Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 29
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DORIAN

Me levanto de la mesa de la biblioteca de la universidad donde me he pasado horas buceando en uno de los ordenadores públicos.

Llevo encima un cabreo de tres pares de narices, uno que me recorre por dentro como si me hubieran dejado el cuerpo lleno de cristales, porque todavía no he procesado toda la mierda que escuché hace diecinueve días en el jardín de Madison Gardner.

Ni la presencia de mis amigos ahí. Ni la traición que me agria el estómago cada vez que la recuerdo. Ni las ganas de devolvérselo todo, de verles la cara cuando entiendan lo que han hecho. Ni, mucho menos, la realidad que pinta Internet acerca de mi ex.

De Madison Gardner.

¡Joder! Golpeo la pared al caminar hacia la salida.

Todavía no me hago a la idea de que Ashley y la jefa de Juls sean la misma persona.

¿Cómo cojones han podido engañarme de esta forma?

Me mintieron a la cara mil veces, sin confiar en mí, sin darme la oportunidad de estar a su lado, sin mentiras ni secretos.

Los tres. Me han tratado como a un indeseable. Y lo van a pagar.

Los primeros siete días después de la revelación me los pasé bebiendo sin parar, intentando borrar la realidad, como si el whisky pudiera recomponer los pedacitos de mi corazón que ya no encajan. Me dormía amorrado a la botella, intentando ahogar los pensamientos.

¡Son unos jodidos traidores de mierda!

Aprieto los dientes, los puños, los músculos faciales, y resoplo poseído por la ira. Esa noche me destruyó. Mientras escuchaba cómo Ashley —Madison, joder— confesaba no atreverse a explicarme su verdad por miedo a mi reacción y que los pusiera en peligro, la rabia iba creciendo en mi corazón.

¿Es Madison Gardner? ¿Ashley McGregor no existe?

¿Todo fue una farsa? ¡Cómo puede ser tan mezquina!

Durante años me ha acusado de traicionarla una y otra vez, de no ser capaz de confiar en lo nuestro.

¡Incluso escuché con mis propios oídos cómo me acusaba de ser impredecible!

¿Y ella me ha troleado en lo más importante?

¿Me ha ocultado quién es? ¿Ha sido incapaz de contármelo?

La odio.

¿Cómo se atreve a culparme a mí de ser el destructor de lo nuestro?

Salgo a la calle con pasos largos y rápidos. El frío de este diecinueve de noviembre me toma desprevenido. No es muy penetrante, pero tampoco voy abrigado, porque me la suda pasar frío últimamente.

Dejé de beber hace doce días. La bronca del entrenador fue suficiente para sacarme de esa mierda, y más después de mi pésima actuación en el último partido —perdimos porque aparecí borracho en el campo.

Su discursito cabreado fue épico y suficiente para alejarme de mi flagrante autodestrucción—, pero no tengo interés en nada más.

Entrenar, engrosar mis músculos y perpetrar mi venganza.

Es lo único que me mantiene en pie. Porque voy a destrozar a Ashley —o Madison, o como quiera que se llame— y a los cabrones de mis mal llamados amigos.

Se merece arrastrarse por el barro y, tras mis pesquisas y analizar sus palabras de esa noche, sé cómo hacerlo.

He esquivado con nota todos los intentos de Juls y Ralph para quedar conmigo estas últimas semanas.

Me he escudado en los entrenamientos y los exámenes, y he actuado lo mejor posible en los mensajes para evitar que descubran mis intenciones.

También he obviado la presencia de la chica de la capucha en muchos momentos.

Ha aparecido demasiadas veces, la he visto, la he sentido y la he ignorado con nota.

Eso me ha dado la potestad de hacerle creer a Ash que ha pasado desapercibida, pero desde que conozco su secreto me he vuelto más intuitivo en ese sentido.

Lleva seis días sin aparecer, tras mi declaración a mis amigos por mensaje de que había superado a Ash y quería seguir con mi vida sin que ella me importunara. Eso la alejó de mí, y lo agradezco porque a partir de ahora necesito mantenerla apartada.

Me he empapado de la vida de Madison Gardner en los ordenadores públicos para no dejar rastro.

La muy capulla tiene los medios y los conocimientos para pincharme el móvil e interceptar cualquier conexión a la red en mis dispositivos.

Y haberme escondido a tiempo esa noche me permite gozar de ventaja.

No tiene ni puta idea de que lo sé, ni se espera mi golpe ni va a descubrirme antes de tiempo.

Camino hacia mi coche repasando en mi mente cada uno de mis próximos pasos, ideando la parte más importante. Sé cómo atacar. La dejaré tan rota que nada conseguirá remendarla después.

A veces la suerte está de nuestro lado, aunque no lo sepamos a priori. Por eso tengo la pieza más importante a mi alcance para darle donde más le duele, para hacerla papilla y devolverle el golpe.

Sonrío con una hebra de dolor, acompañado por el resquemor y la determinación de no pensar en nada más que en asestarle la mayor de las puñaladas en el corazón, porque voy a hacer daño a gente que no se lo merece si sigo adelante, y me da igual.

