Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 28
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MADISON

Camino de puntillas hacia mi habitación, con los nervios en punta y la sensación de que hoy he ido demasiado lejos, de haber cruzado una línea que quizá no debería haber traspasado nunca.

El silencio de la casa me resulta extraño, denso, como si se hubiera instalado de una forma diferente, ajena.

Como si no fuera el de siempre. Hay algo en él que me inquieta, que me eriza la piel sin motivo aparente, como si escondiera algo, como si en cualquier momento fuera a quebrarse para revelar un giro que no estoy preparada para afrontar.

Aprieto los dientes, obligándome a avanzar.

Ver a Dorian en esa fiesta, hablando con la rubia, me ha destrozado más de lo que quiero admitir. La imagen se me ha quedado adherida, repitiéndose una y otra vez en mi cabeza, contaminando todo lo demás, incluso este instante.

Me apoyo en la puerta unos segundos, cierro los ojos y dejo escapar el aire que llevo conteniendo desde hace demasiado rato.

Las lágrimas llegan solas, inevitables. No le he visto la cara a la chica; estaba de espaldas, medio oculta entre la multitud que abarrotaba la casa, pero eso no lo hace más fácil.

Entonces lo veo. Una luz en el garaje. Es apenas un destello, algo tan fugaz que podría pasar por una ilusión, por un reflejo sin importancia, pero no lo hace. No en mi cabeza.

Aprieto los dientes.

Una sensación incómoda y difícil de definir se instala en mi pecho y empieza a extenderse poco a poco, como una grieta que se abre sin hacer ruido.

Es algo difuso, sí, pero lo bastante persistente como para no ignorarlo.

Como si el aire hubiera cambiado de lugar.

Como si alguien hubiera pasado por aquí hace apenas unos segundos y el aire aún no se hubiera recolocado.

Escucho el incremento de mis pulsaciones, el roce irregular de mi respiración, ese murmullo interno que siempre acompaña al miedo cuando intenta abrirse paso.

Entro en la habitación más rápido de lo que pretendía, casi a trompicones, y enciendo el portátil con manos que no están tan firmes como me gustaría.

Abro las cámaras que rodean la casa, de las zonas de entrada, las únicas que hay…

una tras otra, recorriéndolas con atención, buscando algo, cualquier cosa que confirme que no me estoy dejando llevar por la sugestión.

Nada. Todo está exactamente como debería. Demasiado exactamente. Como si alguien se hubiera encargado de que lo estuviera.

—¿Otra vez de espía, Maddie? —La voz de Juliette irrumpe en la habitación al encender la luz, arrancándome un grito ahogado que se me escapa antes de poder controlarlo—.

Venga, arreando. —Señala el salón con un gesto firme—.

Vamos a hablar largo y tendido de estas tendencias tuyas a perseguir a Dorian.

Aprieto los labios y niego con más fuerza de la necesaria. Estoy agotada, física y psicológicamente, al límite de lo que puedo sostener sin romperme, pero la sensación sigue ahí, enquistada, negándose a desaparecer.

No encaja. Nada de esto encaja.

—Dame unos minutos —murmuro sin apartar la vista de la pantalla, tecleando con una rapidez que delata más de lo que quiero—. He visto luz en el garaje. Ha sido un segundo, pero no ha sido un reflejo. Hay algo raro esta noche.

Trago saliva, notando cómo la inquietud se afianza en mi estómago, como si algo se hubiera quedado mal colocado dentro de mí y no encontrara su sitio .

—Lo raro es que todavía te sostengas en pie.

—Se acerca, baja la tapa del portátil y me agarra con suavidad del brazo—.

Venga, ven conmigo al salón. Llevas semanas sin dormir, casi sin comer.

No puedes continuar así. Sales por ese pasadizo más veces de lo normal.

Y es peligroso, lo sabes tan bien como yo.

—Suspira—. Ahora ves luces en el garaje…

Por favor, levántate. Habla con nosotros, cena algo.

Aprieto los labios, pero esta vez no niego por cansancio, sino por esa certeza incómoda que no consigo apagar.

—No puedo —susurro—. Necesito comprobar las cámaras exteriores…

Porque no es solo una sensación, es como si algo hubiera cambiado de sitio y yo hubiera llegado tarde a verlo.

—¡Basta! —dice con contundencia—. Ahora mismo dejarás de comportarte como una desquiciada y vendrás a pasar un rato con Ralph y conmigo en el salón. Charlaremos, comeremos algo y dejaremos atrás la paranoia. Porque solo es eso, Maddie.

Quiero creerla. De verdad que quiero. Pero esa sensación sigue ahí, clavada, ensanchándose poco a poco, como si me estuviera avisando de algo que todavía no entiendo.

Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas.

—Ojalá existiera un interruptor del amor. —Sonrío con patetismo absoluto—. Sería genial. ¿Te imaginas? Apagarlo y no sentir nada… ni esto, ni esta certeza constante de que algo va mal.

No les cuento que esta noche, tras verlo entrar en la fiesta y conducir sin rumbo durante un rato, he acabado aparcando delante de su bloque de apartamentos, ni que después he caminado hacia allí para forzar la cerradura del apartamento de Dorian, ni mucho menos cómo he acabado llorando estirada en su cama, oliendo a él en la almohada, recordando, reconstruyendo una vida que ya no existe.

