesto sobre el paisaje.

Una figura desnuda.

Pezones erectos.

Labios vaginales visiblemente hinchados y brillantes.

Helena se coloca a su lado, presionando el cuerpo vestido contra su piel desnuda.

Una mano sube hasta el cuello de Alma, rodeándolo con firmeza pero sin apretar.

La otra se cuela entre sus piernas desde atrás.

Esta vez no son dedos penetrantes.

Son las yemas recorriendo los pliegues exteriores con lentitud tortuosa.

Extiende sus propios fluidos hacia arriba.

Unta el clítoris sin llegar a frotarlo con fuerza.

El toque es ligero, casi cruel por su suavidad.

Alma empuja las caderas buscando más.

Helena retira la presión.

—Todavía no te toca.

Mírate en ese cristal, Alma.

Mira cómo chorreas frente a mis jardines y dime qué ves.

—Veo... veo a una sumisa desnuda, señora...

Alma gime, pegando su cuerpo al cristal frío.

—Una puta empapada que solo quiere que usted la rompa.

La millonaria vuelve a tomar su mano.

Continúan avanzando.

—Pronto… muy pronto… entrarás en mi salón prohibido.

La puerta lacada en rojo y negro, del salón prohibido, se acerca metro a metro.

Más amenazante.

Más irresistible.

Alma duda de su propia resistencia.

Pero la opulencia que la rodea la embriaga tanto que no quiere escapar.

Solo quiere caer.

Más profundo.

Más duro.

Más suyo.