27 #2
Mi corazón se detiene, igual que mi cuerpo, cuando el vehículo de dos ruedas surca la calle a mi lado y veo quién lo conduce. ¡Joder! ¡Es Ashley! La reconocería en cualquier sitio.
Me mantengo escondido, quieto, con taquicardia, sintiendo como si todo mi mundo acabara de explotar. ¿Qué coño hace aquí Ash? ¿Ha venido a ver a mis amigos? ¿Está en contacto con ellos y no me lo han dicho?
Si desaparece otra vez, no la vuelvo a encontrar. Ni de coña.
La moto pasa de largo, pero a poco menos de un metro reduce la velocidad y entra en el garaje de uno de los bloques de apartamentos.
No puedo moverme, no soy capaz de reaccionar ni de entender qué coño está pasando.
Pero cuando estoy a punto de avanzar para seguirla, me vuelvo a quedar estático.
Ash sale del garaje con la capucha escondiendo su rostro.
Me encojo hacia atrás al descubrir sus ojos escaneando el lugar, como si quisiera asegurarse de que nadie la ve. Por suerte, estoy fuera del alcance de su visión. El cuerpo se me pone en alerta. No sé por qué. Esto no es normal. Nada de esto lo es.
Tarda un segundo en ponerse en marcha. Y yo la sigo con el corazón a punto de colapsar. Camina hasta la esquina y se interna en el callejón. Aprieto el paso para no perderla.
No puedo hacer ruido. No puedo cagarla ahora.
La veo internarse en las sombras, acercarse a un contenedor, apartarlo a un lado para dejar una puerta blindada al descubierto y marcar un código en un teclado oculto dentro de un cajetín.
Entonces la pared se convierte en puerta y se abre y ella desaparece dentro de lo que a simple vista parece un corredor.
Me quedo clavado, sin respirar. El contenedor vuelve a su sitio con un golpe seco, como si alguien lo empujara desde dentro o un mecanismo lo arrastrara.
La pared vuelve a ser una pared. Como si nada hubiera pasado.
Se me eriza la piel. Mi respiración está tan desbocada que tengo que taparme la boca con la mano.
Si está ahí dentro y escucha algo, estoy muerto .
Paso cerca de dos minutos quieto, incapaz de reaccionar. ¿Qué cojones acaba de pasar?
Un coche pasa al fondo de la calle. Me agacho por puro instinto, pegando la espalda a la pared. Cuando el ruido se aleja, me obligo a moverme.
Me acerco al contenedor, como ha hecho ella hace un instante, lo palpo, temblando, con una ansiedad que me produce ardor en el estómago.
—Vamos… —murmuro entre dientes.
Nada. Ni una rendija. Ni un puto indicio.
Aprieto los dientes, recorro el borde, busco algo fuera de lugar… hasta que noto una leve holgura. Empujo. El contenedor se desplaza y la pared muestra el teclado numérico con un chirrido seco que me hiela la sangre. Me quedo congelado. Escuchando.
Solo me responde el silencio. La noche. La oscuridad. Y los latidos desbocados de mi corazón.
Me paso la mano por la cara, arrastrando el sudor, inspiro con fuerza y me concentro. Necesito descifrar el código, averiguar dónde vive. Hablar con ella. Convencerla de que aún hay un nosotros. De que la quiero. De que no volveré a herirla.
O perderla para siempre.
Conozco lo suficiente a Ash como para saber que solo tendré una oportunidad. Es una obsesa de la seguridad, si no lo acierto a la primera, sabrá que estoy aquí. Fuerzo a mi mente a pensar como ella, y entonces un recuerdo me golpea.
Una vez, en medio de una conversación sobre sus dotes informáticas, le pregunté cuál sería su contraseña más personal. Y no dudó: «el día de nuestro primer beso». Parece una jodida broma del destino que estemos en Halloween…
Trago saliva. ¿Lo tengo o la voy a cagar otra vez?
Acerco la mano al teclado, resollando. «Jamás la usaría en un ordenador… solo en algo simple», dijo. Y esto lo es. Simple, sencillo, rápido. ¿La clave definitiva… o una trampa? Suelto el aire con un resoplido de ansiedad. Si me equivoco la alertaré.
Seguro que hay cámaras. En algún puto sitio. Mirándome. Ashley podría identificarme… ¿Qué haría entonces?
Marco la fecha con un furioso latido en la garganta. Aguanto la respiración hasta que suena un pitido seco y casi inaudible. La puerta se abre de golpe. Suelto el aire con un temblor que no puedo controlar.
Dejo atrás esos pensamientos y me adentro en el pasadizo oscuro y bastante lúgubre.
No se escucha ningún sonido, apenas hay unos cuantos pilotos de luz de emergencia colocados de forma estratégica para iluminar lo justo y hace un frío de narices.
Las paredes son de cemento, es bastante estrecho y huele a humedad.
No veo a Ashley mientras avanzo. Pierdo la noción del tiempo.
El sonido de mis pasos rebota en las paredes de cemento, demasiado alto, demasiado evidente.
Bajo el ritmo, contengo la respiración e intento no hacer ruido.
Como si alguien pudiera estar escuchando al otro lado.
El frío se me mete en los huesos. El túnel parece no tener fin.
Al cabo de un rato —¿minutos?, ¿horas?— aparece una puerta cerrada ante mí. Suelto el aire que aguantaban mis pulmones, alargo el brazo y coloco mis dedos sobre el picaporte. Vuelvo a contener la respiración mientras lo bajo despacio, con las sienes palpitándome.
Cede. Y las bisagras chirrían un poco al empujar la puerta.
Entro despacio, con cada músculo en tensión, preparado para cualquier cosa.
Aparezco en un garaje iluminado de la misma manera que el corredor que acabo de dejar atrás.
La puerta queda oculta tras un recodo; si no sabes que está ahí, no la ves. Esto está diseñado para desaparecer.
Aprieto la mandíbula y salgo del garaje sin hacer ruido, con un presentimiento creciendo en el pecho, denso, pesado, como si estuviera a punto de descubrir algo que no quiero saber. Algo que va a romperlo todo.
Me paro en seco. La noche me golpea de lleno con su silencio.
Miro a mi alrededor, amparado en la oscuridad.
Y entonces lo veo. El circuito. Enorme. Privado.
Perfectamente cuidado. Vacío. Mi corazón se detiene.
Y luego estalla. Porque levanto la vista y la descubro.
La casa. A pocos metros. Y no es cualquier casa, sino la mansión Reynolds.
¿Qué cojones hace Ash aquí?