Nunca traiciones al corazón (Las reglas del corazón 3) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

«Los hombres Ravenshaw buscan mujeres de su propia clase... o pagan generosamente por los servicios de las del demi-monde».

La señorita Carrington —Abigail— no era ninguna de las dos cosas.

La mujer al final del pasillo no dormía.

Abigail golpeó la almohada una vez más, buscando una suavidad como la de las nubes que adormeciera sus sentidos.

En cuestión de segundos, volvía a convertirse en un ladrillo, negándose a liberarla de sus remordimientos.

Finalmente, se incorporó, con los brazos apoyados en las rodillas.

¿Por qué había permitido aquel primer beso, por no hablar del segundo? Sabía por qué.

Había habido aquella terrible necesidad en él, un impulso abrumador de reafirmación de la vida. Rechazar una necesidad tan primitiva en aquel hombre, era como intentar detener la marea.

¿Y el segundo beso? Podría haberlo detenido. Él habría respetado sus deseos.

Pero no quise detenerlo. Tenía que saber...lLo que sea que haya entre nosotros. Mis propios sentimientos. ¿Y? Lo amo. Por eso no podía soportar oírle pedir perdón.

Sí. Le dolería demasiado saber que él lamentaba aquel momento, que lo veía como algo vergonzoso. Se cubrió el rostro con las manos.

Lo amaba. Le encantaba su ingenio, su cariño, su dedicación, su sentido del honor, incluso su orgullo. Y su mera presencia en su casa podía traerle la ruina al hombre al que amaba.

Se sacudió mentalmente y abandonó la idea de dormir. Iba a relevar a Baxter. Se puso una bata sobre el camisón y se pasó los dedos por el pelo. Abrió en silencio la puerta de la habitación de Nathaniel. Pero no era la niñera quien estaba sentada junto a la cama. Era Stefan.

Debía de estar medio dormido, pues se sobresaltó al oírla contener el aliento bruscamente.

—Disculpe, milord. No era mi intención molestarle. No podía dormir, así que pensé en relevar a Baxter. —Habló en voz baja, pero con cierto nerviosismo.

—La envié a descansar hace un rato.

—¿Cómo está? —Se acercó al otro lado de la cama y posó la mano sobre la frente de Nathaniel—. Pobrecito —murmuró.

—Creo que ha mejorado. Se ha calmado en la última hora más o menos, y ya no se revuelve tanto.

—No parece que tenga fiebre. —Alisó las sábanas, que ya estaban lisas, con la necesidad de hacer algo útil, por trivial e innecesario que fuera—. Me quedaré con él para que usted pueda descansar un poco, milord.

—No podré descansar hasta saber que está fuera de peligro.

—¿Debería marcharme, entonces?

Sí, debería marcharse, se dijo a sí misma. No era muy apropiado que estuviera a solas con Westmont en plena noche. Dudaba que un niño dormido pudiera considerarse una chaperona.

—No. Quédate, si te apetece. Me encantaría tener compañía. —Se levantó para buscar una silla en un rincón y acercársela a su lado de la cama, y ella supo que se quedaría.

—Gracias, milord.

Sus miradas se cruzaron por un instante y Abigail estuvo segura de que él también recordaba aquellos besos. Bajó la vista hacia el libro que él había dejado a un lado y cambió deliberadamente de tema.

—¿Puedo preguntarle qué está leyendo, milord?

Él sonrió.

—Solo si deja de llamarme «milord» en privado, señorita Carrington. Mis amigos me llaman «Stefan».

Ella le devolvió la sonrisa.

—Como quieras... Stefan. Y mis amigos me llaman Abigail, aunque a mi hermano se le escapa llamarme Abbie de vez en cuando.

—Abigail. Abbie. —Repitió las sílabas en voz baja, probando su sonido—. No. Eres más Abigail que Abbie. Más digna y majestuosa.

Ella se rio suavemente, encantada con el sonido de su nombre en labios de él.

—Hace que suene francamente estirado.

—No. En absoluto. Más bien segura de ti misma y llena de luz.

—¿Cómo es eso?

—Has traído luz —y risas— a mis hijos. Se divierten más desde que llegaste.

—Qué halagador. —Su tono denotaba un ligero atisbo de vergüenza.

—Yo nunca halago.

—¿Nunca? Eso debe hacerte muy popular en los salones de Londres —comentó ella con suave ironía.

—Casi nunca. Me parece que la mayoría de la gente prefiere la sinceridad. —Hizo una pausa y cogió el libro—. Estoy leyendo, releyendo, en realidad, la Odisea. Y es culpa tuya.

—¿Mia?

—Sí. Nathaniel y Becky no paran de hacerme preguntas. Tengo que ser capaz de responderlas.

A partir de ahí se lanzaron a una discusión sobre el clásico de Homero, para luego pasar a otras obras y otros temas. Abigail se alegró de que, aunque ambos parecían conscientes de aquellos momentos de pasión de antes, fueran capaces de recuperar su compenetración habitual.

También hubo largos periodos de silencio mientras velaban por el niño herido, pero no eran momentos de tensión ni de incomodidad. La compañía compartida del silencio era tan significativa como las palabras.

En un momento dado, ella fue a la cocina a prepararles un té. Ambos se sorprendieron un rato después cuando Baxter vino a ver cómo estaba el niño a su cargo mientras la luz del día se colaba a través de las cortinas de la ventana.

Nathaniel empezó a dar vueltas en la cama y a emitir pequeños gemidos en sueños. Finalmente, abrió los ojos.

—¿Papá?

Obviamente, se sorprendió al ver a su padre.

—Me duele muchísimo la cabeza.