Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 27
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DORIAN

Octubre llega a su fin tan rápido que apenas soy capaz de atrapar nada.

Me he pasado los días metido en el máximo de actividades posibles para no pensar en ella, en mi forma de cagarla, en cómo la alejé para siempre.

Solo he salido de mi burbuja los cuatro días que pasé en casa para celebrar el cumpleaños de mi madre, y no fui precisamente una compañía agradable.

Recuerdo la herida incurable en su mirada de ese día, cuando Bella abandonó mi piso y ella apareció de repente; sus palabras, su rotura total. Y me ahogo, joder, porque no puedo dejar de quererla.

Aprieto los dientes, agarro las llaves de la mesa y las hago girar entre los dedos antes de salir del apartamento. Hoy es Halloween, hay una fiesta de desfase total en una de las fraternidades de mis compañeros de equipo. Y pienso pasarme por ahí, emborracharme y olvidar. Aunque sea por unas horas.

Cierro de un portazo, demasiado fuerte, y el eco retumba en el pasillo vacío.

Un recuerdo me asalta. Ash vestida de Black Canary, yo de Arrow, el restaurante de Orange Beach, el baile del instituto…

Bajo las escaleras de dos en dos, sin esperar al ascensor, con la música de algún vecino filtrándose por las paredes y los latidos perforándome el pecho.

Vuelvo a ver sus ojos cuando entró en mi apartamento, a escuchar su voz rota, a recordar lo que hice.

Al salir a la calle me golpea el aire frío y el ruido: risas, coches, gente disfrazada moviéndose de un lado a otro.

Niños en busca de caramelos… Me giro al notar esa sensación otra vez, como si alguien me observara.

La busco. Intento encontrarla entre los críos felices, entre la gente, pero no hay rastro de la chica de la capucha. De mi chica.

Me paso una mano por la cara, como si pudiera arrancarme el recuerdo, y camino hacia el coche sin mirar atrás.

Pongo la música a todo volumen para ahogar mis pensamientos machacones. Rap. El mismo que ella escuchaba conmigo. Reía, me abrazaba, bailaba… La casa del lago tiene nuevos inquilinos, Warren no la ha vuelto a ver y apenas tengo datos de ella para rastrearla.

Golpeo el volante. Regresa la rabia por ser un gilipollas. Por perderla. Y entonces abrazo el odio.

El sonido de la fiesta me acompaña cuando aparco y bajo del coche frente a la casa donde mis compañeros de equipo me esperan.

La fraternidad está iluminada como un puto estadio: luces de colores, música reventando los altavoces y gente ocupando hasta el jardín.

Reconozco a varios del equipo por las chaquetas, por las voces, por esa forma de moverse como si todo les perteneciera.

Estos últimos dos meses he aplacado los sentimientos con un machaque extremo en el gimnasio. La temporada empezó con victorias y no pienso rebajar mi rendimiento en el campo en ningún momento. Porque el fútbol es lo único que me sostiene en pie.

Me coloco las manos en los bolsillos y camino hacia la fraternidad, dispuesto a dar un giro radical. A beberme hasta el agua de los floreros para atontarme.

Hoy no hay partido y mañana nos han atrasado el entreno. Puedo perderme en el alcohol. Es lo mejor.

Nada más abrir la puerta me golpea la diversión.

El interior está lleno hasta los topes. El suelo vibra bajo mis pies por la música, el aire huele a alcohol, sudor y colonia barata.

Una chica vestida de diablesa se me cuelga del brazo al pasar, alguien me da una palmada en la espalda gritando mi nombre, otro me ofrece un vaso sin preguntar .

En el salón hay gente bailando sobre la mesa, en las escaleras se besan sin pudor y en todas partes se forman corros donde las botellas pasan de mano en mano.

Con juegos para ponerse pedo en cualquier rincón.

Es lo de siempre. Mi mundo de antes. El que disfrutaba. Y esta noche voy a enterrarme en él.

—¡Vaya! —La voz de Bella, cargada de sarcasmo, me sobresalta de camino a la cocina para servirme algo de beber—. ¡El rey de los capullos se ha dignado a bajar de su pedestal! ¿Su alteza ha venido a honrarnos con su presencia?

La observo un segundo. Tiene una mirada vidriosa, muy parecida a la mía. Y la culpa me atraviesa. No he vuelto a verla desde entonces. Ni siquiera me he dignado a responderle al teléfono. Parece herida, tanto en su forma de hablar como en el brillo ajado de sus ojos.

—Bella, yo… —Suspiro, porque me he portado como un cabrón—. Lo siento. No quería joderte. Yo…

—¿La mosquita muerta de tu ex ha vuelto a liarte? —pregunta con un tono cargado de resquemor—. Deberías buscarte a una tía que te respete, Dorian. Esa solo juega contigo y tú eres tan calzonazos que se lo permite todo.

Aprieto los dientes y los puños, cabreado, con la furia arrasando con mi cordura. Pero, joder, es una tía, está herida por mi culpa y no tiene ni puta idea de lo que está diciendo. Por eso me controlo, doy un paso atrás y la miro con desdén.

—Nos oyó —admito—. Venía a hablar conmigo y te vio salir de mi casa.

—Lo que imaginaba. —Suelta una carcajada amarga—. Te tiene comiendo de su mano. ¡Es flipante!

