30 #2
El aire se vuelve más denso. Siento el hormigueo en los labios antes de que ocurra nada, como si mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza. Como si supiera algo que yo me niego a aceptar. No es normal. No después de cómo ha entrado. No después de lo que ha hecho. Pero no soy capaz de apartarme.
Nos quedamos enganchados en esa mirada durante unos segundos que se estiran más de la cuenta, cargándose de algo denso, incómodo… peligroso.
—Está bien —susurro—. Dejadnos solos.
—¿En serio? —pregunta Juliette con incredulidad.
—Sí. —Lo digo con fuerza—. Por favor. Estaremos bien.
Mentira.
Los escucho rezongar mientras se alejan.
—Estamos a dos pasos si nos necesitas —dice Ralph.
Y entonces, en cuanto desaparecen, Dorian se mueve.
Sus labios chocan con los míos con una violencia que me descoloca.
Me arrastra. Me invade. Escucho la alarma en mi cabeza.
Estalla porque algo no encaja. Algo está mal.
Pero cuando intento agarrarme a ese pensamiento, ya es tarde, porque lo necesito.
Porque lo echo demasiado de menos. Porque mi cuerpo ya ha decidido por mí.
Gimo contra su boca mientras le devuelvo el beso, atrapada entre esa urgencia y la certeza incómoda de que debería apartarme. No lo hago.
Sus manos me agarran con fuerza, demasiado fuerte, y, aun así, me aferro a él cuando me eleva del suelo. Le rodeo la cadera con las piernas, incapaz de pensar en nada más que en él. En lo que creía perdido.
Empieza a caminar hacia mi habitación sin reparar en nada más que en nuestros besos hambrientos. Y yo dejo que lo haga. Aunque algo dentro de mí siga gritando que esto no va a acabar bien.
—Joder, Ash —susurra contra mis labios una vez traspasamos la puerta y consigue llegar a la cama—. Llevo tanto tiempo deseándote que no puedo cabrearme contigo.
Termino tendida sobre el colchón, sin nada de ropa.
Y él se queda un segundo mirándome mientras se deshace de su pantalón.
Sus ojos están llenos de lujuria, de la más penetrante.
Ya no hay rastro de esa furia de antes, pero algo me avisa de que volverá, de que solo estamos en el preludio de lo que me romperá en mil pedazos.
Presiento que debería averiguar por qué está aquí. Hay una razón, lo sé. Pero no quiero romper el momento, ni destrozar la posibilidad de tenerlo dentro de mí, ni pensar. No ahora.
—Te quiero —susurro—. Siempre te querré.
No tarda nada en entrar en mí. Sin preliminares, sin contestar a mi declaración, sin preservativo, solo empujado por el deseo de fundirnos en uno.
Lo miro y descubro dolor en su cara, pero también hay un resquicio de odio que me hiela la sangre.
Sé que debería analizarlo en vez de arrastrar esa sensación al fondo de mi alma y atraerlo hacia mi boca para besarlo.
Y, una vez más, desoigo la voz racional de mi cabeza, esa que indica con luces de neón que algo no cuadra, que no debería seguir adelante, que hacerlo acabará conmigo…
Se hunde con fuerza en mi interior, sin dejar de mirarme, y cuando me encuentro con sus ojos solo descubro en ellos frialdad, decisión, rencor.
Mi corazón se fragmenta en mil pedazos.
Y lo sé.
Sé que esto no es amor. Que es el golpe final.
Aumenta el ritmo, sube las manos y me las clava en los hombros, con fuerza, mientras me invade con una dureza implacable, impulsado por la venganza.
Y empiezo a llorar. Mis ojos derraman el dolor de reconocer que Dorian no busca demostrarme su amor, que solo quiere hacerme daño, destruirme.
Y sé que lo va a conseguir. Pero es demasiado tarde para huir.
Cuando llega al orgasmo, su sonrisa helada me perfora el alma. Me mira con los gemidos del éxtasis como banda sonora para mostrar un odio colosal, y me rompe en mil pedazos.
—Vas a desear no haberme conocido — anuncia separándose de mí con un gesto rápido—. Eres la peor persona de mi vida, Madison Gardner.
Me encojo para abrazarme y taparme con la sábana, soy incapaz de moverme más, mi cuerpo tiembla. Ha conseguido convertir el acto en un castigo. Veo cómo se viste sin perder la sonrisa de depredador, aunque en sus ojos hay algo que no alcanzo a descifrar.
Necesito abrazos, ternura, pero solo obtengo desprecio. Intento aguantar el llanto en mis ojos, pero no lo logro. Esta vez ha traspasado mis defensas y me ha alcanzado como si una bala hubiera impactado en mi cuerpo.
Cuando está completamente vestido, se acerca a mí, baja un poco el cuerpo para susurrarme algo al oído, y me deja algo al lado.
—Ojalá te pudras en el infierno, Madison. —Son sus últimas palabras antes de dejarme destrozada y salir de mi vida otra vez.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que soy capaz de moverme. Solo sé que mis amigos han entrado en la habitación y me hablan, aunque no proceso sus palabras. Ni nada. Estoy perdida en lo que acaba de pasar.
—Maddie. —Siento cómo Juliette se sienta a mi lado, me tiende mi bata y me abraza tras ayudarme a ponérmela—. ¿Qué ha pasado?
Abro los ojos, porque los tengo cerrados desde su despedida, me enderezo un poco, y veo la tarjeta que ha dejado a mi lado.
Mi corazón se acelera, es como el preámbulo de lo que está a punto de destrozarlo del todo.
Mi amiga me deja espacio para que mis dedos temblorosos la cojan.
No me vuelve a preguntar nada, sabe que necesito mi tiempo.
Cuando leo sus palabras dejo de respirar.
«Recuerda… Nunca te perdonaré».
Y entonces le doy la vuelta a la tarjeta y el mundo deja de girar. Todo explota. Es una invitación a una boda. De Dorian y Candy. Dentro de un mes.