Solo quiero joderle la vida a la capulla de Ash…

—¡de Madison Gardner, joder!—. Ya no me importa ser una buena persona, ni convertirme en un cabrón egoísta ni preocuparme por a quién me llevo por delante para conseguir mis propósitos.

Solo me guía mi deseo de herirla más de lo que ella me ha lastimado a mí. Y solo vale eso: conseguirlo.

Conduzco hasta mi casa para prepararme, con la atención muy puesta en detectar a mi ex disfrazada con una capucha. No la quiero cerca hasta el momento preciso, y he de ir con pies de plomo para conseguir llegar hasta el final sin cagarla.

Mi vida está a punto de cambiar, de entrar en una dimensión muy alejada de la anterior, de jugar en otra liga, la de destrozar a Ashley y sus secuaces.

Esta noche, tras el partido, iré a una fiesta, y allí voy a deshacerme del celibato mientras avanzo en mis maquinaciones.

Ese será mi primer acto contra ella, contra su memoria, contra su presencia en mi corazón.

Ralph vuelve a llamarme cuando entro en el piso.

Estas últimas dos semanas lo ha hecho con bastante asiduidad, preocupado por mi distancia, por cómo bebía hasta perder el sentido, por mi bajo rendimiento en los partidos.

Me excuso en mi corazón roto, en mi añoranza, en cómo sigo fustigándome por haber perdido a Ash.

Su comportamiento no difiere en nada del de los dos meses anteriores, pero ahora, cada vez que hablo con él, la rabia es mi única compañera y deseo sacar todo mi resentimiento en forma de palabras hirientes.

Sin embargo, me controlo para no darle pistas que puedan alertarlo de que voy a por ellos.

Como en cada conversación desde la noche de Halloween, noto cómo intenta descubrir si sé algo acerca de la verdad. Ella me vio en el jardín, sentí cómo sus ojos me detectaban, pero mi actuación desde ese día ha sido muy creíble y no he dado ni una sola pista de que estuviera allí.

Uno de mis rasgos característicos suele ser explotar al momento, reaccionar por impulso, por eso estoy convencido de que he logrado convencerlos de mi ignorancia y ahora eso me ofrece carta blanca para trabajar en mi venganza con alevosía y planificación.

Me paso tres horas en el gimnasio preparándome para ser el mejor quarterback de la historia en el partido de hoy.

La semana pasada di un espectáculo patético y no quiero seguir en esa línea.

El fútbol es mi prioridad, mi futuro, la única parte de mi vida que no pienso tirar por la borda por culpa del rencor.

Es el pasaporte para alcanzar mis metas y nada ni nadie me lo arrebatará.

Cuando llego al estadio a la hora señalada, estoy motivado, preparado y muy centrado en ganar.

Hoy jugamos en casa contra uno de los huesos duros de la última temporada, va a ser difícil, pero no pienso tolerar una derrota, ya que la victoria será un nuevo escalón hacia la Sugar Bowl de este año y no desperdiciaré la posibilidad de ganar el campeonato nacional por segunda vez consecutiva, así que el partido ha de ser nuestro.

Animo a los chicos, les suelto una charla rápida antes de la del entrenador y me disculpo por mis últimos partidos.

La lucha por la victoria es reñida e intensa. Una vez en el campo borro de mi mente todo lo demás, solo importa anotar, correr, vencer al equipo contrario y hacerme con la posibilidad de volver a alzar a los Longhorns con la copa más importante del fútbol universitario.

Dejo a un lado mi dolor, reconduzco la ira hacia el lugar correcto y la uso para correr más rápido, para batallar con mayor precisión, para sacar el grado de agresividad suficiente y repeler los ataques del contrario, para marcar los touchdowns capaces de darnos la ventaja en el marcador.

Y, al final, nos alzamos con el triunfo gracias a mi gran rendimiento, dando un paso más hacia la semifinal nacional que se celebrará la noche del 1 de enero, tras las vacaciones de las fiestas navideñas, y en la que pienso estar para ganar de nuevo los playoffs .

En diciembre regresaré a casa para pasar solo Nochebuena y Navidad con los míos antes de volver para entrenar sin tregua con vistas a la Sugar Bowl. Nada me apartará de mi destino.

Hay felicitaciones al entrar en el vestuario, gritos entusiastas de mis compañeros, palmadas en la espalda, una charla muy entusiasta del entrenador y una corriente de emoción mientras me ducho y me cambio.

Pero permanezco al margen de esos sentimientos, no puedo alcanzarlos, ya que el sufrimiento ha vuelto con una mayor potencia, como si quisiera arrasarme.

Disimulo al máximo, fuerzo una sonrisa de suficiencia que no siento y contesto a las palabras de mis compañeros de equipo con la mayor entereza posible, fingiendo estar feliz, cuando la realidad dista mucho de esa definición.

Porque estoy jodido. Desquiciado. Vapuleado por demasiadas emociones contradictorias.

Pero me aferro a una sola, a la más importante, a la única que me mantendrá en pie y me alejará de cometer más gilipolleces: el odio.