28 #3
Me llevan de nuevo al sofá, donde permanezco sentada, pero sin dejar de moverme inquieta.
Durante los siguientes minutos nos dedicamos a escuchar cómo la realidad desmiente mis intuiciones.
Dentro del recinto de la mansión no hay cámaras porque adoro demasiado mi privacidad, pero sí las hay en el muro que rodea la casa, junto con sensores de movimiento, y en ninguna imagen sale Dorian ni se ha disparado ninguna alarma.
La revisión de los alrededores no desvela la presencia del coche de Dorian. No ha entrado por la garita ni ha podido colarse por el muro sin ser visto.
Media hora después los guardas han recorrido todo el perímetro sin hallar ningún indicio de allanamiento.
En un subidón de ansiedad, corro a la entrada que hay escondida en el garaje del circuito, la que uso cuando me escapo, pero está tal y como la he dejado, sin señales de haber sido utilizada por otra persona.
Corro por el pasadizo con el corazón golpeándome de una forma tan violenta que por momentos siento que va a delatarme él solo, para asegurarme de que nadie, aparte de mí, ha pasado por ahí, incluso miro si hay pisadas, pero el suelo es de cemento…
Observo el panel de entrada, los números, la pantalla.
Un recuerdo de mis meses idílicos con Dorian se cuela en mi mente para despertar la angustia.
Estábamos en una playa de Alabama, tumbados en la arena, de noche, con la atención puesta en las estrellas.
Dorian me preguntó cuál sería mi contraseña ideal.
Entonces mi pericia con los ordenadores le era ajena, no tenía ni idea de que conocía demasiado bien la necesidad de buscar códigos infranqueables, ni se lo podía explicar.
Así que pronuncié la fecha de nuestro primer beso, de ese Halloween que lo inició todo.
¿Y si ha estado aquí? ¿Y si lo ha recordado?
¿Y si ha entrado por aquí sin dejar rastro?
Busco señales de su presencia por los alrededores, sin dejar de escuchar el latido frenético de mi corazón repiquetear en muchos recodos de mi cuerpo. Fui una estúpida al poner esa contraseña en la entrada, lo hice en un arrebato de nostalgia, segura de que Dorian jamás se acercaría a esa puerta.
No hay cámaras en ella ni ningún tipo de sistema de seguridad porque necesito mantenerla en secreto y cualquier rastro digital podría interceptarse. Para proteger mi libertad de entrar y salir sin ser vista.
¿Acaso me he equivocado?
Soy una obsesa de la seguridad, debería haber protegido mejor esa entrada, haber puesto un reconocimiento facial o de huella dactilar, un sensor de movimiento, un programa que registrara cualquier abertura.
Y no lo hice. Dejé esa puerta expugnable.
Una vocecita insidiosa se ensaña con mi mente para descubrirme una razón demasiado peligrosa para actuar así. ¿Acaso esperaba a Dorian?
Tras una intensa hora de rastreo por los alrededores y el jardín de casa, regreso al salón. Quiero convencerme de que solo ha sido una jugada de mi cerebro ávido de él, pero en el fondo, estoy convencida de que ha estado aquí, de que lo sabe, de que ha sido un testigo de excepción de mi realidad.
Tiemblo.
El miedo me obstruye las cuerdas vocales, las ahoga.
Intento cambiar mis sensaciones, obligarme a creer que no era él, escuchar las palabras atinadas de mis amigos cuando argumentan la ausencia de evidencias del paso de Dorian por aquí.
Desconoce la entrada, no he visto a nadie en el pasadizo, no tiene ningún sentido imaginarlo allí.
Sin embargo, nada consigue rebajar la certeza, una difícil de acatar, de asumir, de digerir. ¿Y me ha descubierto? ¿Y si ya lo sabe?
Siento el cuerpo tensarse como si acabara de activarse algo que no puedo detener.
¿Y si es el principio de una guerra nuclear? ¿Y si haber sido tan descuidada acaba de sentenciar la vida de demasiadas personas?
—No puedes seguir así, Maddie, acabarás enferma —comenta Juliette cuando cojo la botella de José Cuervo, coloco los vasos de chupito sobre la mesa y me decido a emborracharme para enterrar mis pensamientos descontrolados—. Es imposible que fuera él. Estás desquiciada. Has de reconducir tu vida.
Tanto ella como Ralph están convencidos de que solo lo he imaginado, y yo tengo un enorme nudo en la garganta y el corazón desmigajado en tantos pedazos que no sé si algún día volverá a estar entero. Porque tienen razón, aunque me niegue a asumirlo.
Tardo muy poco tiempo en estar tan ebria que apenas soy capaz de pronunciar su nombre.
Y, cuando caigo rendida en la cama, me prometo ser más fuerte a partir de ahora, encontrar la manera de hablar con él, actuar como debo, averiguar si de verdad lo sabe, acabar con la incertidumbre y contarle toda la verdad para evitar que nos lastime.
El sueño me vence, pero la ansiedad se apodera de mi razón. Debo hablar con él, pero no tengo claro si estoy preparada para enfrentarme a su arranque de ira, para ver sus ojos heridos de muerte, para escuchar su inquina al descubrir mis falacias de mi propia boca.