Nunca traiciones al corazón (Las reglas del corazón 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Durante la siguiente media hora, los niños compitieron entre sí para entretener a la nueva institutriz y enseñarle sus juguetes favoritos. Luego llegó la hora de la merienda y de que la señorita Carrington se preparara para la cena.

Mientras se ponía un vestido gris de diseño sencillo, confeccionado en lana muy ligera, pensó con nostalgia en la seda marfil que colgaba en el armario de su habitación en Lincolnshire.

El encaje blanco en las muñecas y un fichú de encaje eran el único alivio a la severidad del vestido gris.

Se abrochó un medallón de oro y se dirigió hacia la puerta, pero entonces se acordó de sus lentes.

—Mejor no olvidarlas —se dijo a sí misma—. Algo tras lo que esconderme.

El mayordomo la condujo al salón, donde ya se encontraban la duquesa y una de las mujeres más deslumbrantes que Abigail había visto jamás.

Era rubia y tenía unos llamativos ojos azules.

Igual que los de su hija, pensó Abigail, pues aquella mujer tenía que ser la madre de Caroline.

Las acompañaba otra mujer de edad indeterminada y vestimenta modesta.

—Ah, pase, querida —dijo la duquesa—. Permítame presentarle a mi nuera, la marquesa de Westmont. Y a madame Duvall, su acompañante. Penélope, esta es la señorita Carrington.

—Su Señoría. Madame.

Abigail hizo una reverencia muy leve.

—Señorita Carrington.

La marquesa asintió con la cabeza a modo de saludo.

Abigail se dio cuenta de que la bella mujer hablaba con un marcado acento.

La acompañante no dijo nada, pero sí saludó a la recién llegada inclinando la cabeza.

Madame Duvall era una mujer menuda, con ojos brillantes y pequeños a los que no se les escapaba casi nada.

—Penélope y su acompañante son francesas —dijo la duquesa—. La familia de lady Westmont huyó del Terror cuando ella era muy joven. Madame Duvall se unió a ella hace unos años.

—Claire sigue siendo muy francesa, pero me temo que yo ahora soy completamente inglesa.

Penélope soltó una risa plateada.

—No tan completamente inglesa —dijo Stefan al entrar en la habitación—. Hola, Penny.

Saludó a su cuñada a la manera francesa, besándola en cada mejilla.

—Señoras.

Se dirigió a su madre, madame Duvall y la señorita Carrington.

Abigail observó con interés cómo la marquesa parecía florecer ante sus atenciones.

La mujer era, sin duda, encantadora. De rostro y figura agraciados, rondaba los treinta años, conjeturó Abigail.

Sin que ella pareciera imponerlo de ninguna manera, la conversación a lo largo de la velada se centró en temas de interés para la francesa.

Quería saber todas las últimas novedades de la ciudad y compartió chismes similares de la zona.

Stefan se reunió con su mayordomo al día siguiente y los dos realizaron una ronda de inspección por la extensa superficie que constituía su principal propiedad, Whitsun Abbey. Mientras cabalgaban, Jenkins informó a su señoría de los acontecimientos locales de interés.

—¿Siguen nuestros trabajadores nocturnos dedicándose a su oficio? —preguntó Stefan con exagerada ironía.

—Me temo que sí, milord. —Jenkins negó con la cabeza—. No tanto como antes de que terminara la guerra, pero, como bien sabe, todavía hay muchos que prefieren comprar y vender su coñac sin que intervengan los aduaneros. Y nuestras playas son muy convenientes.

—Sí. Estoy seguro de que muchas botellas de mis propias bodegas entraron en el país de esa manera —admitió Stefan con tristeza.

—Parece que ahora solo operan dos bandas locales. Respetan el territorio y los clientes de la otra. No se meten en sus asuntos, ¿sabe?

—¿Sabemos quiénes son?

—Oh, sí. La milicia lleva a algunos de ellos ante el magistrado de vez en cuando. A un par de ellos —unos tipos realmente brutales— los han deportado.

—Supongo que deberíamos tomar medidas más duras contra todos ellos.

Stefan sabía que, como principal terrateniente de la zona, dependía de él iniciar tal medida.

—No me gusta hacer eso en estos tiempos difíciles. Ya hay demasiados hombres sin trabajo vagando por las carreteras.

—Tal y como están las cosas, es más fácil vigilar el negocio —sugirió Jenkins.

—Es cierto.

—Si los empujamos a la clandestinidad, no habrá forma de saber quién hace qué.

—Entonces, ¿quién está haciendo qué? —preguntó Stefan.

—Un total de diez, quince, quizá más. Varía según el trabajo o el envío en cuestión. Fred Jones, de Bimford, dirige una de las bandas.

—¿Jones? —Stefan no reconoció el nombre.

—Sus padres tienen una posada en Bimford; se llama Three Sails West.

—Ah, sí. ¿Y el otro?

El mayordomo miró de reojo a su patrón, carraspeó y habló en voz baja.

—Es el hijo de su ama de llaves, milord.

—¿El pequeño Bobby Hoskins? No puede hablar en serio.

Jenkins se rio.

—Ya no es tan pequeño, señor. Es un muchacho grande y fornido, con mujer e hijo propios.

—Razón de más para que no se vea envuelto en asuntos tan turbios, entonces.

—Cierto, milord. Pero si reconociera que sabía del contrabando, tendría que tomar medidas formales, ¿no?

—Probablemente. Pero unas palabras a su madre deberían bastar como advertencia.