—Pasará —asegura mi amiga arropándome entre sus brazos—. Un día te despertarás y dolerá menos. Y al final, casi ni lo recordarás.

—¿Estás segura?

—¡Claro! —Me seca las lágrimas y me ayuda a levantarme—. Todo pasa en la vida.

Me pasa un brazo por los hombros.

—Es el amor de mi vida —admito de camino al salón—.

Y no puedo estar con él. Si como mínimo pudiera encontrar una forma de luchar contra mi familia juntos, sin que sus fantasmas nos acecharan…

Pero ya viste cómo reaccionó, ni siquiera me dio la oportunidad de explicarme, su rabia tomó el control y en vez de hablar conmigo se folló a otra.

Para, como siempre, arrepentirse después.

—Me limpio un par de lágrimas rebeldes—.

¿Qué haría si supiera la verdad? ¿Hasta dónde llegaría si un día nos peleamos?

¿Nos pondría a todos en peligro? —Suspiro—. Es tan impredecible…

No puedo seguir así, buscándolo, necesitándolo, colándome en su casa para sentirlo cerca, como si fuera una drogadicta en busca de su chute. Viendo luces inexistentes.

O no tan inexistentes.

Dorian es una bomba de relojería y mis mentiras podrían convertirse en la mecha más rápida de la historia.

—Quizá deberías seguir el plan inicial —propone Ralph cuando entramos en el salón. Está sentado a la mesa de centro, con una pizza enfrente—. El día que se tiró a la rubia ibas a contárselo todo. ¿Por qué no lo haces ahora? Dale esa oportunidad, Madison. ¿Y si nos sorprende esta vez?

Niego con la cabeza y me separo de mi amiga. Me enjugo las nuevas lágrimas y los miro a los dos con la determinación que logro reunir, porque no me siento para nada segura de ser capaz de dejar a Dorian atrás.

—Es lo mejor para ambos. —Soy categórica, aunque mi corazón se niega a aceptar esa afirmación y, por más que me repita que lo mío con Dorian no tiene futuro, que es inestable, que no calibra bien sus reacciones y que no voy a darle alas para hacer volar por los aires lo poco que me queda, no consigo hacerme a la idea de cómo viviré sin él—.

Lo conoces tan bien como yo, Ralph, y pronosticar cómo actuará si le cuento quién soy es imposible, y más después de haberle contado una historia falsa.

Mis ojos se evaden un segundo al punto donde está el garaje, en busca de otra señal, pero solo me responde la oscuridad, demasiado quieta, demasiado intacta, como si no debiera estarlo.

—Inténtalo —insiste él. Lo miro, parece tan preocupado como yo, quizá por eso lucho para sacudirme la sensación de que algo va mal.

—¿Y si vuelve a enfadarse conmigo por algo?

—musito—. Podría actuar de forma irreflexiva y poner a demasiada gente en peligro.

Lo sabes tan bien como yo. Y en esa gente están incluidas vuestras familias, y la suya.

¿Estáis dispuestos a pagar el precio? Porque yo no lo soportaría, y él tampoco.

—Las malditas lágrimas vuelven a resbalar por mis mejillas—.

Mientras mi tío y mis primos sigan siendo una amenaza para todo lo que me importa, no puedo arriesgarme.

Ninguno de los tres puede en realidad. Y una gran parte de la culpa es mía.

Si hubiera confiado en él, si le hubiera desvelado quién soy, qué me hizo mi familia, cómo de capullos son mi tío y mis primos…

—Tienes razón. —Ralph asiente y permanecemos en silencio unos minutos.

Alargo la mano cuando Juls me ofrece un trozo de pizza y me la llevo a la boca para intentar rebajar el hormigueo que sigue agarrotándome el estómago. Busco algo anómalo en el exterior, una y otra vez, como si de verdad algo no acabara de funcionar.

—Ojalá Dorian fuera diferente y aceptara que necesita ayuda para superar sus traumas.

—La voz de Juliette me devuelve de golpe al salón.

No puedo continuar así, voy a acabar enloqueciendo—.

Ojalá pudiéramos detener de una vez por todas a Candy, a Carl, a tu tío y a sus secuaces para tener una vida normal.

Entonces tendrías vía libre para arriesgarte con Dorian, para confiar en él.

—Pero seguimos en un punto muerto, y eso me mata. —Ralph resopla—. Carl lleva dos semanas en libertad, ha conseguido escaparse de la cárcel porque tu tío ha untado a alguien y, a pesar de haberlo seguido y saber dónde se esconde, no nos ha llevado a nada importante.

Los tres gruñimos a la vez al recordar el fiasco tras la fuga de Carl de la cárcel de Tailandia.

Edmond consiguió localizarlo en una isla del Pacífico, donde vive aislado, sin su padre, sin contacto con el exterior, sin nada.

Ni siquiera hay Internet. He pinchado un satélite para espiarlo y se pasa el día en la playa, vegetando.

Supongo que intenta recuperarse de la experiencia penitenciaria, pero la falta de avances está empezando a desquiciarme.