30
MADISON
Hace calor mientras corro por el exterior de la mansión como cada mañana antes de la salida del sol. La rutina es mi único desahogo; siento la ausencia de avances con mi tío como una losa en mis pulmones y la ruptura con Dorian atenta contra mi estabilidad emocional en demasiados momentos.
Han pasado seis meses desde la última vez que lo vi, desde ese día en el que me obligué a no volver a seguirlo ni a espiarlo para iniciar mi proceso de sanación.
Tras el incidente en mi casa lo vigilé durante dos semanas, pero, a pesar de su conducta autodestructiva, sobre todo con la bebida, no dio muestras de conocer mi secreto.
Es un chico impulsivo, si lo hubiera sabido, ya habría actuado. Por eso decidí luchar de una vez por todas para superarlo y seguir con mi vida sin él.
Ayer fue su último examen en la universidad, pronto se irá a Elberta para pasar el verano junto a su familia, lejos de Dallas, de Austin, de mí…
No ha habido ni un solo minuto de nuestro tiempo separados en el que no haya deseado correr a su encuentro, contárselo todo, suplicarle que se quede a mi lado, pero me he contenido por el bien de todos.
Dorian también se ha alejado de Juliette y de Ralph.
Ha estado centrado en sus estudios, en las carreras en el circuito, en entrenarse para la temporada del año que viene y en acudir a muchas fiestas con sus nuevos amigos.
Lo llamaron al principio, una y otra vez, cuando la escalada de dolor por mi desaparición lo sumió en la rabia y en el alcohol, sin embargo, les explicó que necesitaba olvidarme, empezar desde cero, alternar con personas que no le recordaran a mí. Y los alejó.
El primer mes seguí tan enganchada a él que me costaba no mirar su móvil ni rastrear sus movimientos en la web, pero me obligué a no hacerlo, y poco a poco he resistido la tentación de mantenerme asida a su vida.
Aunque no he logrado arrancármelo del alma; es un objetivo demasiado alto. Dorian es mi corazón. Mi amor para siempre. La única persona a la que voy a querer el resto de mi vida. Y no puedo tenerlo.
Ojalá encontrara una forma de cambiar esa realidad. Me culpo por no darle la posibilidad de elegir, por haberlo abandonado sin abrirme a él, por desconfiar tanto de su forma de actuar.
Si como mínimo mi tío, Candy o Carl hubieran dado un paso para luchar contra la imposible necesidad de liberarme de su yugo, si tuviera un aliciente con el que olvidarme de mis sentimientos punzantes…
Pero mis primos y Albert han demostrado demasiadas veces su capacidad para esperar al momento propicio, su paciencia infinita, su calma para avanzar sobre seguro. Y me desespera porque he llegado a mi límite, y estoy a punto de caer en una depresión nerviosa.
Carl sigue en esa isla, Candy en la universidad, sin confiar del todo en Juliette y Ralph, y mi tío en paradero desconocido, enviando sus mensajes a través del periódico, pero sin dar muestras de querer actuar.
¿Cuándo terminará esta tortura?
Paso de largo el circuito y enfilo hacia la casa con un ritmo constante.
Hoy es sábado, mis amigos tardarán en salir de su habitación y reunirse conmigo en el salón, les gusta demasiado holgazanear hasta las tantas los fines de semana .
A veces envidio su capacidad para pasar tantas horas en la cama por la mañana, de descansar; yo no puedo, tengo demasiados fantasmas acosándome y apenas consigo cerrar los ojos unas cuantas horas durante la noche.
Al acercarme al jardín escucho gritos de Ralph, de Juls y de una voz que no acabo de ubicar en la mansión.
Aprieto el paso para asegurarme de que mi mente no me está jugando una mala pasada y, cuando llego al porche, me paro en seco, con el corazón aporreando las costillas, el sudor aumentando y la respiración casi a punto de llegar a una velocidad insondable.
—¡No llevas el móvil! —grita Juliette mirándome con horror—. ¡Joder, Maddie! ¡Deberías coserte el puto teléfono a una mano!
Todavía tiene rastros de sueño adheridos a su rostro, la cabellera despeinada y va en pijama. Parece como si no hubiera tenido ni tiempo de reaccionar. Mis ojos están perdidos en una persona que no debería estar aquí. No lo entiendo.
¿Cómo ha entrado? ¿Qué hace? ¿Qué sabe? No reacciono, no hablo, no soy capaz de procesarlo.
—Ha aparecido sin avisar —anuncia Ralph con la voz cargada de ira, mirando hacia la otra persona que está en mi casa, la única que nunca he esperado ver aquí y que me llena el cuerpo de temblores, necesidad y resuellos—.
El tío ha fingido estar borracho como la última vez.
—Resopla—. Y, claro, le he dicho a Michel que lo dejara pasar. Pero el capullo está muy sobrio.
Soy incapaz de moverme, hablar o procesar lo que está pasando. Mis ojos se centran en él. En lo cerca que está. En cómo ocupa el espacio.
¿Por qué me mira como si ya lo supiera? ¿Cómo ha llegado a mi porche? ¿Por qué no habla? ¿Por qué Ralph y Juls no lo han detenido a tiempo? ¿Y por qué el jodido Michel lo ha dejado entrar?
