Nunca te perdonaré (Recuerda 2) 24
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MADISON

Los minutos avanzan más lentos de lo que me imaginaba en un principio. El plan está listo, tengo un as en la manga que Carl desconoce y he conseguido arreglarlo todo en un tiempo récord para lograr lo imposible: tenerlo contra las cuerdas y encontrar por fin a Albert.

Si le echo el guante, si por fin sé dónde está…

Quizá no sea el final de la partida, una cárcel no lo detendrá, pero será un inicio importante para controlarlo y encontrar al fin un poco de paz.

Estoy sola en la casa, en una isla privada alejada de la civilización, con lujos que solo se alquilan a personas con mucho dinero.

Está equipada con un embarcadero, una lujosa villa, piscina, servicios de todo tipo, seguridad privada y una vivienda aparte, alejada de la principal, para el personal de limpieza y mantenimiento.

Llevo dos días aquí y la soledad me pesa muchísimo.

No hay acceso a Internet ni tengo mucho contacto con la vida exterior.

He logrado conectarme a la red pinchando un satélite, de una forma irrastreable para terminar de prepararlo todo, sin embargo, no me he traído el teléfono de comunicación con Dorian ni he tentado a la suerte hablando con Ralph y Juliette. Y los necesito.

En unos minutos empezará la acción .

Estoy preparada y armada con un par de trucos que mi «querido primo» ni se imagina, dispuesta a sonsacárselo todo antes de tenderle una trampa de la que no va a salir indemne, pero siento el nerviosismo invadirme, la sensación de estar a punto de luchar una batalla durísima, como si mi cuerpo se resistiera a dar ese salto, a pesar de la maldad de mis adversarios.

A veces hay líneas que cuesta cruzar. Y esta no tiene vuelta atrás.

Me preparo para seguir adelante con lo planeado. Carl ha llegado hace unos minutos en un vuelo privado y está recogiendo el coche de alquiler para ir hasta el puerto, donde ha pagado un transporte marítimo hasta la isla.

Casi son las seis de la tarde y la luz empieza a desaparecer. Lo que ignora mi primo es que dentro del coche que alquiló por Internet lo espera Edmond, alguien entrenado para inyectarle una potente droga sin que lo vea.

Edmond es un hombre de casi dos metros, fuerte, musculado y con entrenamiento militar.

Me lo he traído desde Estados Unidos, tras una recomendación muy entusiasta de Warren.

Es el hombre adecuado, mi amigo no mintió cuando describió sus habilidades.

No le va a costar seguir las instrucciones sin dejar rastros comprometedores.

Sigo sus pasos gracias a haber pinchado un satélite para comunicarme con Edmond. Incluso tengo imágenes de las cámaras del aeropuerto. He visto cómo mi primo accedía a la terminal de llegadas con una sonrisa perversa en su rostro perfectamente cincelado.

Tiene una genética envidiable, como Candy, Albert y la mayoría de las personas de mi familia. Los Reynolds, al igual que los Gardner, tenemos en común unos rostros atractivos y unos cuerpos acorde. Rubio, ojos azules, guapo a rabiar. Pero con el alma tan oscura que eclipsaría cualquier rayo de luz.

Arrugo la cara con asco al ver cómo habla con la chica de la empresa de coches de alquiler sin perder la sonrisa en ningún momento.

Odio al instante sus bermudas azul marino, su camisa de lino suelta sobre ellas, su forma de pasarse la mano por el cabello mientras le dedica esa mierda de sonrisa que finge una amabilidad inexistente.

Está convencido de que es el mejor en todos los campos, de que es invencible.

Un estremecimiento me recorre el cuerpo al sentir la cercanía del momento cumbre.

Cuando Carl camina hacia la puerta de salida de la terminal y lo pierdo en las cámaras recibo una única palabra de Edmond: «¿Verde?». Es una pregunta trampa, una de esas que me remueve por dentro porque me pide autorización para seguir adelante. Para cruzar la línea.

Inspiro con fuerza, asiento con la cabeza y tecleo. El pulso me tiembla en los dedos un segundo antes de enviar la señal.

Mi «sí» desencadena una corriente de ansiedad en mi interior.

Dudo un segundo más de la cuenta.

Si la dosis falla, si reacciona antes de tiempo, todo se desmorona.

Es difícil de asumir hasta dónde me han abocado mis familiares con su forma de actuar, hasta dónde debo llegar para encontrar la paz algún día no muy lejano.

Cuando cierro los ojos y analizo los acontecimientos, cómo me han precipitado a este momento, a esta decisión, me doy cuenta de la crueldad de Carl, de sus intenciones, de por qué permanece tan cerca de mí. Y se me remueve el estómago.

Pretendía obligarme a tener un hijo suyo para robármelo todo. No hay una forma suave de hacer eso, en todas las posibilidades hay violencia, dolor, desgarro del alma. ¿Cómo puede alguien llegar a esos extremos?

