24 #2
—Está preparado —explica Edmond, dándome la bienvenida con un asentimiento de cabeza—. No ha opuesto ninguna resistencia para llegar hasta aquí. Esa sustancia ha hecho efecto bastante rápido, tal como me dijiste. Y nadie me ha visto.
Nunca sabrá qué ha pasado de verdad.
—Bien. —Asiento y le echo una mirada a mi primo, luego me vuelvo hacia el hombre que está de pie a mi lado y empiezo a sudar—. Recuerda nuestro acuerdo de confidencialidad. No puedes contarle a nadie lo que suceda aquí.
—Tranquila. —Su sonrisa se ensancha—. Tal como te aseguró Warren, soy de total confianza. Nos conocemos de toda la vida, daría la mía por él y por sus amigos.
Le hago un gesto de gratitud, porque conozco parte de la historia. Edmond y mi amigo crecieron juntos, eran vecinos de calle y compañeros de escuela, aunque sus caminos los llevaron por diferentes senderos al llegar a la mayoría de edad, nunca han dejado de mantener sus vínculos.
—Vamos allá —digo, más para mí que para él.
Le lanzo una mirada a mi primo, dispuesta a iniciar el interrogatorio.
No es fácil deshacerme de la sensación de estar entrando en el lado oscuro, pero la sorteo con valentía, tocándome un segundo los tatuajes de mi abdomen y agarrando la bala que pende de mi cuello.
Hay micrófonos en el salón y la conversación quedará grabada en un ordenador que tengo guardado en mi cueva, así podré escucharla tantas veces como me sea necesario y conseguiré más pruebas de su implicación en los planes de mi tío.
Me seco las manos en el muslo sin darme cuenta.
—¿Sabes dónde estás, Carl? —pregunto sentándome en una silla frente a él.
—En Tailandia, a punto de joderte, prima.
—Una sonrisa malvada cruza su cara—. Voy a disfrutar tanto de hacerte un hijo y de obligarte a tenerlo después que no puedo aguantarme las ganas de empezar ya.
—Sus palabras me asquean—. Te he preparado una sorpresita en forma de droga para que tú también puedas regocijarte en todo momento.
Te follaré como nadie lo ha hecho. —Se pasa la lengua por el labio superior y yo arrugo la boca con asco—.
Después te induciré un coma y te mantendré oculta en tu mierda de mansión hasta el parto. ¡Será mi triunfo absoluto !
A pesar del rechazo que siento ante sus palabras, de la oleada de arcadas que me suben por la tráquea al escuchar la frialdad en su discurso, lanzo una exclamación de victoria al ver que la droga funciona bien como suero de la verdad, porque el Carl sobrio nunca confesaría todas sus intenciones.
—¿Por qué? —indago. Entiendo un poco la obsesión de mi tío, pero se me escapa la razón tan poderosa de sus hijos de seguirlo así, con esta rabia ciega y sin sentido. ¿Acaso no tienen corazón ni conciencia?
—Nos lo robaste todo —contesta—. Mi padre debía ser el dueño de Reynolds Oil y de los Dallas Cowboys, él es el verdadero heredero, y el cabrón del abuelo lo arrinconó. Nosotros solo queremos lo que nos corresponde por derecho, pero te niegas a entrar en razón, a dárnoslo por voluntad propia.
—Eso no vale tantas vidas ni tanta maldad.
—La única culpable de eso eres tú, Madison. —Escupe mi nombre como si le asqueara—. No has dado tu brazo a torcer, nos has obligado a cometer cada uno de los crímenes.
Sus palabras me golpean con fuerza, destrozándome, pero consigo dominarme y descubrir la parte oculta en su discurso.
—Ahora me gustaría saber quién participó en el asesinato de mi padre, de Garrett y de Simon. —Conozco la respuesta tras su anterior declaración, sin embargo, quiero tener grabada su confesión.
—Candy, mi padre y yo —afirma—. Ni te imaginas las ideas que tiene mi hermana cuando se trata de joderte. —Sonríe con malicia—. Quiere todo lo que tienes porque no te soporta.
Ni yo a ella, esa es la verdad. Desde que su padre disparó contra mi familia, nos tenemos un rechazo tácito. Pero no imaginaba que me odiara hasta el punto de participar en los asesinatos ni de idearlos. Solo teníamos dieciséis años cuando ese coche explotó.
—Siempre ha sido incapaz de entender un no.
—Es la mejor —suelta con una carcajada—.
Cuando algo se le mete en la cabeza es capaz de cualquier cosa para conseguirlo, aunque tarde en hacerlo.
Nuestro padre nos enseñó la importancia de la paciencia, cómo darnos tiempo y jugar bien nuestras cartas siempre acaba por dar sus frutos.
Candy es una maestra en eso, aunque a veces la pierde la pasión.
Quizá por eso nunca se le ha resistido nada y tiene todo aquello que desea.
Y ahora quiere tu cabeza, tu patrimonio, tu todo.
