25
DORIAN
El primer mensaje de Ashley me llegó una semana después de cuando debería haberse ido de Elberta. Antes de eso el silencio fue lo único imperante en mi móvil, y la rabia contra ella era cada vez más atroz.
Odiaba echarla de menos, desearla, pasarme el jodido día enganchado al móvil, esperando una señal de que estaba bien.
Porque el miedo a que le hubiera sucedido algo me impedía respirar, me hacía despertarme por las noches sudado, asustado, lleno de pesadillas donde ella gritaba mi nombre y yo no podía socorrerla.
Pero cada vez se enquistaba más mi rencor por no haber aparecido ni dado señales de vida hasta que ella quiso.
Y, aunque sea contradictorio y carezca de sentido, recibir noticias de que estaba bien me dolió todavía más, porque ya no podía excusarla.
Y eso solo contribuyó a sumirme en la oscuridad del odio enfermizo.
Me he pasado el verano en el gimnasio, corriendo en el circuito, trabajando sin descanso en el taller de Rod, buscando una paz que no aparecía, quemando el resquemor, la furia, mis deseos nada sosegados de hacerle pagar por cada jodido pensamiento sobre nosotros.
¡El amor es una puta mierda! No pienso dejarme llevar por esa emoción nunca más, no cuando la separación con Ashley me ha dejado tan jodido, no cuando soy incapaz de procesar la cantidad de veces que pienso en ella, cómo se ha adueñado de mi cabeza y me ha machacado la incertidumbre.
Por eso me lastimó como nunca su primer mensaje.
Como mínimo, sabía que estaba viva, y eso fue suficiente para hacer crecer de forma exponencial mi rechazo a volver a darle potestad para dañarme. Nunca más dejaré que una mujer sea el centro de mi vida. Sus palabras eran tan punzantes…
«Te echo tanto de menos. Siento el silencio, estaba en peligro y debía permanecer escondida, pero no ha habido ni un segundo en el que no haya pensado en ti. Cuento las horas para tenerte entre mis brazos. Recuerda… te quiero y siempre te querré».
Después de leer ese mensaje lo contesté con un «Hemos terminado» y me he negado a leer los siguientes, porque no voy a caer otra vez en lo mismo. Si tanto me ha echado de menos, ¿por qué me ha dejado sufrir? ¿Por qué no ha venido? ¿Por qué no está conmigo?
A pesar de mi cabreo, de mi decisión, de cómo me destrozaron sus palabras, he cargado el teléfono cada noche, lo he mantenido en mi bolsillo, no me he deshecho de él y he sido testigo mudo de la llegada de cada una de sus misivas, porque saber que seguía insistiendo me ha parecido necesario para respirar.
Juliette y Ralph pasaron cuatro días conmigo en el pueblo una semana después de recibir el primer mensaje.
Me preguntaron varias veces por ella, preocupados por mi obstinado mantra de que no quería volver a verla, de que lo nuestro había terminado.
Ellos opinan que debería darle la oportunidad de explicarse, pero a mí me la trae floja lo que crean o no, su trillado discurso de que me arrepentiré si sigo en mis trece o si hago algo impulsivo.
No pienso tolerar que nadie me domine de esa forma, y el amor es el único culpable porque me he dejado llevar por él y ahora estoy de fango hasta las cejas.
Nunca más voy a darle esa autoridad a un sentimiento ni voy a volver a ser víctima del corazón.
Prefiero no tenerlo, ir a por mis deseos sin sentir, aplastando a quien se me ponga delante.
Aunque ella siga apareciéndose en mis sueños, en mis pensamientos y esté impregnada en mi alma, no voy a cambiar de opinión.
Lo nuestro se acabó para siempre, mi única lucha a partir de ahora será destruir el amor que todavía siento, dejarlo tullido, mancillarlo hasta que Ashley McGregor no sea más que un recuerdo del pasado.
Llego frente a mi bloque de apartamentos como hace un año.
Al apearme del coche y abrir el maletero para bajar mi equipaje, miro hacia el lugar donde ella estaba hace doce meses, tapada con una capucha, esperándome.
Y me reprendo, porque, joder, he decidido olvidarla, ¿y al segundo la estoy buscando?
Mi corazón recibe un golpe al no encontrarla. No puedo evitarlo, a pesar de la rabia y la determinación, soy totalmente incapaz de bloquear la sensación de desasosiego que me produce no verla luchar por lo nuestro. ¿Tan poco le importo?
Camino hacia la puerta principal del bloque y una vez la cruzo me encuentro con Bella cargada con una botella de champán, una pizza y una sonrisa muy amplia.
Lleva un vestido ajustado que le marca un cuerpo de infarto, unas gafas de sol muy grandes y una especie de capa con capucha que le tapa un poco la cara y su larga melena rubia.
No es Ashley, pero no dejo de ver el paralelismo entre ellas con ese atuendo, aunque en el caso de Bella solo responde a seguir la moda.
Y, consumido por el rencor, me lanzo a devorar sus labios, sin pensar más allá, sin valorar lo que hago, sin darle la importancia debida.
El verano lo hemos pasado charlando por mensaje, viéndonos las caras en FaceTime, explicándonos pequeñas aventuras de las vacaciones.