Segundos después me llega la confirmación de Edmond. «Hecho».

Tiemblo durante un largo rato. Si todo ha salido como toca, mi hombre le ha inyectado la droga a Carl sin que lo viera, se ha puesto al volante y está de camino al lugar donde me esperan para la siguiente fase.

Una casa solitaria en medio de la nada, alejada de miradas indiscretas y a orillas de una cala bastante recóndita.

Allí me aguardarán hasta que yo haga mi parte.

Es el momento más delicado.

Lo discutimos bastante cuando trazamos el plan, porque nadie puede verme salir de la isla, mi personal debe corroborar mi coartada cuando todo explote, por eso agradezco que Simon me adiestrara como a una militar, incluso en el arte del buceo, y que nunca le explicáramos a nadie mi entrenamiento, porque gracias a eso podré mantener en secreto mis siguientes movimientos.

La barca del muelle sigue atracada al lado del guardia de seguridad y la pareja de servicio me cree en el interior de la casa mientras me deslizo en bikini por la puerta de atrás para hacerme con el equipo de buceo que Edmond escondió entre la maleza anoche, apareciendo en la isla de la misma forma que voy a salir, y he revisado esta mañana sin levantar sospechas.

Lo llevo hasta la orilla más apartada de la casa, envuelta en la penumbra e iluminada solo por la luz de la luna, para internarme en el agua una vez me he equipado.

Mientras surco el mar hacia mi destino, mis pensamientos vuelan a Dorian.

Quiero una vida estable con él a mi lado, necesito su perdón por haberlo dejado tirado estos días, por mis mentiras, por mantenerlo al margen de mi verdadera vida.

Y también requiero acabar con la amenaza de mi tío para iniciar una relación pública, para no tener que esconderme más, para por fin hablarle de quién soy sin miedo a perderlo a manos de las personas más oscuras de mi existencia.

Estas semanas alejada de él me he dado cuenta de la profundidad de mis sentimientos, de que estoy dispuesta a todo para seguir a su lado, de que nada va a separarnos esta vez y de que quizá mi engaño nos destruya.

Y más tras los últimos meses juntos, su compromiso absoluto, la forma en la que nos hemos acercado hasta convivir en una armonía perfecta.

Parece que al fin ha dejado atrás ese odio enfermizo, sus deseos de venganza, el rencor y la amargura. Y lo ha hecho por amor. Solo espero que cuando regrese a por él no sea demasiado tarde.

Se acerca el momento…

Salgo del agua en la cala solitaria, cerca de donde Edmond me espera.

Me deshago del equipo de buceo, lo arrastro hasta la casa, lo guardo en una especie de trastero que hay a ras de arena, junto a la botella de repuesto que me ha traído mi hombre para el regreso, y me preparo para entrar secándome con una toalla y envolviéndome en ella.

Aguanto la respiración mientras cruzo la puerta que da acceso a la vivienda.

Hace calor, el olor a salitre me acompaña y siento cómo las gotas de agua salada se deslizan desde mi pelo.

Por un momento los remordimientos me alcanzan, sin embargo, no tardo en recordar las intenciones de Carl, la burundanga que está guardada en su maleta, el significado de la posesión de esa droga que anula la voluntad de sus víctimas, pero sin quitarles la conciencia.

Y aprieto los dientes con decisión, dispuesta a no dejarme vencer por mi conciencia.

Estoy luchando por la vida de mis seres queridos y mi contrincante ha participado en demasiadas muertes como para tener escrúpulos ahora. Ha llegado el momento de pasar a la acción, aunque ello signifique comprometer de alguna manera mi ética.

Me preparo para la siguiente fase, la más complicada de todas porque en unos minutos voy a tener a Carl en el salón de esa casa, sentado en el sofá, drogado y a punto para un interrogatorio a fondo.

Necesito reunir toda la información posible para atrapar a mi tío de una vez por todas. Y él me la va a dar.

Conseguí la sustancia química que ahora circula por el organismo de mi primo en la red oscura, las características eran idóneas.

Tengo la sensación de que estoy cometiendo el peor de los delitos, de que acabo de cruzar una línea sin vuelta atrás.

Porque no deja de ser una droga experimental y no conozco de verdad sus efectos adversos.

Ni cuánto puede romper a alguien por dentro.

Pero decido llegar hasta el final, cueste lo que cueste.

Antes de entrar en el salón me detengo un segundo.

Pienso en Dorian, en sus besos, su olor, la calidez de sus abrazos.

Me ayuda a armarme del valor que me falta para irrumpir en escena, porque debo caminar hacia delante, conseguir mis objetivos y no cejar en el empeño de destruir a quienes me quieren quitar todo cuanto poseo y ya me han despojado de demasiadas personas importantes para mí.

Carl está medio estirado, con una mirada perdida, una posición desgarbada y los ojos brillantes, con las pupilas dilatadas. Aunque conserva su porte y su capacidad de actuar sin filtros. Es parte de las ventajas de la droga.