Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 26 #2
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El dinero llega en forma de aportaciones en efectivo anónimas desde sucursales de diversos lugares del país.

Y no hay forma de llegar a la fuente a través de esas conexiones.

No tengo nada, a pesar de mi plan brillante, de saber cómo se hablan y de haber enviado a Carl a la cárcel tras interrogarlo, sigo en un callejón sin salida, y no puedo evitar sentir cómo la frustración me invade demasiado a menudo .

Aparco la moto en el garaje que tengo cerca de casa, uno indetectable.

Me calo la capucha y entro en el túnel que lleva a la mansión.

Es la única parte vulnerable de la casa, por eso he instalado una puerta blindada y un sistema de seguridad con un código muy difícil de descubrir: la fecha del primer Halloween que compartí con Dorian, de nuestro primer beso.

Debería cambiar ese código, apartarlo de mi pensamiento y empezar a erradicar las pequeñas cosas diarias que me llevan a recordarlo.

Pero los malditos sentimientos no son como una luz, no puedo apagarlos solo pulsando el interruptor, siguen asidos a mi corazón con ese brillo deslucido que me devasta.

Mientras camino por el corredor oscuro y con rastros de humedad, me toco el nuevo tatuaje en mi vientre, al otro lado de los de mi familia. El dolor vuelve a asolarme, pero lo desbanco enseguida. No quiero que Dorian siga presidiendo mi vida.

El túnel termina en el garaje. Observo un segundo mi coche, con nostalgia, y camino hasta la casa grande con la firme determinación de deshacerme de la melancolía.

No tardo en llegar a mi habitación, ponerme ropa más acorde con el clima y tomarme unos segundos para prepararme.

Warren ha venido con la excusa de que debemos trabajar en un asunto importante de Reynolds Oil y, junto a Juliette y Ralph, me espera en el salón.

Los tres llevan un mes intentando hacerme hablar con ellos de mis sentimientos, como si así fueran a desaparecer o a doler menos.

Sin embargo, no quiero volver a esas conversaciones donde apelan a mi vulnerabilidad mientras sueltan esas palabras tan trilladas de ánimo que solo buscan aliviar un poco mi sufrimiento, pero apenas logran atravesar la superficie, porque estoy demasiado rota para rehacerme tan rápido. Quizá nunca lo consiga.

Oculto las ojeras bajo una capa de maquillaje, borro la expresión de dolor de la cara y salgo de la habitación dispuesta a comportarme como una auténtica campeona.

Ellos han estado a mi lado desde el principio, me han alentado a seguir luchando por mi felicidad y nuestra libertad, han escuchado mis lloros y Juliette incluso me ha abrazado muchas de mis noches de insomnio, a pesar de mis protestas.

Me detengo un segundo en la puerta, en busca del aplomo necesario para aparcar mis mierdas fuera del salón.

No soporto sus miradas de pena, ni sus palabras de consuelo ni su buena intención a la hora de intentar ayudarme.

Porque nadie puede hacerlo, solo el tiempo podrá mitigar un poco el dolor, aunque seguiré fragmentada e incompleta.

Ha habido días en los que la necesidad de ver a Dorian me empujaba a salir de casa, a espiarlo desde lejos, y me instaba a acercarme de forma peligrosa a él.

Por suerte mi lado racional ha ganado la batalla cada vez porque no puedo volver a exponerme ni montarme nunca más en esa rueda desquiciante que nos lleva al mismo punto siempre.

Debo sepultar mis sentimientos, olvidarlo, superarlo para siempre.

A veces el amor no basta, dos personas pueden amarse mucho, pero a la vez destruirse.

Por eso he luchado contra el vendaval de emociones que me vapulean y no he cedido en ningún momento a mi deseo de correr a sus brazos, de volver a tenerlo, de buscar excusas para espiarlo.

Me limpio un par de lágrimas rebeldes, inspiro y fuerzo una sonrisa para entrar en el salón con la mirada lo más nítida posible.

Aunque me esté muriendo por dentro, les debo mi entereza, a pesar de que ellos lo saben, leen en mi mirada con una facilidad pasmosa.

No hay ninguna forma de mantener mi dolor oculto…

—Ya estoy aquí —anuncio caminando hacia el sofá y forzando la voz para sonar entusiasta. Juliette ha preparado una jarra de ese té dulce de Alabama que me encanta y me sonríe con tristeza al encontrarse con mis ojos apagados—. ¿Qué me he perdido?

Mi amiga me dirige una mirada preocupada.

Anoche discutimos un poco acerca de mi intención de hacerme el tatuaje, de mostrarme tan hermética a la hora de expresar con mayor claridad cómo me siento, de lo que ella califica como mi huida.

Porque Juliette me conoce demasiado y no le pasa desapercibida mi falta de sueño, ni la poca energía que proyecto ni los ojos hinchados que muestro cada mañana de tanto llorar durante la noche.

Ojalá pudiera arrancarme de cuajo los sentimientos.

Mi padre una vez me dijo que era una niña muy sensible.

Para él era un rasgo precioso, para mí es una lacra, porque solo incrementa de una forma exponencial mi dolor.

¿No podría ser un poquito menos pasional?

¿Más fría? ¿Carente de corazón? ¿Capaz de anular el amor, de congelarlo, de hacerlo volar por los aires ?

Aprieto los puños con fuerza y reprimo un suspiro exasperado.

Doy un par de pasos para llegar al sofá y servirme un vaso de té dulce cargado hasta los topes.

El aire acondicionado combate con eficiencia el calor abrasador de este final de septiembre, sin embargo, sigo sudando.

Llevar la sudadera y toda la parafernalia para ocultar mi identidad al salir de esta casa me afecta en ese sentido.

Y los hielos en la jarra auguran una bebida refrescante.