—¿Dónde está tu padre? —inquiero a bocajarro, incapaz de seguir escuchando la inquina de sus labios—. ¿Cómo te comunicas con él?
—No tengo ni idea de dónde se esconde —admite—. Es demasiado peligroso saberlo y se mueve mucho. Por eso lo mantiene en secreto. —Me lanza una mirada desafiante—. Somos muy listos a la hora de comunicarnos. No usamos medios digitales, sino analógicos, de los que no dejan rastro.
—Necesito concreción, Carl. ¿Qué medios?
—Publicaciones en el periódico local. —Sus dientes asoman bajo su sonrisa—.
Sí, no me mires así, lo hemos sacado de películas, pero es tan difícil que alguien lo descubra…
—Se mete la mano en el bolsillo de su bermuda y saca un papel de periódico doblado—.
En la sección de anuncios tenemos siempre uno en clave.
Me tiende el papel y lo examino con los ojos muy abiertos, sin ser capaz de salir de mi asombro. Me parece inaudita esta manera de comunicarse, y mucho más que lleve una prueba encima. Aunque a simple vista no hay nada en ese papel que dé una pista de su contenido oculto.
—Necesito la clave.
La droga sigue haciendo el efecto prometido porque en unos minutos tengo ante mí el texto escondido en el anuncio: «Salgo para la isla.
Pronto tendremos nuestro patrimonio. C».
Reprimo mi rabia y mi dolor para regodearme en la sensación de tener al fin una información válida para atrapar al mayor cabrón de mi vida.
Está al alcance de mis manos, podré echarle el guante, conseguiré aplastarlo, destruirlo, hacerle pagar todo cuanto me ha arrebatado.
Unos minutos después mi primo se queda dormido.
Es parte del efecto de la droga: ciento veinte minutos de conciencia y diez horas de sueño, aunque ya no sea detectable en el organismo dos horas después de administrarla.
Eso nos da capacidad a Edmond y a mí para seguir con el plan.
No tardamos en arrastrar a Carl hasta el coche y, mientras Edmond lo coloca bien, yo me quedo de pie junto al vehículo, intentando serenarme .
—He puesto la cocaína en su maleta —explica mi hombre—.
Doce kilos de droga muy pura. —Asiento al escucharlo, con mucha ansiedad.
Me costó bastante comprar ese alijo sin dejar rastro, pero gracias a mis dotes informáticas, y a mi conocimiento de la red oscura, todos los indicios de la transacción llevan a Carl.
Él no lo sabe, pero el dinero ha salido de su cuenta y los mensajes de sus dispositivos—.
Voy a despeñar el coche en el lugar acordado, con cuidado de no hacerle demasiado daño a tu primo. Las autoridades harán el resto.
Asiento con un nudo en el estómago. No por el plan, sino por lo fácil que ha sido para mí llegar tan lejos.
Lo ideé en Dallas, tras mucho pensar en cómo deshacerme de Carl de una manera contundente.
He estudiado a conciencia cada punto para involucrar a mi primo en un delito de tráfico de drogas y mandarlo a prisión, estoy decidida, pero mi conciencia es peleona.
Me despido de Edmond y regreso a casa con la ansiedad consumiéndome. Ahora solo queda simular el accidente para que lo encuentren con las pruebas y llamen a los servicios de urgencia y a la policía.
Al llegar a la isla, escondo el equipo de buceo donde acordamos para que mi hombre se ocupe de hacerlo desaparecer durante la noche, y me deslizo sigilosa hasta mi habitación, mojada y temblando.
Cuando mi primo despierte en una cárcel tailandesa podría sospechar de mí, pero uno de los mejores efectos de la sustancia que le he administrado es que nubla la memoria y consigue borrar bastantes cosas, sobre todo los momentos previos a caer bajo sus efectos.
Quizá recordará en nebulosa haber subido al coche, pero no el pinchazo ni nada de lo sucedido en la casa de la playa.
Si Carl acaba culpándome, no podrá probar qué ha pasado. Nadie sabrá que he estado en el continente y es imposible que lo descubran.
Mientras me ducho para hacer desaparecer la sal, siento culpa por dejar a mi primo en un destino tan horrible como una prisión tailandesa, pero entonces recuerdo sus intenciones, su implicación en las muertes de las personas más amadas por mí, su maldad, y sé que se lo merece, que su lugar está donde purgue sus pecados .
Antes de meterme en la cama, borro cualquier rastro de agua en la casa y compruebo la grabación desde mi portátil. Está perfecta, tengo material para vencerlos de una vez por todas. Casi puedo saborear el triunfo, pero no sabe como esperaba.
Una vez entre las sábanas, me concentro en el futuro, en regresar cuanto antes a casa y llegar hasta Dorian, en mi intención de hablar con él y sincerarme, una vez termine la peor parte del plan: recibir una llamada del continente, fingir que intento ayudar a mi primo, enfrentarme a sus sospechas, negarlas, y ver cómo lo encierran al final.
Porque ahora mi única meta es construir una vida junto a Dorian.
Aunque tenga que convertirme en alguien que él no reconocería.