—Tienes razón. —Destenso los puños y bajo la cabeza con una espiración profunda—. Soy un mierda. Me acosté contigo por despecho, porque había cometido un error y no la dejé explicarse. Preferí ignorarlo todo y caer en los mismos errores de siempre. Y solo sirvió para que me diera la patada.

—¡Vaya! —Suelta con ira—. Ahora soy un error…

—No, soy yo. No tiene nada que ver contigo. —Intento componer una sonrisa, aunque me pierdo y acabo con una mueca indescifrable—. No debería haber llegado tan lejos, no cuando sigo enamorado de ella y lo nuestro todavía no estaba acabado.

—Así que me utilizaste… —Ah ora sus ojos se vuelven oscuros de dolor—.

A mí me gustas de verdad, ¿sabes? —Suaviza su tono—.

Mi vida es bastante estresante, mi familia es un auténtico coñazo, esperan demasiado de mí.

Y yo… —Inspira como buscando la fuerza para seguir hablando—.

Yo me fijé en ti. Quizá por las razones equivocadas al principio, pero me gustaste.

Y seguí. —Baja la mirada con un par de lágrimas en los ojos—.

Nunca soy suficiente para nadie. Ni siquiera para mi padre, no como el perfecto de mi hermano.

¿Por qué debía serlo para ti? ¡Qué idiota fui!

Pensaba de verdad que significaba algo, que ese día habíamos avanzado.

Joder. Nunca me había detenido a entender la mierda que dejaba atrás al liarme con una tía y abandonarla al día siguiente. Ahora lo veo tan claro…

Al estar hecho una auténtica mierda por Ash, comprendo la sensación, la comparto, la palpo. Y una corriente de tristeza me embarga. Quizá por eso suelto mis siguientes palabras.

—Vales muchísimo, pero yo estoy jodido. Si ella no estuviera aquí —me toco el corazón—, serías perfecta para mí.

—La acerco para abrazarla mientras ella derrama su dolor en forma de llanto—.

Pero estoy enamorado de ella desde hace demasiado tiempo.

Y siempre la cago. No quería hacerte daño, eres una tía cojonuda, te mereces más que alguien como yo. —«Como Ashley», pienso con dolor.

—Tu chica tiene mucha suerte. —Se separa de mí, se enjuga las lágrimas y me mira con aceptación, como si acabara de entenderlo—. Ojalá alguien me quisiera como tú a ella.

—La he perdido. —¿Por qué cojones le cuento esto?—. Nunca he sido bueno para ella, la he cagado tantísimo… Y, aun así, siempre ha vuelto. Pero mi gilipollez de serie lo ha jodido todo otra vez.

—Pues ve a por ella. —Sonríe con tristeza—. Si la quieres, no la dejes escapar.

—Si pudiera, lo haría. —Bajo la cabeza porque la oleada de dolor es demasiado fuerte—. Pero no tengo ni puta idea de dónde está.

—La encontrarás. Acabas de decir que siempre vuelve, ¿no?

La miro y descubro una expresión sincera en su cara, a pesar de cómo contrae las facciones con dolor.

—Gracias —susurro—. De verdad.

—Todavía quiero ser tu amiga. —Da un paso atrás—. No vuelvas a ignorarme.

Cuando me deja a solas me doy cuenta de que no quiero estar aquí.

Pasarme horas en una fiesta no me motiva como antes, ni tampoco tirarme a cualquiera ni permitir que la rabia me espese el pensamiento.

Solo deseo encontrar a Ashley, arreglar las cosas y ordenar mi cabeza para no cometer más idioteces.

Salgo de la casa, camino hacia mi coche y una idea cruza por mi mente. Voy a hablar con Juliette y Ralph para que colaboren en mi búsqueda. Quizá entre los tres consigamos localizarla, convencerla para regresar. Y esta vez será la definitiva, no la dejaré escapar nunca más.

Al subir al coche pongo la playlist que solía escuchar con ella, y conduzco en dirección a casa de mis amigos con una sola idea en la cabeza. Encontrar a Ashley. Mi única razón para continuar respirando.

Es tarde cuando me acerco a la zona donde viven Juliette y Ralph. Miro el reloj, marca las once y media de la noche, quizás una hora demasiado tardía para aparecer. Y más con la garita de seguridad que tiene la pija de su jefa.

Por eso aparco a unas cuantas manzanas, lejos de la entrada, para que nadie pueda ver mi coche, me calo una capucha a pesar del calor, en busca de ocultar mi identidad, y empiezo a caminar hacia la mansión para buscar una forma de colarme en ella.

Lo hago oculto entre las sombras de la calle, con la intención de pasar lo más desapercibido posible.

Sí, quizás es una locura, una de tantas. Pero no me apetece pasar por el trámite de la entrada ni que mis amigos puedan tener problemas por mi espontaneidad a estas horas. Madison Gardner es capaz de joderlos por esto. Debo protegerlos de la ira de una tía como ella.

Camino envuelto en la oscuridad de la noche, evito las farolas para pasar inadvertido, transito muy cerca de las entradas de las casas sin iluminación.

La mansión Reynolds está a pocos metros de esta zona, donde hay varias casas pareadas y un grupo de bloques de apartamentos.

No hay nadie en el barrio a estas horas, está solitario y silencioso, por eso escucho con claridad el motor de una moto acercarse.