Siento su furia posarse en mí, cómo sus engranajes cerebrales conectan las piezas y le dan una clara visión de la realidad.
Las lágrimas se desbocan. No tengo ni idea de por qué reacciono así, pero siento todo mi cuerpo a punto de romperse, como si mi corazón no pudiera soportar ver cómo entiende la situación, quien soy y cómo le he mentido.
—¿Ash? —pregunta con cabreo, obviando de forma magistral la acusación de Ralph—. ¿Qué coño haces aquí?
—Yo… —No me salen las pa labras, tengo la boca seca, la voz atragantada—. Yo…
Da un par de pasos rabiosos hasta quedarse enfrente de mí, con una expresión demasiado tensa como para temerme una reacción templada.
Me pongo a temblar, mi llanto arrecia. Está aquí, lo tengo a pocos metros, ha descubierto mi secreto…
Y solo anhelo besarlo y borrar todos los meses de separación. Pero no es tan fácil.
—¿Tú qué? —me espeta avanzando todavía más, hasta quedarse tan cerca que siento su calor atraparme—. ¿Era todo una puta mentira? ¿Eres Madison Gardner? —Ahora sus manos me agarran los hombros y me zarandea—. ¿Lo eres?
Ralph se adelanta para detener su escalada de agresividad.
—Contrólate, tío.
—¿Que me controle? —grita soltándome y enfrentándose a nuestro amigo—.
¡Me habéis mentido en la puta cara! ¡Hostia!
¡Vivís con ella! ¡Y yo muriéndome por encontrarla!
—Su voz destila tanto odio que me doblo por la mitad hacia delante, presa de una intensa desesperación.
Dorian se acerca a Ralph y le asesta un puñetazo en la nariz, de la que empieza a brotar mucha sangre—.
Dejasteis que me pudriera de dolor mientras la teníais a vuestro lado.
Juliette corre a socorrer a su novio y le lanza una mirada furiosa a Dorian.
—¿Se te va la olla? —grita mirándolo con rabia—.
Apareces aquí a las seis de la mañana sin venir a cuento, nos acusas de haber puesto distancia entre nosotros, de haberte abandonado, ¿y cargas contra nuestra jefa como si tuviera la culpa?
¡Te has colado en su zona sin escucharnos!
—Su enfado va creciendo a medida que habla—.
¡Joder! Si incluso te has metido en su habitación. ¡La has buscado como un perro rabioso!
—Desde que trabajáis y vivís con Madison Gardner me habéis dejado de lado —masculla Dorian—.
La culpaba de eso, de estar solo, de haberos alejado cuando más os necesitaba.
Y sí, joder, quería verle la cara a la zorra.
Por eso he venido a esta hora, porque en Internet no se prodiga nada y quería cogeros de improviso.
—Sus ojos destilan rabia—. Imaginaba que era una cabrona, pero jamás pensé que fuera Ashley.
No tiene sentido nada de lo que explica, es absurdo que haya concentrado su rencor en Madison, ni su presencia aquí ni cómo me ha descubierto. Mi mente dispara una alarma silenciosa, pero no la escucho porque estoy tan perdida en mi dolor que apenas soy capaz de procesar la situación.
Dorian le da la espalda a nuestros amigos para volver a agarrarme de los hombros. Sus dedos se crispan tanto en mi piel que me hacen daño. Y su mirada es tan fría, tan letal…
—¿Por qué? —pregunta con la voz herida—. Lo eras todo para mí, Ashley. No debiste mentirme.
—Mi vida es demasiado complicada —susurro apartando la mirada, porque no soporto la suya—. Hay mucho en juego y tú…
—¿Yo qué? —Me zarandea tras unos segundos en silencio.
Inspiro en busca de la fuerza para pronunciar mis siguientes palabras. Todavía no entiendo cómo hemos llegado a este punto, cómo es posible que me haya descubierto, qué hace aquí, cómo ha entrado. Pero ahora eso es irrelevante porque mi única salida es confesar.
—Eres impredecible —admito al fin—. Mi situación es compleja, hay mucho en juego, más de lo que imaginas. Si te lo hubiera dicho, si te hubiera dado la oportunidad de entrar en mi mundo, podrías haberlo destruido todo, podrías haber resultado herido, o incluso algo peor.
—¡Venga ya! —suelta con mucha rabia—. ¿Vas a intentar meterme el miedo en el cuerpo? ¿Es eso? Porque no cuela.
Ralph ya no sangra, por eso se acerca a él de nuevo y le habla con calma.
—Tío, vamos a tranquilizarnos un poco.
—¡Ni de coña! —grita Dorian acercándome a él tanto que nuestros cuerpos entran en contacto.
A pesar de la situación, reacciono con ardor, con necesidad, con deseo.
Lo amo demasiado, y llevo mucho tiempo echándolo de menos—.
Lárgate con Juls y déjame a solas con ella.
Ya hablaré con vosotros en otra ocasión, ahora quiero que Ash…
¡Madison, joder!, me cuente de qué coño va todo esto.
—Estás demasiado alterado para dejarte a solas con ella —interviene Juliette.
Subo los ojos para centrarme en la mirada de Dorian y en ella encuentro algo que me corta la respiración. No es solo rabia. Hay deseo. Crudo. Tenso. Como si estuviera a punto de romperse… o de romperme a mí.