Ella ha tenido algún tipo de crisis familiar y yo la he animado en sus momentos más bajos.
Y ahora me parece la hostia tenerla aquí, porque está buena, tiene un polvo que te cagas, tiene pasta por un tubo y no es complicada.
Ni una fugitiva ni me despierta un sentimiento tan potente como el amor.
Actúo por instinto, como hace años, cuando la jodida Ashley no había entrado en mi vida para destruirla. La beso por despecho, decidido a borrar los recuerdos, a aniquilarlos, a destriparlos con otra. Aunque Ash se queda impresa en mi mente y la muy capulla se niega a desvanecerse.
—¡Qué recibimiento! —exclama Bella cuando separo mis labios de los suyos. Me abraza por la cintura, sonríe feliz y me da un pequeño beso—. No lo esperaba, pero me encanta. —Se acerca a mi oído para susurrarme—. Llevaba mucho tiempo esperándote.
Mi cabeza traicionera piensa de más. «A mí me hubiera encantado que fueras Ash»…
Pero ignoro esa voz de mierda y me concentro en la mujer que tengo enfrente.
Durante nuestras conversaciones veraniegas le he contado la ruptura con mi novia, sin ahondar en los motivos ni aceptar lo jodido que estoy.
Porque, a pesar de intentar taparlo y negármelo a mí mismo, tengo un agujero negro arrasando con la luz en mi corazón.
Y maldigo con fiereza esa necesidad arrolladora de abrazar a Ash y no a Bella, de besarla, de sentirla, de oler su aroma, de hacer el amor con ella una y otra vez.
—¿Vamos? —Señalo el ascensor y llevo mi equipaje hacia allí reprimiendo a lo bestia esos pensamientos nada recomendables.
Hasta el último átomo de mi cuerpo la añora, y no puede ser, joder.
Tengo una rubia explosiva a puntito de caramelo, alguien menos complicado que Ashley, una persona sin una diana del FBI en la espalda y con quien poder pasarlo bien sin implicaciones sentimentales de mierda.
Me detengo un segundo, fuerzo una sonrisa sexy y la miro dispuesto a todo para pasar la noche con ella—.
Ese champán tiene una pintaza… ¡Vamos a darle un lingotazo!
—Gran idea —responde.
Son las siete de la tarde, he conducido sin descanso, estoy molido y la idea de follarme a Bella me parece cojonuda, una de las mejores que he tenido últimamente, así que aprovecho para examinarla con los ojos impregnados de lujuria y hacer sonar mi voz lo más sensual posible.
La llevo a mi apartamento con rapidez. No es el mismo del año pasado, este tiene una habitación menos porque Ralph no vivirá conmigo, pero está más alto, cuenta con mejores vistas y me parece un lugar idóneo para pasar un nuevo año académico.
Abandono mis cosas en la habitación sin molestarme en deshacer la maleta, solo guardo el móvil secreto en el cajón de la mesilla de noche, porque tenerlo en el bolsillo me destroza y me conecta a ella.
Ha llegado el momento de darle aAshley donde más le duele, de tirarme a otra para deshacerme de su recuerdo, para ultrajar la posibilidad de volver a caer en sus brazos, a pesar de sentir que la estoy traicionando, y lo peor, que me estoy boicoteando a mí mismo.
Le echo un último vistazo al móvil, con una punzada en el corazón —«me cago en todo, Ashley»—, pero no le hago caso, lo ignoro y cierro el cajón con rapidez para quitarlo de mi vista tras colocarle un par de cosas encima, para que quede oculto incluso al abrir el cajón.
Ha llegado la hora de pasar página.
Salgo al comedor-cocina-salón, donde Bella ha preparado dos copas de champán, ha puesto la botella dentro de un bol con hielos para mantenerla fría y se ha deshecho de la capa y las gafas de sol.
Repaso con los ojos el ajustado vestido, es muy revelador, muestra sus curvas perfectas, su cuerpo increíble, pero no me despierta el cosquilleo en la entrepierna, ni la emoción ni la mitad de excitación que cuando estoy con Ash.
Y, aunque intento desesperadamente apartarla de mi mente, se niega a desvanecerse y me hace sentir un miserable.
Me giro un segundo para evitar la mirada de Bella, aprieto los dientes con una espiración airada y me asesto un puñetazo mental, repitiéndome que Ashley no me importa, que no va a dominar mi vida nunca más.
La odio con todo mi ser, quiero hacerle daño, joderla, demostrarle cómo me ha destrozado su última deserción.
Por eso me voy a tirar al bellezón que se acerca a mí con un movimiento de caderas altamente sensual para ofrecerme una copa.
Y lo haré como venganza a mi «chica», será mi ojo por ojo, mi forma de sacudirla, de herirla, de desmenuzar su corazón.
Sin conseguir rebajar la tensión de mis músculos, ni quitármela de la cabeza, cojo la copa, le doy un largo trago al espumoso, la dejo encima de la barra de la cocina y me lanzo a por mi presa. Le devoro los labios de forma ardiente, tocándola, excitándola, recorriendo su cuerpo con lascivia.