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—Ojalá pudiera creerte —musita moviéndose para mirarme a los ojos—. La última vez que te vi… Fue duro, me dejaste claro que sigues colado por ella. —Suelta un suspiro y niega con la cabeza—. Me cuesta muchísimo creerte… —me observa con detenimiento—. Y menos así, de repente.
Trago bilis. Soy un cabrón insensible que no merece el amor de esta mujer ni de ninguna otra, pero otra vez desafío a mis escrúpulos y pienso en hacerle daño a Ash, en cómo el amor me ha roto.
Entonces sonrío, entro en modo depredador y miento, sin importarme sus sentimientos ni los de nadie.
Porque la venganza capitanea mi vida ahora.
—Me equivoqué —suelto como si fuera verdad, y sí, algo en mi interior se retuerce, incluso sudo demasiado en algunas zonas porque estoy a punto de cruzar una línea de no retorno, pero solo necesito reproducir la visita a la mansión Reynolds para proseguir—.
Pensaba que seguía enamorado de ella, pero desde esa fiesta no he podido dejar de pensar en ti ni un día.
—Le acaricio los labios con el pulgar—. Y me he dado cuenta de la verdad. Quiero intentarlo contigo.
Durante un rato me evalúa, como si algo no terminara de encajarle.
—¿De verdad? —pregunta con entusiasmo contenido—. Me has confundido en más de una ocasión. Me cuesta confiar en ti…
—No he hablado tan en serio en mi puta vida —susurro en su oído—. Dame una oportunidad, no te arrepentirás.
Se pasa unos minutos mirándome en silencio. Su rostro muestra varios sentimientos, como si intentara decidir si creerme o no.
—Vamos. —Se levanta y me tiende la mano, aunque tarda un segundo de más en decidirse—. Tengo el coche aquí mismo, mi apartamento no está lejos. —Se acerca a mi oído—. Y vivo sola. —Se detiene un segundo y me mira con intensidad—. Te voy a dejar a prueba… Espero que la pases con nota.
—Lo haré. —La detengo un segundo—. Vamos a ir despacio, a mantenerlo en secreto, a no permitir que nadie se entrometa en lo nuestro.
—Me parece una idea genial.
No necesito nada más para saber que acabo de ganar una batalla y que me espera una noche de sexo increíble, el preludio perfecto para destruir a la capulla de Madison Gardner y despojarla de cualquier posibilidad de redención.
Salgo con Bella a la noche estrellada. No me ha soltado la mano en ningún momento, ni ha rebajado la sonrisa ni se ha permitido valorar demasiado su decisión.
Es como todas, joder, acaban cayendo cuando les das justo lo que quieren oír.
Y no se da cuenta de mis verdaderas intenciones, de cómo mi corazón se ha convertido en piedra.
Al llegar frente a su coche me agarra de la cintura, me acerca a ella y me planta un beso en los labios.
Tardo un segundo en reaccionar, porque no es Ashley y no siento esa pasión arrebatadora que me invade al estar con ella.
Pero entonces evoco ese día en la mansión Reynolds, y la rabia toma el control de mi cuerpo.
Agarro a Bella con fiereza, la empujo contra la carrocería, la bloqueo con mi cuerpo y profundizo en el beso sin dejar de tocarla con lujuria desenfrenada. Ella contesta a mis gestos con gemidos intensos, como si no quisiera quedarse atrás.
Y yo me vengo muy arriba pensando en cómo le dolerá a Ashley saber que estoy con Bella, que me la he tirado una y otra vez, que he disfrutado con ella, que la he tenido en mi cama.
—¿Seguimos en tu habitación? —propongo—. Este lugar es demasiado público.
Asiente y se mete en el coche para conducir con rapidez.
Una vez llegamos a la residencia, tira de mí para encerrarnos en su cuarto y se lanza a devorarme. No puedo dejar de pensar en Ash. Y eso me cabrea más que cualquier otra cosa. Joder, son sus labios los que beso, su cuerpo el que toco, su olor el que me impregna los sentidos.
«¿Y si vuelve a enfadarse conmigo por algo? Podría actuar de forma irreflexiva y poner a demasiada gente en peligro. Lo sabes tan bien como yo. Y en esa gente están incluidas vuestras familias, y la suya. ¿Estáis dispuestos a pagar el precio? Porque yo no lo soportaría, y él tampoco».
¡Qué cojones! La voz de Ash se filtra por mis venas.
Me cabreo, beso todavía con más intensidad a Bella, le recorro la boca con la lengua, la devoro en busca de aniquilar esos recuerdos, de borrar a Ashley de mi mente. Pero ella se niega a desvanecerse, es como si se hubiera adherido a mi cerebro.
El rencor crece y el pánico que contenía la voz de Ashley se borra de mi mente, igual que la vocecita insistente y llena de advertencias acerca de cómo estoy a punto de cagarla.
Y me repito una y mil veces que me da igual que hablara de vencer a su familia con ese resquicio de terror, como si fueran el demonio, esa afirmación categórica de que pondría en peligro a demasiadas personas, su ansiedad, su desespero al nombrar a algunos que podrían hacer volar su mundo en mil pedazos.
Me da igual si Ralph y Juliette también parecían aterrados con la idea de que pudiera enterarme de la verdad y actuar como lo estoy haciendo.
No me planteo indagar la razón de su temor.
Porque en este momento lo único relevante es destrozarla.
Y lo voy a hacer. La dejaré tan inservible que no levantará cabeza nunca más.