Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 28 #2
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—La buena noticia es que no volverá a Dallas porque podrían arrestarlo —comenta Juls—. Y seguro que tarde o temprano nos lleva a tu tío.

Un ruido lejano me pone en alerta. Escaneo la negrura en busca de su origen, con el pulso a mil. No veo nada anómalo. Pero el eco se me queda dentro, como si no terminara de apagarse.

Me pongo un trozo de pizza en la boca, lo mastico con fuerza, intentando calmarme.

—Si Candy fuera un hilo del que tirar… —susurro, a ver si hablando rebajo por fin esta sensación de que algo pasa—.

Lleváis un mes cerca de ella y no confía para nada en vosotros.

Ni ella ni Albert. Solo hace falta leer las negativas de mi tío a dejaros entrar en su círculo otra vez.

Estaba en tres de los mensajes cifrados que hemos interceptado este mes.

—Éramos los únicos que conocíamos el viaje de Carl a Tailandia —comenta Ralph, como cada vez que analizamos este tema—.

Es normal que no se fíe de nosotros todavía.

Han de ponernos a prueba. La buena noticia es que con el tiempo lo harán, solo hay que tener paciencia, esperar un paso en falso de cualquiera de ellos y neutralizarlos.

—Como si fuera tan fácil… —murmuro.

Los tres sentimos el peso de los últimos meses sin avances.

Cuando se presentaron ante mi prima a finales de septiembre, Candy los recibió con un poco de frialdad, aunque no tuvo reparos en pedirles informes acerca de mí, que después transmite a su padre a través del periódico, pero no hay movimientos, ni planes ni nada que nos ayude a prosperar ni a trazar una estrategia de ataque, y es tan desesperante…

—Candy es más meticulosa que Carl y te odia más. —Juliette no traga a mi prima, le parece una tía superficial, de esas que miran a todo el mundo por encima del hombro y se creen en la cima del mundo—. Si pudiera, te destruiría sin dudarlo.

—Lleva mucho tiempo odiándome. —Espiro con fuerza, le doy un sorbo al refresco y me apoyo en el respaldo del sofá—.

Algunas veces, cuando espío a Dorian, la veo en la universidad.

Siempre está rodeada de gente, va a las fiestas, a los partidos, sale de marcha…

, tiene una vida de lo más perfecta… Ser yo no es demasiado increíble en estos momentos.

No se lo d esearía ni a mi peor enemigo.

No entiendo por qué se ha pasado la vida deseándolo.

—Muchas veces idealizamos lo que no somos —apostilla Ralph—.

Candy ha crecido casi sola. Su padre es un psicópata con ideas muy claras sobre qué quiere de ella, su madre murió cuando era muy joven, su hermano es un desalmado…

No sé, quizá ve en ti la fortaleza que le gustaría tener, y por eso te envidia.

Sus palabras tienen sentido, son de lo más razonables. A veces somos incapaces de ver lo que tenemos frente a nosotros y nos perdemos al desear las posesiones de los demás.

—Estamos cerca —conviene Juliette, aunque en el fondo me percato de su intención de rebajar mi angustia, porque ninguno de los tres sabe si alguna vez nos libraremos de la amenaza.

En este momento la derrota nos arrastra al lado oscuro de la desesperación—.

No podemos darnos por vencidos ahora. Hay que seguir luchando.

Asiento.

Tengo las piernas agarrotadas de tanta tensión, los dedos fríos alrededor del vaso y una vibración incómoda en el estómago, como si llevara demasiado tiempo preparándome para un golpe sin saber de dónde iba a venir.

La sensación no desaparece. Sigue ahí, adherida a mi nuca, latiendo por debajo de cada pensamiento, marcando un ritmo que no es el mío, como si la casa intentara decirme algo y yo me negara a entenderlo.

Camino hacia la ventana con vistas al porche y a la piscina.

Y entonces lo veo. Justo en una esquina, casi del todo oculto por la oscuridad.

Un cuerpo en la sombra, alguien que al percibir mis ojos se oculta y desaparece, pero nada puede evitar que sepa quién es.

Lo sé antes incluso de reconocerlo, antes incluso de querer creerlo.

—¡Joder! —grito con una escalada de mis latidos, corriendo hacia la puerta para abrirla, aunque mis dedos temblorosos no lo consiguen—. ¡Joder!

No puedo dejar de repetir lo mismo una y otra vez, en bucle.

Mis amigos se levantan alarmados, pero no les presto atención. Ralph enciende las luces del porche en un segundo mientras Juliette abre la puerta ante mi extraño comportamiento.

Salgo con el corazón aporreando las costillas y la respiración llegando a un punto crítico.

—¿Qué pasa? —inquiere Juliette, siguiéndome.

Mis ojos escudriñan el exterior en su busca. ¿Acaso estoy tan desesperada que ya empiezo a imaginarme cosas? ¿Acabo de tener una alucinación? ¿Estoy cruzando una línea de la que no se vuelve?

—Madison, me estás asustando —dice Ralph acercándose a mí, pero yo sigo analizando el exterior, pronunciando «joder» sin descanso, intentando encontrarlo.

—¡No está! —Camino a grandes zancadas, iluminando con la linterna del móvil los puntos oscuros—. ¡Joder! ¡No está!

Mis amigos me hablan, escucho sus voces, pero mi cerebro no procesa sus palabras porque está intentando entender qué acaba de pasar.

Recorro cada centímetro del exterior, sin dejar de moverme de un sitio a otro, buscando evidencias de su presencia, diciéndome que no puedo haber alucinado de esa forma, que no me estoy dejando llevar por la desesperación, que…

—¿Qué coño pasa, Maddie? —Juliette me agarra del brazo para detenerme. No hay nadie a la vista, aunque también podría haberse escondido en cualquier lugar más allá de la piscina.

—¡Lo he visto! —Me giro hacia ella con los ojos fuera de órbita—. ¡Estaba aquí! Era él. —Me tapo los ojos con las manos en un gesto de impotencia—. Lo he visto de verdad.

—¿A quién? —pregunta Ralph acercándose.

—A Dorian. —Lo suelto con un golpe de voz—. Era él.

Los brazos de mi amiga me rodean para abrazarme. Se está convirtiendo en una costumbre, pero me ayuda a serenarme. Aunque el llanto se ha desatado porque ya no sé nada.

¿Acaso me estoy volviendo loca?

—Vale —susurra Juls cerca de mi oído—. Vamos a analizarlo despacio. Cuéntame qué has visto exactamente.

—Me he apoyado en el cristal. —Hablo con ansiedad, sin ordenar mis pensamientos, con el latido impertinente de mi corazón en las sienes y resuellos en lugar de respiración—. He captado un movimiento en esa esquina. —La señalo—. Y lo he visto. Era Dorian.

—¿Estás segura? —pregunta Ralph.

Asiento, aunque sin demasiado convencimiento, porque no, no estoy segura de nada.

—Voy a llamar a seguridad — propone mi amigo—. Si está aquí, lo deberían haber visto entrar. Tenemos cámaras en todos los puntos de acceso. También les pediré que busquen su coche aparcado.